‘Un trabajo sucio a precio de oro’

MAR, 26, 2018 |

EMPIEZA. Las madrugadas cientos de personas toman transporte en las calles de Buenos Aires.
MERCADO. Un pequeño poblado fantasma se formó desde diciembre donde se vende al contado las minas.
POLEAS. Hay unas 70 poleas que transportan las denominadas betas desde la montaña.
EXCAVACIONES. Los mineros cuidan sus huecos por sí alguien trate de apropiarse por la fuerza.

 

Por: Wilson Chamorro R.

El riesgo de una epidemia en la montaña conocida como El Lomón, comunidad El Triunfo, parroquia Buenos Aires, del cantón Urcuquí, es alto. La vida de los mineros prácticamente se sostiene de un hilo similar al que forman las diminutas esquirlas de oro que aparecen en la batea de prueba, antes que los comerciantes paguen los 20 dólares por el costal del material.
 

Desde diciembre del año pasado continúan llegando a ese territorio grupos de tres, cinco y hasta de diez hombres con experiencia o sin ella. El dialecto los descubre de la región del país a la que pertenecen. Se declaran como buenas personas y aseguran que la fe los mueve y los hace alcanzar el monte de unos 2.300 metros a nivel del mar.
 

“Nuestra vida es más importante que la mina, por eso nos cuidamos y tratamos de evitar el egoísmo, le envida y la codicia por el oro que pudieran ocasionar actos de violencia”, dijo uno de los ‘habitantes’ de este nuevo ‘pueblo’ creado con carpas de plástico.
 

Los más expertos en la actividad minera viajan desde Portovelo, Zaruma (El Oro). Provienen de una generación que por tradición conoce el oficio de la minería de manera artesanal, mucho antes que llegaran los españoles al río Amarillo, en 1549.
 

La dureza y las condiciones adversas en el sitio acaban las ilusiones con la misma prontitud con la que llegan. El retorno de algunas familias, que arribaron con sus hijos menores de edad, fue la tarde o al día siguiente.

 

La estancia

El cansancio del viaje, las noches frías en Buenos Aires (Urcuquí), la escasez de alimentos, la incomodidad de dormir en espacios que antes servían de zaguanes, corredores y en habitaciones rústicas que pasaban abandonadas, moldea el carácter a quien antes no le permitía darle forma.
 

Algunos profesionales, transportistas o comerciantes que llegaban al centro de la parroquia, antes pagaban por la vivienda o habitación 10 y hasta 15 dólares mensuales. Con el descubrimiento de la mina de oro, los costos aumentaron a 5 y 10 diez dólares por las 24 horas.
 

El charloteo de los extraños visitantes en la calle, esquinas y carpas no para a lo largo de las noches. Al otro lado de una pared construida con tapial o con tablones de madera, el insomnio supera al cansancio. Te levantas del piso que te sirvió de cama y empiezas a caminar por las calles. Te detienes unos minutos a escuchar las interminables conversaciones que refleja la situación económica. Resulta, al menos, novedoso oír al hombre sencillo de pueblo discutiendo a su manera sobre inversiones, ganancias, pérdidas, transporte, comida, herramientas, el precio del oro, la situación de su familia, así como la conveniencia de continuar o despedirse para siempre.

 

¡A la mina!

Apenas empieza la madrugada, antes de emprender su peregrinaje, deben pagar al dueño de casa el valor acordado. Apresurados salen a la pequeña plaza, rodeada de carpas improvisadas que albergan los productos para la venta. Las columna de camionetas 4x4, en su mayoría nuevas, ocupa también las pequeñas calles de la parroquia.
 

Las botas de caucho, el poncho de agua, el pico, la pala, el palancón, una barra, el combo, la punta de hierro, la cocineta, galones de combustible y un costalillo de víveres, forman parte del equipo que les permite la supervivencia en territorio desconocido.

 

El grito del conductor alerta a los viajeros, mientras llena su doble cabina y el cajón con 15 pasajeros. Salen del poblado y toman una carretera de condiciones adversas. En una hora y media de viaje, sorteando tramos estrechos, lodazales, quebradas y puentes llegan a la última parada.
 

“¡Hasta aquí llegamos!”, advierte el ayudante. Enseguida se acerca un hombre de personalidad inquebrantable: “Haber señor, tiene que pagar 2 dólares de peaje y si quiere volver con carga esperar el turno de 40 camionetas”, advierte. El chofer paga sin problema: “Por ahora hay para todos”, comenta sonriente. Su ganancia diaria es de hasta 200 dólares. La mayoría regresa cargado en sus camionetas 40 costales de 60 libras. El costo del pasaje es de 2 dólares por unidad al igual que el de los pasajeros. La pertinaz lluvia, la vía resbaladiza, peligros, pasan por alto ante la ganancia.

 

Mercado en la colina

Ya montaña adentro, en campo abierto acomodaron unos 200 plásticos negros sujetados por maderos en forma de una casa antigua. El lodazal cubre la calle en la que se pasean los negociantes de uno de los metales más caros del mundo, el oro.
 

Lo usual es ver manos portadoras de fajos de billetes de 100 dólares que seducen a los pequeños mineros. A los dos lados permanecen arrumados miles de costales de yute llenos de rocas o ‘betas’, como denominan al material de donde al final de un proceso se extrae de cuatro o cinco gramos de oro. En cuanto al trato, con palabras de prudente apariencia, se advierte que en este lugar no hay fío, todo se paga en efectivo y de contado.   

 

Peregrinaje a la montaña

La gente que ingresa por primera vez se da modos por encontrar la respuesta correcta de cómo llegar al destino. Nadie está dispuesto a perder tiempo para entrar en detalles. Con un inicial saludo dicen: “mire, allá al final, ahí están los mineros cavando los huecos. Tiene que caminar dos o tres horas”.
 

El primer tramo de prueba a pie se extiende unos dos kilómetros de camino fangoso, enseña la dureza, destreza y la fuerza para dar un paso con ritmo y secuencia. La fuerza individual no es suficiente para recuperar las botas empapadas de lodo. Con la ayuda de los peregrinos también empieza el sentido de diálogo y respeto entre ecuatorianos desconocidos.
 

Trepar a una segunda loma, convertida en otro puesto de transferencia y en la que cientos de trabajadores colocaron 150 plásticos negros, te traslada a los campos de prisioneros obligados a cumplir su condena con trabajos forzosos. En esta escena real, los protagonistas son los cargadores que a buen tranco, cubiertos con sus ropas sucias y sus hombros lastimados, llevan cientos de costales de una a otra polea.
 

Organizados como las hormigas de la selva apenas tienen tiempo para levantar la cabeza y contestar: “Antes, entre diciembre y enero, ganábamos hasta cuatro dólares por costal, hoy el mismo trabajo lo hacemos por un dólar. Aquí sobra gente que ruega por este duro trabajo”.

 

Las poleas de acero

En cada polea existe un puesto de mando controlado por personas robustas, recelosas, desconfiadas y que miran de reojo. Creen que en medio de los desconocidos se infiltran agentes de inteligencia policial o militar. “Tenemos cuidado de dar información, hacer tomas, fotografías o videos. Sabemos que investigan, porque reconocemos que es un trabajo ilegal, pero deben entender que la naturaleza nos ha dado trabajo a 6.000 personas detrás de quien está una familia. El Presidente Moreno ofreció 300.000 puestos por año, pero a 10 meses de su mandato el desempleo está igual o peor que antes”,expresa un minero mientras coloca el material en la polea.
 

El material que es trasladado noche y día, en unas 70 poleas, winchas o cables; las carpas de plástico negro que albergan los costales; los negocios de comida en los que un arroz con pollo cuesta 3 o 4 dólares, según la presa que desee el cliente, forman parte de este pueblo fantasma que pervive movido por la codicia, en medio de egoísmo y ambiciones.
 

“Aquí no hay ley, solo Dios para los que creemos. La fuerza del estúpido o buena gente se regula por los que necesitamos convivir”, asegura un mulato de Tumaco.

 

Las voces que advierten

El testimonio de quienes prefieren no identificarse confirma que esta es una de las parroquias con altos índices de pobreza y necesidades insatisfechas. Profesan un final de conflicto con las instituciones encargadas de la seguridad y el orden público, que actuarían luego de una evaluación situacional.
 

“Nosotros vivíamos de la producción de leche, queso, naranjilla y tomate de árbol, productos que los intermediarios los compraban a bajos precios. Para que tenga una idea: un queso grande valía 1,50 y un litro de leche  0,25 centavos, a nivel de finca”, relata.
 

No hay señal de las operadoras telefónicas. Para comunicarse con sus familiares deben hacer cola en una de las pocas cabinas que presta ese servicio en la cabecera parroquial.

 

Invasión y agujeros

La montaña El Lomón va perdiendo su quietud, el aroma de los árboles nativos de guayacán, chonta …, las pequeñas vertientes de agua pura, el delicado y natural trino de las aves, el oxígeno acumulado por millones de años. La contaminación ya empezó. No cuentan con pozos sépticos, todo queda regado en medio de las plantas nativas. El aroma de los árboles silvestres va despareciendo. En solo dos meses lo fétido se siente a una distancia prudente. Esto es un asunto de salud que nadie sabe cómo remediar.
 

La invasión llegó en un momento inesperado. “Antes de la Navidad salí al pueblo, un fin de semana, cuando regresé cientos de personas habían roto el alambrado de unas 60 hectáreas de potreros para ganado. Eran tantos que apenas pude reclamar. Me dijeron que iban a pagar, pero solo algunos me han regalado 0,50 centavos cuando se les ocurre”, declaró Primitivo Andrade, un hombre de 75 años que refleja la pobreza en su rostro y sus ropas que lleva puesto.
 

Desde el primer día que descubrieron las minas derribaron decenas de árboles utilizando motosierras, hachas y machetes. Construyeron una brecha de aproximadamente unos dos kilómetros hasta coronar las alturas donde se encuentran con las minas. 
 

Grupos de entre cinco y 10 hombres armaron sus carpas de plásticos en el mismo lugar donde están las excavaciones, de donde extraen las rocas con esquirlas de oro. Muchos tuvieron suerte. A solo tres metros de profundidad encontraron las ‘betas’. Ese día se escucharon gritos de desbordante felicidad que ‘sacudió’ a la montaña.
 

Desde entonces, miles de personas entre negociantes, cargadores, vendedores, comerciantes, empresarios, entre otros, llegaron a ese rincón de Urcuquí.
 

Los de Portovelo y Zaruma son más en número y tienen experiencia. Ayudan a quienes la ambición legítima les ha hecho prácticamente perder el valor de la vida. Con la barra, el combo, la punta y un palancón terminan haciendo agujeros por donde quiera, sin la menor precaución para evitar un deslave que en el futuro sepultaría a todos.
 

En la zona de los huecos, comentan que al inicio los cargadores ganaban hasta 800 dólares semanales por trasladar el material, desde la mina a unos 100 metros donde se colocaron poleas de transporte aéreo. Una cajetilla de cigarrillos la vendían  en 4 y 5 dólares, hasta que llegó la competencia y ahora bajaron los precios, según cuenta un migrante venezolano que camina entre los árboles acompañado de una simpática y esbelta mujer.
 

En el aire se observa unos 80 cables por donde llevan los costales de roca hasta el mercado. El recorrido es de unos cinco kilómetros por aire. El flete está en 11 y 12 dólares por bulto. El costal en la mina cuesta 20, y cuando sale de Buenos Aires está calculado en 38 dólares.
 

El ruidos de los pequeños motores que arrastran de ida y vuelta las poleas con carga empieza en la madrugada y a veces para a las 02:00 del siguiente día, por pocas horas.  
 

El material aurífero es trasladado en camiones a Zamora Chinchipe, Zaruma y Portovelo para su refinamiento en maquinaria apropiada. 

 

Concesión

El Estado firmó un convenio de exploración y explotación con la empresa internacional australiana Hancock Prospecting. “Ellos tienen comprometido una inversión importante”. No se conoce los costos, la cantidad de oro que habría, la rentabilidad que dejaría a las partes y, lo que también es importante: la reparación de los derechos de la naturaleza y la contaminación.

 

Control y detenciones

Desde el año pasado hasta la fecha habrían sido detenidos más de 45 mineros entre comerciantes, intermediarios, conductores, trabajadores y hasta tres militares que llevaban en un camión blindado unos 250 costales de material aurífero.
 

En la Fiscalía y en los juzgados se encuentran las causas, de las cuales se tiene conocimiento que solo una persona ha sido sentenciada, los demás procesos están en investigaciones previas. Mientras tanto, los mineros piden que el gobierno les ayude legalizando las minas a las familias ecuatorianas que no tienen trabajo.
 

La invasión, extracción artesanal, contaminación, comercio y transporte continúan todos los días. Nadie sabe por dónde y cómo logran evadir los controles para llegar hasta las provincias de El Oro, Loja y Zamora, entre otras provincias.

 

TOME NOTA

Legalización, seguridad laboral y atención sanitaria son, por ahora, las exigencias al Estado ecuatoriano.

 

CARAS

Han terminado mi tranquilidad, han ocasionado daños en mi finca y no he salido de la pobreza”. Primitivo Andrade - Propietario de 60 hectáreas invadidas

 

 “Para que nadie nos quite nuestros huecos, uno de nuestro grupo tienen que dormir en las peores condiciones”. Juan C. - Experto en excavaciones.

 

 Queremos que el gobierno nos ayude a legalizar la mina, en la seguridad laboral y salud”. Miguel D. - Transporta en poleas el material

 

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