Entrevista: Mónica Ojeda, escritora guayaquileña, autora de ‘Nefando’

SEP, 10, 2017 |

Autora. Fue seleccionada este año en Hay Festival: Bogotá 39.

 

DAMIÁN DE LA TORRE AYORA

 

Libreros, editores, bibliotecarios, lectores y escritores. Varias personas decían: “debes leer ‘Nefando’”. Todos ellos lo catalogaban como un ‘librazo’ –no se equivocaban-. También, varios lo admiraban pero confesaban que no podían avanzar más allá de la mitad: “Narrativamente, excelente; pero el tema estremecedor: lloré”, me comentó alguien. Había que encontrarlo. Había que leerlo.
 

Un mes más tardó el que llegara a mis manos la novela escrita por la guayaquileña Mónica Ojeda, gracias al servicio que brinda Karina Sánchez en su librería, Tolstói. Valió la pena la espera. Entrar al videojuego en línea propuesto, habitar el piso de seis jóvenes (donde aparecen los hermanos Terán –personajes claves de la narrativa de la autora-), profundizar sobre la deep web y por qué no decir que ahondar sobre nuestra propia deep web (esos registros y archivos que no salen a la luz pero que habitan en nuestra cabeza) dieron paso a ese “ejercicio de empatía”, tal como propone la propia Ojeda.
 

El incesto, la pedofilia, la violencia de género, la literatura, los deseos frustrados… la tan trastocada, como fascinante, trinidad de Irene, Emilio y Cecilia Terán se abordan en una novela que se construye a través de entrevistas incisivas.
 

‘Nefando’ es la segunda novela de Ojeda, su tercer libro considerando su poemario ‘El ciclo de las piedras’. Su primera novela es ‘La desfiguración Silva’. Justamente, esta última obra, que obtuvo el Premio Alba Narrativa 2014, tuvo una segunda edición en manos de Cadáver Exquisito Ediciones. Ojeda llegaba a Quito para presentarlo.
 

A través de Facebook inició el contacto. El encuentro había quedado pactado en el hotel donde se hospedaba. No se dio. Ojeda, quien entre sus mensajes propuso el lugar para la entrevista, había confesado que prefería conversar ahí porque es “una brújula rota” y no quería perderse en Quito. Con lo que no contaba es que la escritora también tiene un reloj descompuesto –por así decirlo- y que no marca las horas al igual que el reloj que lleva Emilio Terán en ‘La desfiguración Silva’. Ella se atrasó y perdió el vuelo. Con toda la tecnología del mundo parecíamos atrapados en una comedia de Woody Allen: mensajes iban y venían –y se los leía bajo la misericordia y capricho del WlFi- hasta (re)concretar el encuentro, que se dio minutos previos a la presentación de su libro en Libri Mundi.
 

ECO. Con ‘Nefando’ alcanza el reconocimiento de la crítica y lectoría nacional y extranjera.

 

Para ser una ‘brújula rota’ tienes bien marcado el norte al momento de construir personajes, como los hermanos Terán, por ejemplo. ¿Cómo los concebiste?

Creo que precisamente porque soy un desastre en mi vida diaria (risas). Por eso escribo, porque allí puedo tener un cierto control. Mira, no tengo el control ni para llegar puntual a un aeropuerto (vuelve a reír). Con la escritura tienes la posibilidad de escribir, borrar, editar, cortar: te organizas mejor. Con los Terán… surgieron de una forma muy  natural. Cuando empecé a escribir ‘La desfiguración Silva’  no tenía ni siquiera idea de  adónde iba la novela, tan solo intuiciones. Desde ahí fueron despegando los personajes conforme avanzaba la novela. Los fui descubriendo desde la narrativa de los otros personajes. En ‘Nefando’ ya aparecen consolidados porque se convierten en algo muy sólido, totalmente vivos para mí. Los veía como un perro de tres cabezas. Son tres en uno, una especie de monstruo, que tiene la carga de un pasado donde han sido víctimas. Siento que terminé escribiendo sobre ellos por necesidad.

En ‘La desfiguración Silva’ aparece la sagacidad y mirada mordaz de los Terán, en medio de la decreciente relación de Lena (una chica fuera de los esnobismos de la academias) y Daniel (un profesor que vive de las viejas glorias de un premio). El rodaje de un cortometraje será la columna vertebral para reflexionar en torno al arte conceptual, la literatura, el cine… “Las diferentes intervenciones narrativas –desde la mirada retrospectiva  de cada uno de los personajes- fracturan la linealidad del relato, producen un efecto de oralidad testimonial”, escribe Alicia Ortega sobre la obra, quien justamente la presentó junto la autora en Quito. Desde esa ‘mirada retrospectiva’ y la ‘oralidad testimonial’ aparece la figura de Gianella Silva, una supuesta integrante del movimiento tzántzico, que pone en vilo la ausencia femenina en torno a las artes y la cultura, por más vanguardias que existan.
 

Tomas a Orson Wells para declarar sobre aquello de que “el arte es una mentira que hace darnos cuenta de la verdad”. Gianella Silva termina siendo una tomadura de pelo, pero reafirma lo dicho por Wells…

Pienso que sí hay una tomadura de pelo. Hay un juego que los Terán los proponen, y que tiene que ver con dualidades y dicotomías. La contraposición de arte moderno y tradicional con el contemporáneo, la apropiación y la originalidad. Ellos ponen sobre la mesa una serie de contrastes para preguntarnos sobre cuál es el ejercicio del arte y cuáles son los elementos para valorarlo. Esas interrogantes no solo quedan en el libro y desde una mentira permiten que el lector también trate de contestar esas preguntas.

 

¿Qué tal falsear a la propia literatura ecuatoriana desde los tzántzicos?

Es una pregunta dura. Mira, creo que todo surgió por la misma característica los tzántzicos, desde sus manifiestos muy violentos, el de cortar la cabeza del padre y reducir las cabezas, el de matar el pasado para fundar algo nuevo. Ese espítiru es el que me motivó. Por otra parte, Gianella Silva revela una realidad híper-masculina dentro de nuestra cultura.

Cuando se presentaba la segunda edición de ‘La desfiguración Silva’, en Quito, Ojeda contaba que Ulises Estrella, una de las figuras claves dentro del tzantzismo, alcanzó a leer la novela. Mónica relataba que en Barcelona, mientras estudiaba una maestría, y donde aprovechó el tiempo para terminar su primera novela, pudo abordar a dicho movimiento literario. El propio Ulises, con quien se contactó a través de  correos, le facilitó información sobre la revista Pucuna y una serie de ensayos. Recuerdo la penúltima charla con Ulises, cuando fue despojado (sí, despojado) de su cargo frente a la Cinemateca de la Casa de la Cultura Ecuatoriana. Él, en medio de la tristeza que le invadía, me decía que sentía cierta alegría por lo que había hecho junto a sus aliados reductores de cabeza. Ahí apareció por primera vez Mónica Ojeda sin saberlo, pues Ulises sacaba pecho que el tzantzismo sigue inspirando y que desde España, una joven guayaca –así me contaba- estaba interesada en el movimiento y escribir una novela, la cual tuvo una observación por parte del poeta, según compartía la propia escritora en el lanzamiento: “Me pidió que cambie un nombre, por un tema de veracidad. Así lo hice, era un pedido que para nada alteraba la novela. Me encantó que pudiese leer la novela antes de morir”.
 

Inicio. Su ópera prime es ‘La desfiguración Silva’.


Has dejado en claro que no hay un álter entre tú y tus personajes. Pero si vemos a Irene, que es todo un misterio, “un caramelo  sobre la mesa donde se apegan los insectos”; y por otro lado está Lena, en el sentido de que no le da miedo nada y dice sin reparos lo que piensa, ¿con qué personalidad te identificas más?

Definitivamente, Lena. Eso sí, repito que ninguna de ellas ni otras u otros personajes son mi álter. Irene es un personaje, al igual que todos los Terán, construido con un cierto aire de misterio, que ni yo como escritora los termino de conocer; son sólidos, pero los sigo conociendo porque tiene muchas capas: por eso es que en ‘Nefando’ profundizo muchas capas. Con Lena me identifico porque trata de ser honesta consigo misma y es muy sincera con los demás. Está fuera de las poses del mundo, está fuera de un grupo de estudiantes universitarios y profesores que están en el mundo del arte y son muy snob.

 

¿Sientes que con ‘Nefando’ el lector termina dándole enter a su propia deep web interior?

Estoy de acuerdo. De hecho, pienso que uno debe enfrentar de alguna manera con todo lo que le perturba. Ojo, no digo que todo  el mundo lo deba hacer, pero me refiero a que desde mi corta experiencia trato de enfrentar  aquello. Es muy importante el tantear los límites, que son los míos propios, ya que te permite ver ciertas verdades incómodas de ti mismo. Pienso que cuando ocultas tu cara con las sábanas para ver una película de terror no enfrentas a tus miedos. Pienso que en la vida debemos afrontar las cosas perturbadoras: ahí corres menos peligro de caer en ese horror.

 

¿Se puede considerar a ‘Nefando’ como una gran cartografía humana, donde cada geografía nos aproxima a la violencia?

Justamente, pienso que desde la escritura se practica un ejercicio de empatía, que permite describir algo de ti mismo. No necesariamente pudo ocurrirte, pero es importante saber cómo encaras eso que te puede perturbar.

 

¿Qué decir de quienes dicen que se puede caer en una apología de la violencia?

Me molesta mucho cuando hablan de una apología, porque siento que hago lo contrario. Me ha pasado que ciertas personas se sienten muy, pero muy lastimadas, totalmente ofendidas como si las atacara. No entiendo por qué el hablar sobre pederastia puede ser algo ofensivo, cuando es un tema que se debe hablar para que no suceda. De hecho, pienso que lo complicado es no trabajarlo desde la simplificación del tema. También, pienso que no se puede ser totalitario sobre este tema, no se puede hablar de las víctimas en macro. Cada víctima vive un drama particular, una experiencia única que cada uno la maneja de forma diferente. Eso es lo que quise dejar en el libro.

Entre los asistentes está el escritor ecuatoriano Leonardo Valencia, quien le pregunta a Ojeda sobre cuánto cambió el proceso de la escritura de su novela entre su inicio en Guayaquil y su proceso final en Barcelona. También sobre la recepción de los lectores entre Ecuador y España. “No sé cómo hubiese quedado la novela si no conseguía la beca. Siento, a priori, que no influyó. Que mi paso en Barcelona más que abrirme me permitió encerrarme para poder escribir. Encontré el silencio para encontrar esta literatura”, dice la escritora.
 

POESÍA. Su trabajo poético fue reconocido con el Premio de Poesía Emergente Desembarco.

 

“El silencio forma parte de nuestro retrato literario. Basta con ver la estatua del Libertador (Bolívar) y del Protector (San Martín) dándose la mano frente el río para entender que aquí las palabras se hunden”, escribes en ‘La desfiguración Silva’. ¿Cuánto influyó Guayaquil, en general, para que tu literatura salga a flote donde las palabras parecen hundirse?

(Risas) Creo que vivimos en un mundo donde todo es efímero y todo pasa a la velocidad de la luz. La literatura detiene el tiempo y te ensancha por dentro. La escritura va contra la marea de la rapidez donde las palabras son fantasmagóricas. Yo solo escribo, y lo hago con un tono paisajístico. En algún momento aflora tu paisaje, como pienso que aflora en cualquier escritor.

 

¿Qué decir de Mónica Ojeda en el ‘Chongo cultural’?

(Risas) Hubo un tiempo que escribía mucho en Gkillcity, desde el ‘Chongo cultural’. Me parece que es un espacio interesante donde pueden caber ideas, propuestas y formas de pensamiento que se encuentran en la periferia. Inclusive puede ser un lugar donde lo políticamente incorrecto tiene su espacio. Me parece un lugar donde se toma en cuenta el margen. Creo que en la periferia están las cosas más interesantes. El centro siempre es el centro por más que te llame la atención.

 

Hay listas y listas, pero siempre Hay Festival: Bogotá va marcando los referentes. Este año estás en la lista, ¿tus sensaciones?

Me siento halagada, pero no sé cómo responderte porque para mí no ha cambiado mucho. Sigo escribiendo, doy mis clases. Pienso que lo chévere será cuando viaje a Colombia el otro año y conozca ese país, comparta con su gente y comparta con varios autores que leo. Lo de las listas es una cuestión editorial para luego poner en la franja de un libro, pero para nada pienso que son definitivas. Hay autores que los leo y me gustan mucho. Eso sí, no hay que negar que las listas te dan mayor visibilización.

 

¿Al igual que los premios?

Voy a ser políticamente incorrecta, pero debo decirte que uno debe atinarle a los premios porque hay dinero de por medio. El dinero para un escritor representa tiempo para escribir, tiempo para producir y no estar realizando otra labor para poder subsistir, por lo menos por unos meses.

 

¿Es cierto que escribías desde los 10 años?

Pero eran puras porquerías –dice cómicamente, antes de soltar una pequeña carcajada-.

 

Pero más allá de esas porquerías, ¿reconoces algo de entonces en tu escritura?

Cuando empecé a escribir, creé algunas cosas de terror, de horror. Pobrecita mi hermana, yo escribía historias para hacerla asustar (risas). Lo cierto es que hubo momentos de horror, de repugnancia, y pienso que es algo con lo que sigo trabajando.

Pienso en el verso “Busco una palabra que me revele el misterio de la experiencia ajena”, que está presente en ‘El ciclo de las piedras’, con el que Ojeda ganó el Premio Nacional de Poesía Desembarco 2015.  Pienso en breve por la palabra ajena, que dice esa palabra sobre ella. La poeta venezolana María Auxiliadora Álvarez me dijo en una entrevista, en su paso por Ecuador, que “estaba totalmente sorprendida con la madurez intelectual y literaria: es increíble encontrar alguien tan joven con todo el talento tan maduro como el de Mónica”.  Paco Robles y Olga Martínez, editores de Candaya (editorial que publicó ‘Nefando’), en su gira por Ecuador para difundir su trabajo, coincidían en que la “admiran profundamente” porque es una joven de la “estratósfera”. “Tan joven y con tanto talento. Es increíble su discurso, su madurez y su literatura”, decía Martínez, mientras su colega Robles resaltaba “el éxito que ha tenido entre los lectores”. “Hablamos de una escritora que escribe sobre  lo que duele, que se arriesga a escribir sobre lo que duele: eso es lo que la hace tan grande”, acotaba la editora; mientras Robles comentaba que “me he quedado fascinado con su nueva novela. La he leído antes de llegar a Ecuador y está de una calidad como todo lo que viene haciendo”. Esto, tan solo adelantando que no aparecen los Terán y que se titulará ‘Mandíbula’. Expectantes, entonces, a que se revele nuevamente su palabra, al generar empatía con la experiencia (aparentemente) ajena.

ddelatorre@lahora.com.ec

 

Mónica Ojeda Franco

 

Escritora y catedrática ecuatoriana (Guayaquil, 1988). Es autora de ‘La desfiguración Silva’, Premio Alba Narrativa 2014; ‘El ciclo e las piedras’, Premio Nacional de Poesía Desembarco 2015; y ‘Nefando’. Forma parte de la antología ‘Emergencias. Doce cuentos iberoamericanos’.

 

LA FRASE

La literatura detiene el tiempo y te ensancha por dentro”.