Eloy Alfaro Delgado: a 178 años de su nacimiento

JUL, 02, 2020 | 00:06 - Por Reynaldo Huerta Ortega

Tierra de valientes es Cervera, de buen vino de La Rioja, lugar donde nació don Manuel Alfaro y González, de allí salió él cruzando mares para llegar a nuestro Manabí y unirse con doña Natividad Delgado, con ella engendró, un 25 de junio de 1842, en la ciudad de Montecristi, al mejor ecuatoriano de todos los tiempos, don Eloy Alfaro Delgado.

Nuestra patria era muy joven, se originó con la separación del 13 de mayo de 1830 y                                  luego como Estado del Ecuador en la República de Colombia, en su primera constitución como Estado federalista.

Entonces casi no había escuelas, sino conventos para la educación de pocos. En cuanto a la salud nuestros pueblos no gozaban de alcantarillado, ni agua potable, ni maternidades; sin embargo, el titán creció robusto, y todo su espíritu de forjó para siempre en el combate permanente, a pesar que doña Natividad dio la bendición a su hijo rebelde, le enseñó también a ser justo con los humildes y, a tener temor a Dios.

Su coraje lo heredó de su padre, quien nunca admitió la deshonra de la cobardía para los suyos, ni el silencio para ver sufrir atropellos, sin ponerse de pie y enfrentar a los abusivos, en 1852 simpatizó con el general José María Urbina, cuando abolió la esclavitud para entonces su hijo Eloy, tenía 10 años.

A los 20 años junto con sus hermanos se toma la gobernación de Manabí, luego demostrará su valor en el sitio Colorado, iniciando la alfareada, como hoy la llaman algunos en la épica y heroica existencia a la que entregó su vida.

El joven Alfaro recorrió la América mestiza. En Perú conoció a don Ricardo Palma en la biblioteca de Lima; desterrado buscó refugio en Colombia, para entonces el Istmo de Panamá era territorio soberano de nuestra hermana limítrofe. Anduvo por Centroamérica en su lucha libertaria, guiado por los ideales bolivarianos; compartió el exilio y fue amigo del cubano Maceo, vivió en Costa Rica en Alajuela.

Cumplió con sus amigos, cuando llegó a la Presidencia de la República del Ecuador, reclamando a España la independencia de Cuba.

Supo trabajar como hombre de creación y de progreso y con todos sus ahorros compró un barco mercante al que denominó “Alajuela” y, sin saber nadar reunió un grupo de valientes, se echó al mar y con algunas pocas armas llegó a Esmeraldas, para seguir el combate de Jaramijó en las playas de su tierra natal. La aventura sirvió, no solo, para forjar su carácter, sino también, para recibir el apoyo de su gente, dejando atrás el tenebroso mar iluminado por el fuego de los buques ardientes; como fue derrotado, sus enemigos lo llamaron el “general de las derrotas”

Hoy 25 de junio, debemos recordar como una fiesta su nacimiento, muchos cantones llevan su nombre en distintas provincias del país, a despecho de quienes quieren vender su ferrocarril por unos cuantos dólares, esas paralelas de acero que inició el otro gran estadista de la patria, don Gabriel García Moreno a orillas del río Guayas. Alfaro logró lo que en 20 años no había avanzado la máquina de acero frente a los Andes, subió con el ferrocarril a la Nariz del Diablo y luego a Chimbacalle al sur de Quito en 1908, dando cohesión social en modernidad.

En la crisis que hoy vivimos debemos recordar su nacimiento y brindar con los ríos desbordados, celebrar los hospitales colapsados, porque hay quienes quieren hacernos olvidar su nombre, su gloria, la identidad territorial del Ecuador que limitaba con Brasil, la integridad de las islas Galápagos, que jamás se arrendaron, ni perdieron un solo cactus, a pesar de las ambiciones extranjeras; porque se ha dicho con razón que un verdadero general nunca corre ante el combate. Alfaro fue a la inmortalidad en las llamas de El Ejido, a pesar que sus enemigos en su partida de defunción pusieron como causa de su muerte, “asesinado por el pueblo de Quito”.

Para muchos de sus enemigos sería preferible que nunca hubiese nacido, ni que el ferrocarril del sur hubiese llegado a Chimbacalle, peor aún que la mujer llegase a un cargo público, que los obreros y jornaleros tengan derechos inalienables, que los indios sean personas con dignidad y no cosas mostrencas, susceptibles de vender y comprar, que la voz de los maestros laicos ensañasen el alfabeto a la población rural y, el pueblo de Quito tenga agua potable más allá de la chorrera del Pichincha, alcantarillado, iluminación en la calles, tolerancia religiosa, aun cuando todos sabemos que su revolución quedó inconclusa.  

Celebremos el aniversario de su nacimiento, a pesar que todavía hay seres oscuros que temen la luz del espíritu de don Eloy Alfaro Delgado.

Reynaldo Huerta Ortega

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