La Asamblea Nacional

NOV, 18, 2018 | 00:12 - Por Ugo Stornaiolo

La Función Legislativa, según los preceptos de la división de poderes planteada por Montesquieu, es el primer poder del Estado y baricentro de la acción política. Es el lugar donde se elaboran las leyes que buscan el bienestar de las mayorías, que encargan a los legisladores su representación mediante procesos electorales.


Entendido así el concepto básico, la Asamblea Nacional debería –es incondicional- reunir en su interior a las mejores personas de un país: íntegras, éticas, capaces, con buena formación y perfil de servicio público. 


En el Ecuador de los últimos veinte y cinco años (no todo ocurrió durante la década perdida de la “revolución correísta”, pero ahí se convirtió en regla), sucede lo contrario. “Tecno chicheros”, futbolistas, reinas, atletas, personajes de la farándula, locutores de televisión, elementos de dudoso proceder, entre otras perlas, desfilaron y desfilan por los pasillos del legislativo, haciendo gala de su poder para hacer trafasías. 


Los casos de las ahora destituidas asambleístas Norma Vallejo (“la recaudadora, enfermera o educadora”) y Sofía Espín (“la visitadora humanitaria a cárceles”) son solamente la punta del iceberg, que ha puesto en evidencia algunos elementos que se puede exponer.


El primero es la forma en que ellos y otros llegaron a la legislatura, anclados en la popularidad de caudillos y caciques locales que los nombraron (a cambio de favores), sin oficio ni beneficio. El segundo es el método de elección, D’Hont, que posibilitó, en varios procesos electorales que, con un 25 o 30% de sufragios, se viabilicen mayorías parlamentarias de 70 y hasta 80%, dejando de lado a personas con mejores calificaciones para legislar. El voto en plancha logró ese “milagro”. 


En la consulta popular de febrero pasado se descartó la posibilidad de la reelección indefinida, lo que inhabilitará, al menos, a cien legisladores. No solo se debería inhabilitarlos como asambleístas, sino para cualquier cargo público. No únicamente por corrupción, sino por falta de ética. Nunca más legisladores como Norma, Sofía, Gaby, las Marcelas, Doris, Majo, “Ay Pame”, Serrano, Fernando Flores… 


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