La Hora :: Ecuador :: Noticias Nacionales e Internacionales

Miércoles, 26 de Abril de 2017

Ediciones Anteriores

Ingrese Aqui

Regionales:

Especiales

Sobrevivió, pero le pesa la muerte de su bisnieta

Martes, 18 de Abril de 2017

RELATO. Mariana Baque, desde una de las sillas plásticas que utiliza para el culto relató sus 19 horas bajo los escombros.



POR: MANUEL GONZALES

 

 

La niña de 3 años ocupó una silla, al igual que los otros siete. Era sábado, 18:45, y los adultos estaban arrodillados en el templo. De pronto, el remezón. Nadie se levantó. Y volvió a temblar y nadie se levantó, todos quedaron atrapados bajo los escombros y la niña empezó a gritar. “¡Mamita, mamita sácame, sácame!”. Luego todo quedó en silencio.

 


Un silencio que luego de un año sigue ahí, que duele, que se escucha… que mata. O así lo describe Mariana Baque, bisabuela de la niña que gritaba y sobreviviente del terremoto. Aquel sábado 16 de abril era un día especial: cumplía 64 años.

 


Esa tierna voz atrapada entre los escombros, de a poco empezó a apagarse. Hasta que la niña dejó de gritar. Y su voz se enmudeció para siempre. A ella le gusta pensar que en el más allá la volverá a escuchar. Y también a su esposo, Melecio Velásquez Merchan; su hijo William, su yerno…

 


Mariana estuvo atrapada durante 19 horas en ese templo. Su tragedia ocurrió en Canoa, a 90 kilómetros de Pedernales. Ahora vive a unos 500 metros de la playa.

 


Ahí nada volvió a ser como antes: hay menos turistas, menos ventas, menos casas y más respeto al mar, porque aquel sábado hubo miedo mientras duró la posibilidad de una alerta de tsunami.

 


Mariana Baque cree que no está en la lista oficial de 113 personas rescatadas con vida tras el terremoto. Duda porque a ella no la rescataron los entes de socorro, sino los vecinos. “Fue el colombiano el que me sacó. Pero todos ayudaron”, aclara la mujer, y habla con resentimiento hacia las autoridades y los políticos.

 


Recuerda que representantes de instituciones públicas le solicitaron en más de 10 ocasiones el número de cédula para darle una casa, bonos, ayuda sicológica, pero nada se cumplió. “Nadie me ayudó. Ya estoy cansada de que me pregunten lo mismo. Necesito arreglar el techo, la casita, comer; eso es lo que quiero… no promesas”.

 


Sabe que tratar de olvidar lo ocurrido y trabajar son las dos mejores formas de tener una vida normal. En casa vende jugos naturales, frutas y guarda las nuevas sillas plásticas de la iglesia, que cada noche coloca bajo la carpa azul para ella y otros feligreses.

 


Tras la desgracia llegaron su hijo, su nuera y una nieta desde la Amazonía. Él maneja un tanquero distribuidor de agua y con eso mejoró la economía en casa, pero no tanto.

 


Ella recuerda mucho a su hijo William, que murió en la tercena de la parroquia. Esa noche William salió a comprar la carne para la merienda. La idea era comer y luego irse hasta Santa Rosa a reencontrase con su pareja. No logró hacerlo.

 


Perder a gran parte de su familia es un peso que en ocasiones no logra soportar. Se siente algo culpable porque no logró acudir a las súplicas de su niña. A veces se pregunta: “¿Por qué me salvé yo y no ella que era una niña?”… Aún no obtiene la respuesta. 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Otras noticias de Especiales