Julio César Trujillo, desde Ibarra a la historia

MAY, 22, 2019 | - Por José Albuja Chaves

POR: José Albuja Chaves

En junio del año pasado expresaba en esta misma columna que “alguna vez escuché a un orador ignoto afirmar que los primeros 50 años son los “más difíciles de la niñez”, contradiciendo abiertamente a aquella clasificación de marras que distingue al hombre en grupos etarios predeterminados, confiriendo a cada cual sus características, sus potencialidades, fortalezas y, claro, a los más avanzados en acumulación de años, sus debilidades y cercanía a rendir culto a la existencia.(…) En la antigüedad, el hombre maduro, el más veterano devenía en asesor y consejero de una comunidad, pues era un contenido acumulado de experiencias, conocimientos y hasta de innegable sabiduría para influir en la sociedad de su entorno, hacia senderos y recorridos en la búsqueda de la satisfacción de sus mínimas necesidades, cuando no de la felicidad misma, o al menos el hecho cierto de una madurez para reciclarla en las demás generaciones. (…) Innegable el hecho de que el hombre está para nacer, crecer, reproducir y morir, como parte de un acontecer vital de connotaciones cíclicas inevitables. Pero el hombre, ciertos hombres, han remontado aquella curva o parábola y se han hecho también para trascender”.

Un hombre transparente, íntegro desde adentro, luchador contra las inequidades sociales, de probidad indiscutible, rebelde ante la corrupción, no es viejo o inoperante, si su lucidez es luz social, su energía es dinamia social, y su presencia asusta a los débiles de manos calientes. Si su presencia es ejemplo refulgente para vislumbrar un país que puede resurgir desde la adversidad, cuando los aviesos, que ahora se han escondido, revolotean sobre la carroña de su propia voracidad.

Nuestro homenaje a Julio César Trujillo que desde ayer ya camina por su tierra natal y por el país y el mundo sideral, por la comba celeste, con la forma de luz y espíritu, mirando al infinito y anhelando un nuevo Ecuador que casi nos secuestra generacionalmente. No digamos, entonces, la paz en su tumba porque él ya la ha rebasado, la paz y el sosiego la necesitamos los que quedamos en este mundo terrenal.

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