Hijos del espiral

OCT, 14, 2020 | - Por DANIEL MARQUEZ SOARES

Ha vuelto a ponerse de moda, al hablar del Estado ecuatoriano, aquella cantaleta de que “los países no quiebran, apenas se empobrecen”. Ese eslogan no es más que una reconfortante media verdad. Puede que sea cierto que en el civilizado mundo contemporáneo la quiebra de un gobierno y la miseria de sus gobernados ya no conlleva ocupación o anexión a manos de una fuerza extranjera ni terminar decapitado o vendido como esclavo en algún puerto lejano. Sin embargo, esa forma de pensar le resta importancia, irresponsablemente, a los costos del descalabro económico.

Esa forma de pensar nos lleva a creer que no hay nada de malo en que un gobierno acumule déficits presupuestarios y deuda año tras año. Tampoco es tan grave que deje de pagar sus obligaciones, devalúe la moneda o trasquile impuestos irresponsablemente. A la larga, no puede quebrar y solo hay “empobrecimiento”. Como si una crisis profunda implicase apenas tener que cambiar el carro por un modelo más barato, achicar el guardarropa o cocinar con menos ingredientes importados.

Un país desordenado, irresponsable y endeudado pierde riqueza día a día, en un espiral descendente que se vuelve cada vez más díficil de revertir. Solemos olvidar cuánto sufrimiento y cuántos problemas se derivan de ese “empobrecerse” que tanto desdeñan los minimizadores de la crisis. Tarde o temprano la miseria se convierte en una omnipresente mano asfixiante y en una infalible expulsadora de talento que, en pocos años, se asegura de que en ese territorio solo quede gente buena para nada.  

Quienes no se resignan a la miseria suelen sembrar convulsión hasta alcanzar un final trágico o se marchan a la primera oportunidad. Los que se quedan, tarde o temprano, terminan por resignarse a la pobreza; una vida estéril y doblegada, sometida al capricho de la autoridad, sin saber, sin juzgar, sin ver más alla de las fronteras, que no deja más consuelo que desarrollar ese típico complejo de superioridad moral de los pueblos miserables y aislados. 

Una sociedad así vive a merced del mundo exterior para vivir mejor, a la espera de que otros pueblos inventen algo y se lo compartan, o de que se interesen por algún nuevo recurso natural que quieran llevarse por unas pocas monedas. ¿Qué hay de “buen vivir” en eso?

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