Diezmos y repartos

SEP, 19, 2018 | 00:10 - Por DANIEL MARQUEZ SOAREZ

Daniel Marquez Soares

En Ecuador creemos que la corrupción tiene dos posibles remedios: la santidad o el dinero.  Cada vez que se destapa algún escándalo de ilegalidades o indelicadezas con fondos públicos, la ciudadanía y los líderes de opinión seguidores de la primera escuela, se lamentan ante la “falta de valores”. Es una forma de pensar cómoda; parte de que solo hay dos tipos de ciudadanos: los buenos, que no roban jamás, y los malos, que siempre lo hacen. 

El sistema, según esa forma de pensar, siempre es inocente, en tanto es incapaz de corromper a alguien honesto o de corregir a alguien torcido. La única manera de asegurarse una administración civilizada es reclutando santos. Si no encontramos suficientes (como suele suceder), la culpa no es nuestra, sino de nuestra cultura atrasada y demás ficciones que amamos usar como chivo expiatorio. 

Los de la segunda escuela creen que todo se arregla pagando mejor. Tenemos funcionarios deshonestos porque los honestos cuestan caro y nosotros pagamos poco. Pero parten de supuestos cuestionables. Creen que lo que pesa en la elección laboral es el sueldo, que cualquiera aceptaría trabajar en un oficio desprestigiado como la política si es que se pagara más. Supone, además, que la corrupción se deriva del nivel de ingreso: mientras mejor pagado, menos corruptible, y viceversa. 

Al contacto con la realidad, ambas teorías se revelan como emanaciones de nuestros prejuicios. En ningún momento ni lugar los santos han sido mayoría y, no obstante, sí ha habido administraciones honestas y competentes. Hay funcionarios de bajo ingreso que son honestos y, al mismo tiempo, otros bien pagados cuyo grado de deshonestidad no disminuye, sino que crece conforme aumentan sus ingresos. Los buenos sueldos también han atraído a aventureros que serían incapaces de ganar una cantidad similar fuera del sector público. Los sueldos altos no atraen a los mejores, sino apenas a los mejores de entre aquellos para los que el dinero es lo prioritario, justamente la clase de personas que uno quisiera lejos de la política. 

No podemos quejarnos ante los diezmos y repartos de tantos asambleístas. Es una consecuencia lógica del sistema que hemos creado. 


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