Vándalos y acomplejados

OCT, 18, 2020 | - Por CESAR ULLOA TAPIA

La polarización también es diversa para utilizar una de las palabras de tendencia. Por un lado, está el vandalismo más rancio del ala ortodoxa de la dirigencia indígena de la Sierra Centro y la Amazonia y, por el otro lado, un grupo de acomplejados que no se aceptan como mestizos y siguen rindiendo pleitesía a los reyes españoles. Los primeros atentan contra la ciudad de Quito como sinónimo de reivindicación. A los dirigentes indígenas del caos habría que recordarles que no hay experiencia que demuestre que la violencia cambia el curso de las cosas, sino revisemos la experiencia de Senderoso Luminoso en Perú para no ir más lejos. Cuidado con traer a la realidad, experiencias y teorías caducas y, por lo demás, absurdas.    

La paradoja: ni siquiera hemos superado la contradicción entre el correísmo y el anticorreísmo, y ahora tenemos que ver con asombro y rechazo manifestaciones sacadas de cualquier guión desubicado de la historia. Por un lado, piedras, escupitajos y orines en vez de reflexiones y propuestas, mientras que, por el otro, ofrendas y poemas del manual del buen servil. Los extremos se exacerban a la mínima excusa pueril. Lo peor sale a flote, pero la alerta ya está encendida. Nuestra sociedad corre el peligro de entrar a un juego de suma cero, en donde la pluralidad sea una anécdota vaga, imprecisa, innecesaria. Ojo con los noveleros, hechiceros y retardatarios que de eso ya tuvimos en el 2007.

La diversidad cultural de la que tanto hablan, manosean y estropean no es sinónimo de exigencia de derechos sin el cumplimiento de deberes, peor aún, de granjearse popularidad o, incluso, ganar puntos en cualquier concurso para el ascenso fácil. La diversidad, como la entiendo, es pluralidad de criterio, convivencia efectiva entre distintos, respeto y tolerancia en la medida de concienciar que en donde terminan mis derechos, empiezan los de los otros. Esto no significa borrar de la historia las brechas, pero sí edificar una sociedad de auténtico diálogo en donde, precisamente, los contrarios aprendan a pensar en el país y no en sí mismos.

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