Ciudad fantasma

FEB, 22, 2021 | - Por Germánico Solis

Recuerdo las películas del oeste que veíamos en los teatros de las ciudades y que con curiosidad las descifrábamos. Esas historias narraban las persecuciones de los buenos a los malos, las locaciones eran pequeñas ciudades, había una plaza, una cantina, un banco, un tren, una recua de forajidos mal encarados  buscados por la ley rondando un banco, y merodeando también, el bien parecido justiciero montado a caballo, con un cigarrillo en la boca, pistola en el cinto y que  siempre derrotaba, recuperaba a costa de muertes y una trama conocida, el dinero que por un tiempo permanecía en manos de los bandidos luego de un asalto. La trama sumaba traiciones, balaceras, la heroicidad del “chullita”, tragos, mujeres y finalmente metida en la cabeza de los espectadores el triste final que resonaba: muerte si no hay respeto a la pertenencia privada.

Había otros detalles en esas proyecciones, elementos mentalizados para adjudicarnos  realidades. Vientos azotando calles polvorientas, el cantinero esclavo de los pistoleros y de los justicieros. Representantes de la ley que a la postre construían ciudades abandonadas y un sheriff triunfador.

Y las poblaciones quedaban abandonadas, desaparecía la atención del hotel, la danza ejecutada por mujeres con enaguas almidonados que enloquecía al pueblo. Desaparecía los campanazos de la iglesia y sólo se quedaba el aullido del viento revolcando a la tristeza.

Hay ciudades que estando vivas, las sentimos vacías, sombrías, abandonadas, desmanteladas, destruidas como en esas películas de oeste, sin Dios ni ley. Caminando por la bien querida Ibarra, se ve una ciudad arruinada, pintarrajeada, polvorienta, parques hechos matorrales, con calles apropiadas por perros y  delincuentes. Solo para referir pequeñas cosas, la gran mayoría de los contenedores de la basura, quemados, rotos, destartalados, volteados sin que nadie se apiade.  Con indignación se ve lo que para otro tiempo fue un adelanto, los dispensadores de tiquetes de parqueo, destruidos y estorbando. ¿Será que como en esas películas no hay un sheriff en la ciudad?, acaso ¿no hay alcalde? En fin, se siente  la desidia, la falta de autoridades, pero en buena hora, solo por un corto tiempo.  

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