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Miércoles, 26 de Abril de 2017

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Pedernales: La lucha contínua desde la ‘zona cero’

Lunes, 17 de Abril de 2017

AMBIENTE. Las calles de este cantón manabita aún no recobran la normalidad y sus habitantes han hecho una especie de ‘pacto de silencio’.

 


En medio de promesas y secuelas, sus habitantes se van levantando de a poco.




POR: MANUEL GONZALES •


 

Caminan y se detienen. En ciertas esquinas aumentan el paso y miran hacia los lados. Desde hace un año están así, caminando entre los recuerdos y los escombros de una tragedia. Los pedernalenses observan siempre, lloran en casa, ríen como si de verdad rieran. Y esperan que regrese aquel funcionario que los visitó un domingo, un lunes, un martes… y les dijo que todo iba estar bien; que juntos se levantarían de la desgracia.


María Alloza sigue esperanda dentro una carpa con sus hijos al filo de la carretera. Por el lugar pasa gente con comida, carpas, agua, promesas, con ganas de ir a la playa, con sonrisas. Unos cuantos se detienen, ofrecen y preguntan ¿por qué todavía sigue aquí?


La mamá de 10 niños luce amargada de responder lo mismo y lo mismo, pero sabe que decir que lleva un año sin casa, que duerme bajo una carpa, que no todos sus hijos estudian, que el dinero de su marido no alcanza e incluso que desea tres hijos más, podría representar una donación para la comida del día.
En ocasiones, uno de los niños peca de ingenuo y la contradice: “hoy sí comimos, mami”. Ella lo mira y el niño calla. Luego él sigue e interrumpe: “De noche hace frío… ¿verdad mami?”. Ella se llena de ternura, lo abraza junto al recién nacido que se aferra al cuerpo grande de María, quien por 16 años ha pasado entre el embarazo y la lactancia.


El último pequeño llegó cuando la familia ya no tenían casa. Ahora tiene un año tres meses y sigue pobre; sin casa.


Las realidades de los vecinos Nelly Napa y Ramón Zambrano no difieren mayormente con la María. Nelly y dos adultos se dan modos día a día para solventar los gastos de 13 personas. “Nos abandonaron”, resume Ramón.
Más allá, en el centro de Pedernales, donde está la zona comercial, los asaderos de pollo, las entidades bancarias, las tiendas, las ferreterías, las casas fisuradas por el remezón y los edificios sin demoler, también estaba la iglesia María Auxiliadora. El templo no cayó con el terremoto de hace un año, pero tampoco quedó firme.


Los creyentes cargaron las 42 bancas largas de madera, los dos parlantes y las dos imágenes del Cristo crucificado que soportaron el remezón. Nadie murió en ese lugar. “La iglesia quedará más bonita”, dice con orgullo uno de los trabajadores contratados por la empresa privada para la reconstrucción.

 

 


La vida y la muerte


Datos oficiales reportaron 156 muertos en Pedernales y otras 515 víctimas en otras ciudades, además de 113 personas rescatadas con vida y otros que nacieron justo después del terremoto. A los recién llegados Grace Sotero, de la fundación Simón Palacios Intriago, los llama mis niños. Todos con discapacidad. Unos llegaron con hipoxia cerebral por el reducido suministro de oxígeno que les llegó al cerebro.

 

Pero ella los adora, porque “son tan tiernos”.
En el último año, la Fundación registró a 869 personas con algún tipo de discapacidad en este cantón, que fue el epicentro del terremoto. No todas las discapacidades son producto del sismo.


En el listado no están los adultos mayores que por la depresión de perderlo todo sufrieron accidentes cerebrovasculares. “Son el grupo de personas de quienes las autoridades poco hablan luego del terremoto. No todos tienen casa propia”, lo lamenta psicoterapista.


La Secretaría Técnica del Comité de Reconstrucción muestra cifras de atención habitacional. El último informe trimestral, diciembre-febrero, reporta que se hicieron 15.475 casas, 29.965 reparaciones y otras 584 viviendas están en ejecución en los reasentamientos Ciudad Jardín y Nueva Chorrera.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

RECUERDO. Esta es la placa que colocaron en memoria de los fallecidos.

 

En La Chorrera su gente, la mayoría pescadores, coincide en que las casas construidas no son iguales a las ofrecidas por el Gobierno y que no se irán del lugar que los vio nacer. Prefieren seguir junto al mar y no alejarse de la zona propensa a inundaciones. Las casas ya terminadas son de dos pisos, caña guadúa y revestidas de cemento.


Edilma Reina, que vive lejos del mar, sí tiene casa, pero no al papá de su hijo con discapacidad intelectual, quien murió con el terremoto. Ambos se atienden en la carpa hospitalaria que el Ministerio de Salud instaló para atender a la población.

 



‘Pacto de silencio’


Los pedernalenses hablan muy poco de lo ocurrido aquel sábado. ¿Para qué hablar de lo que causa dolor? ¿para qué repetir que son ellos los que reconstruyen su ciudad?, coinciden.


Al llegar al malecón de la playa se encuentran con una placa que plasma los nombres de los 671 muertos de la tragedia y, el asta donde se izaba la bandera más alta de Ecuador -34 metros-, que simbolizaba el renacimiento.


Los argentinos aventureros Fernando y Mateo captaron con sus cámaras la placa negra con letras blancas. “Che, boludo, la ciudad quedó golpeada. ¡Qué bárbaro!”, comenta Fernando, santafecino.
A pesar de la violencia del remezón, su gente sigue allí.

 

Están vivos, riendo, llorando y mostrándose como que no hubiese pasado nada. Cerca de 200.000 metros cúbicos de escombros de edificios, casas, restaurantes ya no están en las intersecciones, ahora hay nuevos negocios, más pequeños y con menos gente, dicen los
lugareños.


Lo que sí convive con la población es la falta de agua potable y alcantarillado. Entre 40 y 50 tanqueros diarios se llenan desde el pozo profundo de Pedro Andrade, junto al campamento municipal creado luego del 16 abril. “Llenar 30 tanques vale 3,50 dólares; el de 50 por 5 dólares”, detalla el vendedor que también es uno de los camina, mira, llora y ríe como que si en verdad riera.




Los pedernalenses hablan muy poco de lo ocurrido aquel sábado ¿y para qué hablar de lo que causa dolor? ¿para qué repetir que son ellos los que más reconstruyen su ciudad? ¿para qué?, coinciden.



El último pequeño llegó cuando la familia ya no tenía casa. Ahora tiene un año tres meses y sigue pobre; sin casa.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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