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El agua fue adorada por originarios de Machachi

Jueves, 6 de Abril de 2017

LÍQUIDO. Así es como corren por los senderos las aguas limpias y frías que bajan desde los nevados en Machachi.



“En este valle hay agua que cura, pero también hay de la que mata”, Julio Morales Molina, historiador.



El valle de Machachi, ubicado a una hora de Quito, a 3.000 m de altura y rodeado por nueve volcanes, fue habitado por los panzaleos, antes de la llegada de los incas, los que adoraron, respetaron y domesticaron al agua, por la abundancia que había en la zona.

 


La existencia de muchos manantiales de agua mineralizada y de colores amarillo, verde y blanco, dependiendo de los minerales de cada sitio y que vienen de las montañas, hizo que las sociedades antiguas que habitaron Machachi la adoren. “Era un valle sagrado por el agua. El líquido vital era la divinidad principal, era el Mama Yaku”, cuenta el historiador de Machachi, Julio Morales Molina.

 


Este conocimiento y respeto por el agua fue aprovechado por los incas después de su Conquista. Se dieron cuenta de que era una región privilegiada en este líquido y fortalecieron los conocimientos que tenían los panzaleos.



 

PROVEEDOR. Los Illinizas son proveedores de agua medicinal.



Se heredó el respeto

 


¿Qué le queda a Machachi de sus pueblos originarios? La religiosidad al agua, señala Morales. Esos pueblos habían “domesticado al agua”, es decir que sabían cuál era buena para bañarse, cuál para consumir y cuál para curarse.

 


El historiador e investigador refiere que en 1620 llegó a este valle el cura Diego Rodríguez de Ocampo, un cronista de la época, y vio una serie de canales de agua encañonada con sabor a lima, construidos en tiempos del Inca y “quien sabe desde tiempos antiguos”.

 


Al ser una región importante por lo sagrado, por la ritualidad y la religiosidad, los españoles, a su llegada, intentaron extirpar toda esa creencia y destruyeron toda evidencia física, manifiesta Morales Molina. 
Los curas dominicos y franciscanos llegaron con el afán de catequizar, pero su objetivo era eliminar la idolatría. Pero a pesar de esos intentos quedó esta agua y todo el respeto de la gente hacia este líquido.

 

 

PERSONAJE. Julio Morales Molina, oriundo de Machachi, se ha dedicado a investigar su historia.



Lo poco que queda

 


Aunque en la actualidad han de-saparecido muchas vertientes de agua porque los hacendados han tapado los manantiales, aun queda el manantial de agua en el valle de Machachi y una gran fuente en estado pristino en la caldera del volcán Rumiñahui, que no ha sido explotada por la altura y porque no es fácil de llegar.

 


También de los Illinizas fluye agua amarilla caliente y lo mismo ocurre en el complejo volcánico Atacazo-Ninahuilca, en el sitio llamado Aguas Calientes, en el km 21. Igualmente, hay fuentes de agua lechosa, de color verde y otra amarilla, que son pocas vertientes en comparación con las que contabilizaron en el siglo XIX los padres jesuitas Sodiro y Dresel. (CM)





Un pueblo ancestral

 


Cuando llegaron los incas tuvieron que dominar a los comarcales, los panzaleos, que eran un señorío (sociedades preestatales) que dependía del señorío de Quito. En el siglo XVI habían aproximadamente 13 ayllus, es decir 13 familias grandes que dominaban la región, cuenta el historiador e investigador de Machachi, Julio Morales Molina.

 


Muchos panzaleos se asimilaron y gran parte se expatriaron hacia el oriente, a la zona de los Quijos y al otro lado, donde los Yumbos, con quienes desde siempre tuvieron relación. Se abastecían de venenos, plumas, varios objetos, ají, tubérculos y plantas para curarse.

 


Con esta conquista trajeron a los mitmas del norte peruano (chachapoyas, motilones, guayacuntus…), a los que, cuando llegaron los españoles, se les llamaba los ‘tierra arriba’, es decir los que no son de acá; se les marginó y mezquinó por lo que se retiraron a las estribaciones del Rumiñahui en el caserío de los Panzaleos, se regresaron al Perú y otros se dirigieron a Guaranda, Chimbo, donde les acogieron.






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