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Así zarpó este barco de la libertad

Martes, 23 de Agosto de 2016

En los años 80, Carlos Vera Rodríguez se encontraba en la cúspide del periodismo ecuatoriano.



 


POR: Juana López Sarmiento,

 


Directora adjunta

 



En los años 80, Carlos Vera Rodríguez se encontraba en la cúspide del periodismo ecuatoriano. Sus entrevistas lo habían encumbrado a parecer más un protagonista antes que un antagonista con sus invitados. Su sello personal era un importante ‘gancho’ dentro de un medio de comunicación impreso que la editorial Gráficos Nacionales (Granasa) se aprestaba a circular en Quito.

 


Desde la germinación de la idea hasta la cristalización corrió ‘mucha agua bajo el puente’. Granasa tenía dos diarios en Guayaquil: Expreso y Extra, y ampliaba su cobertura con un vespertino tabloide en Quito.

 


El principal de la empresa, Galo Martínez Merchán, decidió asentar su domicilio en la capital para dar impulso al nuevo medio. La plana directiva estaba conformada, entre otros, por: Carlos de la Torre Reyes (+), director; Dr. Francisco Paredes, subdirector; Ing. Francisco Sáenz, gerente; y Carlos Vera, editor.

 


La tarea era titánica. Desde adquirir los equipos, la selección del lugar, buscar y capacitar al personal, poner a punto la rotativa, formar un equipo de venta de publicidad y de circulación; en fin, cada minúsculo detalle conllevaba una ardua tarea.

 


La noche se confundía con el día en la edición de prueba. La maquinaria estaba en pleno funcionamiento, pero las mentes no estaban complementadas con lo que significa pasar la página de un día a otro en un producto que nace y muere el mismo día.

 


El nerviosismo de Carlos se hacía evidente cuando su mano derecha tocaba su largo bigote entonces negro y espeso. Parecía una redacción de sordos por los gritos que primaban. En esa desesperación gutural se confundían los ruidos de las noticias enviadas por las agencias internacionales y el pito en código Morse para revelar las fotos enviadas desde el exterior.

 


A un hombre acostumbrado a la televisión, la vida en el impreso le cogió hasta desprevenido, pero el olfato periodístico prevalece.

 


Los meses corrían y no había fecha para empezar a circular; para entonces, ya se tenía conocimiento de que en Quito salía un impreso diurno tamaño estándar. La lucha interna se afianzaba para salir antes que HOY, pero ese periódico se adelantó y su primera edición circuló en junio.

 


Ya no había cómo seguir experimentando. El reloj que entonces marcaba nuestro cabezote nos indicaba diariamente que estábamos atrasados. Así, el 23 de agosto de 1982 circuló por primera vez La Hora ‘de la información libre’.

 


Previsto estaba llegar a las calles a las 15:00, pero apenas a las 18:00 la rotativa botaba los primeros ejemplares. En nuestras oficinas de la avenida 10 de Agosto y Barreiro, los voceadores querían tumbar las puertas, molestos por la espera.

 


Había que dar vuelta a la página, no dejarse desmoralizar era la consigna. Galo Martínez retornó a Quito y personalmente corrigió los errores, arrimó el hombro, sostuvo al equipo, sugirió titulares, cambios en la estructura noticiosa, como un verdadero maestro del periodismo.

 


Desde este engorroso día pasaron dos años. Nos cambiamos a un edificio propio. El capitán del barco hacía visible su preocupación por la situación económica de la empresa. Había que hacer un viraje de timón para evitar el naufragio. Martínez Merchán vio la boya de salvación en la venta del novato medio. El nerviosismo hacía presa del personal y no pocos optaron por el retiro, entre ellos, Carlos Vera.

 


Veíamos subir a la Presidencia posibles compradores, pero no volvían. 
Notamos que asiduamente llegaba un señor con un inseparable portafolio que se sentaba horas revisando papeles. Las noticias llegan pronto y más en un medio de comunicación. Nos enteramos deque era un abogado que había sido contratado para liquidar la empresa.

 

 

Pero llegó otro giro de esos que tiene la vida. El liquidador se fue enamorando de un oficio en el que se sentía completamente ajeno. Poco a poco conoció al personal, lo que cada uno hacía, se empapó de todo y emprendió el salvataje del medio. Con un grupo de amigos compró La Hora. Ese liquidador era el doctor Francisco Vivanco Riofrío, quien hasta hoy dirige este barco, con la esperanza de que siga navegando sin parar. 

 

 

 

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