Sobre Comida para locos

AGO, 01, 2010 |

Sobre Comida para locos
A la falta de memoria habitual que padecemos en la grey dislocada de los "hombres de letras" ecuatorianos, ha contribuido Nicolás Kingman, el Nico Kingman, con un abandono total del oficio durante ¿veinte?, ¿treinta? o quién sabe cuántos años. Resultado: que los cofrades, que los lectores en general, que él mismo, todos, nos habíamos olvidado que fue en su juventud un cuentista de talento. Un cuentista de los que prometen. De los que prometen y no cumplen, como les había pasado, cosa curiosa, a varios de los coterráneos del "último rincón del mundo". De mi Loja, que ha dado dos de los más grandes narradores de nuestra historia literaria: Pablo Palacio y Ángel F. Rojas.

¿Una explicación válida para este comportamiento, que ha ido alejando a nuestras gentes jóvenes -y no tan jóvenes- del quehacer literario por el que se habían -enrumbado golosamente desde sus años mozos? La principal acaso, la de mayor validez y de más fácil y frecuente comprobación: que entre nosotros, en el Ecuador principalmente, y en la mayor parte de la América Latina, la literatura no mantiene "a su hombre". No es una actividad "rentable". No ofrece la posibilidad de "pan y techo" al joven que va entrando por los caminos de la vida: el amor, la formación de hogar y de familia. Y los guaguas que llegan numerosos, convencidos de que llegan a la vida traídos por una cigüeña y "con dos botellitas de leche para su gasto exclusivo"...

Entonces: ¿a qué hora la literatura? Aplanador, traicionero, el empleo público, la función oficial -no siempre bien pagada- acechan al poeta, al narrador, al ensayista... Éste lucha, se esfuerza, batalla... Pero a la larga es derrotado por la urgencia del implacable ganapán, arrollador, invencible.

Pero resulta, además, que ese tránsfuga de la literatura es, generalmente, un hombre de talento. De ''aspiraciones". Y entonces, el entregamiento definitivo a las funciones públicas lo aleja transitoria o definitivamente de su vocación, de su llamado por las letras.

¡Cuántas vocaciones, cuántas posibilidades se han malogrado y se malogran por este comportamiento obligado de las gentes de talento! Yo podría citar aquí casos y casos: políticos a quienes devoró la actividad pública, obligándoles a abandonar su prometedora línea vocacional y que, en la vorágine de nuestro acontecer, decepcionados también de la ineficiencia de su fervor político, arrollados por los cuartelazos, golpes de Estado, se encuentran de pronto alejados de todos los caminos, perdida la iluminación de las primeras luces, presas del desencanto y desorientación.

Nicolás Kingman es un ejemplo claro de esta línea, común a nuestras promociones intelectuales. Tuvo un amanecer claro de aciertos y buenos golpes en la línea del relato. El distanciamiento de sus entregas al público lo atribuimos a la pereza -oh, el ocio fecundo- a la escasez de incentivos para la edición, la falta de revistas literarias. Cosa tan frecuente que, en las alturas de la excelencia, va de Pablo Palacio a Juan Rulfo, de Felisberto Hernández, el admirable y parvo uruguayo, al mayor de todos, en eso de ser genial y de escribir pocas páginas: Alain Fournier el de Le Gran Meaulnes.

En el caso de Nicolás no era ocio, por muy fecundo que fuere. Era una superactividad en las zonas y ambientes más comprometidos y comprometedores: actividad política y administrativa en las altas esferas de la administración pública, de la gestión bancaria. Los niveles directores de la vida nacional plenos de movilidad y de responsabilidad.

¿El escritor, el relatista, el cuentista? Lejanos, olvidados escarceos de adolescencia, resabios pueblerinos... Los hombres de su generación, acaso por menos afortunados en el duro camino del ascenso, habían hallado coayuvancias menos absorbentes para el inevitable menester de llevar pan a la mesa: principalmente la cátedra en las escuelas medias, aún en las primarias. Y, cuando el viento soplaba bien por aquel lado, la universidad. Ese quehacer, más afín con la vocación literaria y, sobre todo, con mayor disponibilidad de tiempo, permitía la continuación, la perseverancia en la faena de la literatura, y sus afines y colaterales: la lectura, la información, la frecuentación de círculos de amigable contemporaneidad, en los que se habla, se discute, se proyecta, se respira ambiente de oficio, aire literario.

A partir de la época en que mostró la punta de su capacidad literaria Nicolás Kingman, varias oleadas de promoción de letras, no precisamente generacionales -porque yo no creo en la generación de simple lazo cronológico, que nada dice ni nada enlaza o une- se han ido sucediendo nombres y obras que ya permiten que se les atribuyan posibilidades de perduración, entre una escalofriante, decepcionante balumba de mediocridad vociferante, ridículamente magistralizante, avergonzadora.
Entre una buena docena de relatistas postpablopalacistas, de poetas como Jorge Enrique Adoum -que acaba de darnos un gran libro -Informe personal sobre la situación- y de César Dávila Andrade, ya nos están asomando nombres y obras: Carlos Enrique Jaramillo, Ana María Iza, Euler Granda, Violeta Luna y unos pocos más en poesía; Lupe Rumazo, Alicia Yánez, Teodoro Vanegas, Vladimiro Rivas, Béjar Portilla y unos cuantos más, en el relato...

Nicolás Kingman, con su acelerado viaje hacia la cincuentena, viene a ser cronológicamente un papá o, por lo menos, un tío de esas gentes tan nuevas. Papá o tío literario. Dándome un poco la impresión de esos alumnos que abandonaron -por otras razones y otros menesteres- sus estudios y que, a los quince o veinte años, resuelven reanudarlos... Y se encuentran que muchos condiscípulos, y no de los más aventajados, van a ser sus profesores...

Bien. Nicolás Kingman viene al cuento. ¿Viene igualmente a la literatura, a la vida literaria? Esperamos que sí. Esta certidumbre la arrancamos, en primer término, de lo buenos que fueron los comienzos. Tan buenos como los de algunos que llegaron a cuajar; y luego, de la calidad de estos nueve relatos, que ha puesto en mis manos y que ustedes van a leer enseguida.

La primera observación de tipo general que puede hacerse a estos nueve relatos es la continuidad con la línea primera marcada en los relatos de hace treinta años. En la que, a su vez, se marca la característica esencial de la narrativa lojana: su sentido del humor. O acaso más bien, su posibilidad de humor. Cosa de que carece, por regla general, la narrativa ecuatoriana de todos los tiempos. Porque hasta esperpentos como ese "Un matrimonio inconveniente", del señor Juan León Mera, y peor aún esos pavorosos cuadros de costumbres del señor José Modesto Espinosa, que presumen de alegres y humorísticos, tienen escondida -y ojalá estuviera bien escondida- una machacona y constante moraleja que los convierte en consejos de vieja beata o sobrinitas en trance de desdoncellarse...

El relato lojano tiene su peculiar expresión humorística que no persigue las fáciles intenciones de provocar la risa. Maestros en eso han sido los costeños, y su capitán insuperable, Jack the Ripper. El propio José de la Cuadra utiliza magistralmente el "granito de sal" en casi todos sus relatos: "Guasinton el lagarto mestizo", "Colimes jótel", y aun en aquellos -que son en gran medida- donde la tragedia hace su aparición desoladora y la ironía y el humor, hacen su relampagueante aparición, no para producir la risa, sino para dar la tónica predominante de humanización.

Distante de todas esas fórmulas, sin que tampoco influencias europeas o norteamericanas hagan su presencia avasalladora, los narradores lojanos -al hablar de ellos estoy nombrado constantemente a dos: Pablo Palacio y Ángel F. Rojas- manejan un tipo de humor que, en veces, se aproxima al humor negro, caso Palacio, y en otras, colinda con el humorismo infantil, caso Rojas. Luz Lateral, de Pablo, agrandada en Débora y Vida del Ahorcado. Reiterada en Un Idilio Bobo y otros cuentos, y llevada a la excelencia en El Éxodo de Yangana y en la novela que yo he tenido encargada hace dieciocho años, Curipamba, de Ángel.F. Rojas.

Ningún parecido, ni remoto, con el indigenismo. Lejos, muy lejos -felices ellos- del costumbrismo; eso sí, modalidad exótica en nuestro medio, como en el latinoamericano. Porque, antes del aluvión romántico, en América Latina se presentaron muestras esporádicas, rarísimas pero algunas excelentes, de una cierta picaresca, con reminiscencias del presiglodeoro español: El Periquillo Sarmiento y Vida y hechos del famoso Caballero Don Catrín de la Fachenda, de José Joaquín Fernández de Lizardi, El pensador mexicano; El lazarillo de ciegos caminantes, del peruano Concolocorvo, seudónimo de don Calixto Bustamante, la Historia del Perínclito Epaminondas del Cauca, por el Bachiller Hilarión de Altagumea, seudónimo del guatemalteco Antonio José de Irisarri.

En muchos de nuestros países, ante la avalancha incontenible de las influencias literarias extrañas a la tradición hispánica, singularmente la francesa y la inglesa; un poco menos la alemana -Goethe, Schiller, Heine- y en escala menor la italiana -Alfieri, Leopardi, Carducci-. Ante esa avalancha incontenible, decimos, hicieron esfuerzos por mantener la línea ibérica en la transfluencia literaria. Pero era imposible por la actual -de entonces- mediocridad de lo peninsular. ¿Cómo seguir a Quintana, a Herrera, a los propios Espronceda y Zorrilla? Quedaba únicamente Bécquer, y a él, al querido, al admirado Bécquer, sí se lo imitó, se lo siguió. En prosa periodística, tuvo cierta influencia Mariano José de Larra, el gran suicida. Pero en narrativa, ¿cómo seguir a Fernán Caballero, al Padre Coloma, a Pedro Antonio de Alarcón, al propio engominado y estirado dandy don Juan Valera? La nota regional fue dada con gracia, y altura, por el montañés José María de Pereda, quien tuvo, en América, algunos seguidores con gracia: Machado de Asís, en el Brasil, lo superó...
Mientras, en las otras literaturas grandes, que nos llegaban aún pasando las aduanas más rigurosas, los nombres del romanticismo europeo eran muy notables, y ellos tomaron resueltamente la batuta para dirigirnos: Víctor Hugo -Chateaubriand antes que él, cronológicamente- Lamartine, Musset, Byron, Shelley, Keats, Heine, Holderlin, Juan Pablo...

Y cuando, tras la tempestad romántica, surgieron las nuevas cosas del realismo y los demás ismos, el caso fue aún más grave. ¿Qué nombres españoles enfrentar a Balzac, Sthendal, Flaubert, Zolá? Nos llega por fin la hora de la generación del 98. La abre, a toda voz y a todo pensamiento, Don Miguel de Unamuno. Y lo siguen, en cohorte magnífica, Valle Inclán, Baroja, Azorín...

Irrumpe América Latina con sus legiones modernistas, capitaneadas por Rubén Darío. Y le hace coro España, conquistada, "reconquistada", con los nombres grandes de poetas: Machado, Juan Ramón Jiménez, García Lorca, Alberti, Salinas. Nosotros estuvimos lejanos en la gran cruzada modernista. Todos o casi todos los países latinoamericanos señalaron su presencia: Lugones, Herrera y Reissig... Nosotros, diez años más tarde, asomamos nuestra presencia delicada por medio de cuatro jóvenes poetas: Borja, Silva, Noboa Caamaño y Fierro.

Nuestra llegada al relato se produjo a partir de los años 1927 y siguientes. La generación del año 30, sus grandes capitanes: José de la Cuadra, Pablo Palacio. Y una legión magnífica, en Guayaquil, Quito, Cuenca, Loja, Esmeraldas... Gallegos Lara, Jorge Icaza, Manuel Muñoz Cueva, Humberto Salvador, Fernando Chávez, Demetrio Aguilera, Enrique Gil Gilbert, Alfonso Cuesta, G. H. Mata, Alfredo Pareja, Ángel F. Rojas... Seguidos, cronológicamente, muy de cerca, por Adalberto Ortiz, Pedro Jorge Vera, Alejandro Carrión, Nelson Estupiñán Bass...

A esa promoción y gente, perteneció -hasta aquí he de hablar en pasado- Nicolás Kingman, que se acogió a los beneficios del retiro, Augusto Mario Ayora, que parece pretender lo mismo. Nicolás Kingman vuelve. Esperamos lo mismo de Eduardo Mora Moreno, de Augusto Mario Ayora y varios más... Que fueron buenos, pero muy buenos, y tienen que volver.

Hoy estamos festejando el "retorno" de Nicolás Kingman. Basta de lata, y vamos a conversar sobre los nueve relatos.

Decíamos que en ellos se mantiene la tradición natal, reveladora de cultura en el ambiente en que se produce.

Ironizantes, no humoristas, fueron los primeros cuentos. Igual tónica, se mantiene en los de ahora.


Palmito, París chiquito


Palmito, París chiquito, es realmente un dechado de narración ironizante: cuento, historia, anécdota, casi nada. Historieta de la nostalgia de París, que tanto afectara a los latinoamericanos de entre-deux-guerres, y singularmente a los costeños arrojados del paraíso de los metéques, por la monilla y la escoba de la bruja, que mataron al cacao, la pepita de oro que mantuvo a tantas gentes ensoberbecidas, ennoblecidas, en plena cosmópolis del derroche, del cabaret y del can-can, emanaciones deslumbradoras y atontadoras de la belle-époque, que vivió su engaño entre las dos catástrofes universales.

Nombres inolvidables, conocidos por todo el ancho mundo: todo contado con un lenguaje injertado de resabios gálicos, con quiebras de ortografía y de fonética. Un francés amontuviado con gracejo, con agudeza...

Y los nombres de lugares: allí, en la selvática aldea montubia nos encontramos con la Calle Real, con el nombre de Avenue de los Campos Elisios; la torre para el tanque de reparto de agua, "la nominaron Torre Efil"... Y el nuevo, rico del lugar, llamado por todos Obdulio, se hacía llamar Le Comte D´ Avila, y pretendía que al Río Cutuví, esterito plácido y tranquilo, se le nombrara el Sena... el Hotel, el Roxí, estaba en la Plaza de la Concordia...

Después de la tragedia, que es el meollo del cuento y que ya van a leer ustedes, el Conde desolado lanza la exclamación desgarradora:

-C'est fini, C'est fini...

De la Costa, región al fin postiza y transeúnte para él -aunque en ella haya vivido su adolescencia- regresa con la añoranza -anioranza en Cataluña, saudade en Portugal- de la tierra nativa y en ella encuentra, con el recuerdo, la farsa, poética de la inocencia, convertida en cosas negras y de negros, fornicaciones, borrachera, imbecilidad proclive a la locura, sucia desnudez de alma y cuerpo.

Entre los cuentos de la tierra, que son mayoría, hallamos agilidad narrativa, cuentos contados, conversados, sabidos. No hay invención, no hay "busca y encuentro el tema". El tema está allí. Él, Nicolás, no hace sino zurcirlo, pespuntearlo, hilvanarlo. No inventa nada. Y sin embargo -o acaso por ello mismo- la fluidez es mayor, las cosas corren sin atrancarse.

Pero en estos cuentos -de una infancia lejana- hay misterio, levitación, neblina. Por casi todos ellos se extiende, como una mancha, como un telón de gases o de humo, el humor negro. Casi todos son los que los chicos llaman "cuentos de espanto". Y aun cuando no se haga visible la presencia del diablo, el diablo está allí, rondando, con sus pezuñas, sus cachos y su cola...

El diablo está en el mudo, en el idiota, en el loco, en las brujas y en los gagones:
"La vieja, se santiguó tres veces con la mano izquierda y empezó a murmurar, moviendo la jeta amoratada.

-San Ildefonso bendito, yo te conjuro. Caerás, caerás Satanás. Así sea.
-Ya viene el loco Manuel Barrero. Burumbún, burumbón, comenzó a gritar Pascual el endemoniao en el fondo del cepo cavado a flor de tierra.
-Ya viene el loco. Tolón-tolón".

Esto, en el cuento llamado, con una dulzura, angelical: "Plegaria, en el siglo naciente". Pero donde este ambiente de franco comercio con el diablo se acentúa, es en el terrible relato llamado "El Testamento'", en el que la presencia constante de lo satánico es natural, es sencilla, obvia, "Los diablos entraban, y salían formando pequeños grupos..." Y así la narración continúa. Narración que por mágica y alucinante se nos revela auténtica, referida en noches en que el sueño no llega y en las que los mayores, que saben las cosas y los "sucedidos", los cuentan y recuentan, agregándoles o disminuyéndoles diablos, gagones, brujas, cabrones, alcahuetes y asesinos. Y la fauna, indispensable: el macho cabrío, la lechuza anunciadora de la muerte, el puerco saíno, el cura sin cabeza y la mula parida...

Estos cuentos infantiles de Nicolás Kingman son los auténticos, los verdaderos, los cuentos que se cuentan. Tal vez en Dinamarca, en Noruega, por las comarcas de Christian Andersen, se contarán las consejas del patito feo, con hadas madrinas, con geniecillos protectores, con enanitos buenos... El cuento infantil que se cuenta por estas tierras de inocencia campesina y aldeana, es el que ha recogido Nicolás, dejándolo tamizarse por años de recuerdo y de interna y lejana evocación de lugares y paisajes.

A esta línea pertenecen: los dos mencionados y "Las Penas de Rosaura" y "Comida para locos" se aparta, un tanto, y entra, por el camino de la aventura; "La Profecía", cuento grande, con tema para novela, desarrollado en ambiente de selva, de río, más aireado, a pesar de su constrictor ambiente de tragedia. En esta narración Nicolás Kingman utiliza su capacidad de totalizador de emociones: hombres, cuento, paisaje. Las regiones orientales, conservando su desafiante y torturadora potencia, se acercan a lo humano, a la vida. Y los caracteres -sobre todo el de Don Carlos, el protagonista- tiene, a pesar de su dureza, un trasfondo sano, casi bondadoso, "Recuerdo que lloraba y sufría amargamente después de azotar a un indio", cuenta el narrador, antes de anunciar el final de la narración, armonioso, solemne, como el de una, sinfonía...

Apartándose de los signos, Nicolás nos muestra, su capacidad de puro narrador irónico, actual, inmerso dentro del vivir cotidiano, con implicaciones en lo social, lo económico, lo humano. En esta línea, nos ofrece tres relatos ''Las Cosas del Senador", "Unas buenas cosechas" y, sobre todo, "El Comité". Son anécdotas de esas que pueden ser contadas en corrillos de amigos, de casos que, seguramente, han sucedido. El francés Pierre Mille y singularmente, el gran norteamericano O. Henry, son maestros en este tipo de cuentos que, excediendo en extensión al chascarrillo, no llegan a las complejidades del cuento, según el decálogo del mayor cuentista de nuestro idioma: Horacio Quiroga.

Estamos contentos del regreso de Nicolás Kingman al cuento. A la literatura. Ojalá "el ocio fecundo" lo conduzca de la mano a la perseverancia o, aun, a la realización de obras mayores. El despertar ecuatoriano es muy prometedor. Hay que robustecerlo con nuevos aportes. Como este de Nicolás.
Benjamín Carrión



Sobre Dioses, semidioses y astronautas

D espués de algunos años de un nuevo silencio, Nico [Nicolás Kingman] nos entrega ahora una novela que constituye la toma de posesión del papel del escritor a que está destinado. Dioses, semidioses y astronautas [...] es una señora novela, con derecho pleno a figurar entre las más notables de los últimos años.
Sin tratar de encasillarse dentro de las modas, pero sí con conocimiento de la modernidad literaria, Kingman nos cuenta una historia llena de la autenticidad de nuestra tierra, de imaginación desenfadada, de personajes vitales.
Reivindicación de la fábula ecuatoriana, ágil reconstrucción poética de nuestra vida rural, sátira aguda de la hipocritona vida aldeana, cuadro animado de jóvenes idealistas, charlatanes pintorescos y vivillos oportunistas: todo esto es la novela de Nicolás Kingman.
Pedro Jorge Vera


Al leer manuscritas las páginas de Dioses, semidioses y astronautas, experimentaba la sensación de escapar de un almacén de figuras folklóricas, para penetrar en este mundo de sugestiones condensadas en la viñeta que ilustra la cubierta [...]. Leía, digo, las páginas de esta novela diferente. compuesta con ingredientes inusuales de puro corrientes y personajes que a fuerza de verlos cada día, sin verlos, se vuelven estrafalarios y fantasmales, y presentía que [esta novela] venía a despejar el género de modelos estratificados.
Raúl Andrade


La novela de Kingman pertenece, por estructura, a lo que ha dado en llamarse "la novela río". Es decir, que los elementos que la integran están debidamente entrelazados y con perfecta continuidad. Hay la tesis, la antítesis, la trama y el desenlace. Pero yo me atrevería a pensar que hay, sobre todo, una admirable correlación de acontecimientos que, unidos entre sí, forman un círculo cuyos extremos se tocan, encerrando estos acontecimientos dentro de un todo integral, donde no hay resquicio alguno que los haga desbordar. Es decir, que el círculo que los limita implacablemente dentro de sí al extremo que todo: acontecimientos, personajes, trama, en fin, vuelven a encontrarse. Ningún personaje es olvidado o descuidado por el autor. Aparece y desaparece sin haberse esfumado jamás. En este sentido, Kingman es muy concreto. Da a cada una de sus creaturas vigencia permanente, aunque planos de tiempo y espacio puedan haber cambiado.
Directo, claro y llano en su estilo, Kingman no olvida poner ligeros toques poéticos a los acontecimientos de su narración que dan a ella un contorno de belleza sutil, impalpable casi. [...] Hay también un hálito de humor, de humor inofensivo, como constante de una novela que, por su originalidad, está dispuesta a luchar por su sitio en el panorama literario del Ecuador.
Enrique Noboa Arízaga


Dioses, semidioses y astronautas es, de hecho, una novela sin antecedentes en nuestra comarca literaria. Está forjada con la más insólita coincidencia con la picaresca, que no es patrimonio, como género, de país alguno en particular; con el humorismo fabulero de que siempre nos hizo gozar Nicolás en las remotas y actuales tertulias amicales (sic), con el pensamiento severo de una sensibilidad que llega a la hiperestesia, cara a los más lacerantes misterios que atormentan el pensamiento humano. [...] Kingman con la herramienta de sus propias vivencias -sin llegar al arbitrio pueril y trivial de lo autobiográfico- recrea cosas totalmente nuevas y que, sin embargo, siempre yacen en el fondo del alma humana a la espera del creador que las saque a flote en sus perfiles todavía no palpados. [...] Dioses, semidioses y astronautas es algo como un mapamundi espiritual, allí está la geografía de un duende burlón, las corrientes hidrográficas evaporándose para convertirse en brumas generadoras del mito, allí la topografía corrugada, irregular de un alma atormentada por la impotencia para descifrar lo desconocido. Y esto, todo esto, que no es común desde hace siglos, en Kingman resulta germinal, porque en su capacidad creativa, cada tamiz u novela es singular, inalienable. [...] Kingman se complace en la creación de sus personajes y en los hechos tan puntualmente narrados, que le es fácil al lector, con igual gozo, introducirse en la trama sin escollos ni montajes de escayola; sus protagonistas se hallan a la vista, diáfanos, caracterizados, de tal manera logra que reflexionemos y que nos regocijemos.
Gonzalo Almeida Urrutia



[...] y se lanzó de plano a la novela a la que puso un título que, a simple vista, confunde y hasta ahuyenta al lector desprevenido que esta obra no es más que la continuación de las muchas que se escriben sobre ovnis: Dioses, semidioses y astronautas.

Pero la obra es obra de tierra, de pura magia nuestra. De pura realidad nuestra. La acción pasa, por más señas, en Chinguilamaca, que es como decir Conocoto o Balzar o Tena.

Quien se adentra en el mundo de Chinguilamaca se adentra en nuestra propia historia cotidiana de pillerías, robos, putañerías, desolaciones, fantasías, envidias, sueños, abandonos y olvidos. Y como Kingman conoce tan bien a los chinguilamanqueños, nos cuenta sus peripecias con un delicioso tono coloquial, puro y simple, en que la técnica narrativa y la poesía fluyen con la misma naturalidad con que Copérnico y Tolomeo -dos de los personajes- deciden un día irse a vivir en el planeta Frías, por ellos descubierto, o con la que el "apergaminado" planea día a día la revolución desde la cama, a la que se metió de joven y de la que no se desmetió jamás, hasta su muerte...

La novela [...] es, por sobre todo, de situaciones y personajes y como que anda necesitada de ambientes. Pero con todo y eso, se deja leer de un tirón, porque, llana y simplemente, Nicolás [Kingman] es un gran contador de sucedidos. Y así lo ha vuelto a demostrar ahora.
Francisco Febres Cordero



Con un estilo ágil, sabroso, cercano al realismo mágico e influenciado quizá por la obra de García Márquez, Nicolás Kingman nos pinta un fresco sobre el nacimiento de una comunidad que puede situarse en cualquier parte de nuestra América, puesto que allí se narra el despojo, la injusticia, la arremetida voraz de la metrópoli, el papel nefasto de la iglesia, la ingenuidad y credulidad de las gentes sencillas, el engaño y la dominación a la que están sujetos, la malevolencia de una incipiente clase privilegiada cuya cadena central está detentada por el cura, el gamonal y el militar; que en esta novela están tratados desde una primera persona múltiple que presta más autenticidad a lo que se relata y acerca al personaje a su tiempo y espacio.
Aquí encontramos también el personaje colectivo, el rumor del pueblo, esa voz que se desprende como de un coro, voz multitudinaria que va señalando el pensamiento de la comunidad, la reflexión profunda que se desprende de frases dichas en un corrillo, al filo de un acontecimiento, por distintos personajes sin nombre, pero que van delineando el sentir general y que entrelazan los hechos y le dan su verdadera significación. [...] Creo que la ironía, el humor negro, la sencilla y directa manera de acceder a una simbología que exprese el despojo y la alienación sufridos por nuestros pueblos, es el elemento vital de la obra de Nicolás Kingman.
Raúl Pérez Torres



Sobre La escoba de la bruja


La escoba de la bruja ha venido a confirmar la predilección de Nicolás Kingman por el género narrativo, en cuyos dominios, cada vez más atestados de cultores inhábiles, su personalidad ha cobrado resonancia legítima. Jamás sustentada por la práctica lisonjera de la crítica de oficio y compromiso. Que él no la necesita. Ni estaría, seguramente, en disposición de tolerarla siquiera. Esto lo tienen bien sabido, generación tras generación, los escritores que han frecuentado su amistad, sus libros y los ámbitos varios de su profesión intelectual.

Nicolás Kingman es, efectivamente, de aquellos que crean con un claro sentido de ética interior, calladamente, concentrado en sí mismo, como lo hace el que sólo responde a los reclamos de su vocación verdadera. Innata e irrenunciable. Extraña, por lo mismo, en su autosuficiencia, al ruido y las gesticulaciones de la simulación inepta, que lleva en sí el destino de disiparse pronto y sin remedio.
Elaboradas así sus páginas, acostumbra publicarlas sin prisa y abandonarlas en el mundo ignoto de sus lectores, para que ellas hagan solas su camino, por sus atributos propios y sin el socorro ni el padrinazgo de nadie.

Su caso, no por semejanzas en el temperamento individual, ni en el carácter y condición de sus respectivas producciones, sino por coincidencias en el desdén de vulgares vanidades, me lleva al recuerdo de Juan Rulfo, tan desprendido de los efectos de su fama universal, y en quien tuve ocasión de descubrir un inesperado fondo de timidez íntima -quizá procedente de su experiencia infantil de pobreza y orfanato- en los días mexicanos de mi trato con él. Timidez que por cierto se ajustaba a su repugnancia de toda garrulería engañadora y presuntuosa.

Estas reflexiones me han sido ante todo estimuladas por la aparición de su libro reciente, a cuyo título aludí: La escoba de la bruja. Y tendría en seguida que dar al contenido de aquel un nombre definitorio: el de novelina. Vocablo que no está ni en el diccionario ni en el lenguaje crítico sobre el género de las narraciones. Lo usó José de la Cuadra para referirse a "La Tigra" -quién sabe si la mejor de las creaciones suyas-, pensando en la naturaleza y extensión con que la concibió. Nicolás Kingman se ha desceñido también de las características habituales del cuento y de la obra novelesca común, y ha preferido escribir un relato similar al tipo de experiencia asumido por el autor de "La Tigra". Y para ello ha probado una certera facultad de concisión y sustantividad: en el desarrollo episódico, en la descripción de ambientes -propios de la Costa-, en el movimiento anímico de los personajes, en la sutil composición de las circunstancias personales y sociales que determinan el destino de dos de las criaturas principales: el Conde de Méndez y Carriel. Este último está caracterizado con la maestría propia de un experimentado narrador. Se le siguen los pasos a lo largo de su peripecia infortunada y desgarradora, hasta la muerte violenta que le impone uno de los grandes cacaoteros guayaquileños de hace muchas décadas.

Pero en la lectura del libro de Nicolás Kingman hay una cosa inobjetable: la de que uno va disfrutando, a lo largo de la narración completa, de una crítica de sentido social justísimo, agudo e infalible, en el cual la ironía del autor no fracasa ni desfallece.
Galo René Pérez



[...] Se trata de un texto que se lee con agrado, aunque al purista de la letra impresa puede causarle algunos sobresaltos. Lo cual, desde luego, al Nico [Nicolás Kingman] le tiene sin cuidado; porque a él lo que le interesa es contar, a su manera, una vieja historia de los Gran Cacao, esas gentes de la Costa que, a caballo entre los siglos XIX y XX, se enriquecieron con aquel producto y se dieron la gran vida en Europa, hasta que vino la peste que asoló sus plantaciones. [...] Una novela cuya lectura es como una conversación con Nicolás, cuya amenidad le tiene pendiente al contertulio, en este caso el lector, hasta saber cómo acaba la historia, manejada hábilmente por este hombre que, en cierto modo -y ahí está su encanto- nunca le he tomado muy en serio ni a la literatura ni a la vida.
Rodrigo Villacís Molina



Novela corta, lineal, transparente, que nos trae a la memoria viejas historias, (la novela es la única mentira que es verdad, Sábato), del tiempo del cacao, novela donde la ironía, la agudeza verbal, la sencillez, es toda una metáfora de lo que en esencia ha sido Nico; ese gran conversador con quien uno se puede pasar noches enteras sin sentir el rubor de la culpa. Una novela breve, porque es un tema breve, donde los personajes van siendo impregnados para siempre de un solo plumazo, como lo hacían los más breves y más profundos de la generación del treinta, como José de la Cuadra o el propio Palacio, de quien, de paso, Nico nos ha contado tantas anécdotas maravillosas, tamizadas por su recuerdo, su sarcasmo y su tristura. Como esa generación, a quienes Nico conoció de guagua, o quizá de maltoncito, y cuya huella se nota en su escobazo, y en sus otros libros, nada complicados, "simples como un anillo, claros como una lámpara" como los ojos de la amada de Neruda.
Novela de personajes identificables, que sólo por complicarnos, el Nico no les pone los propios, ciudades o pueblos identificables donde los condes de afrecho querían eternizar la visión de París. Ahora serían otros condes, condenados, es decir su descendencia (pero ya no París sino Miami, o Panamá), pero que a pesar de esa delicadeza malévola por ocultarlos, están allí, los conocemos y los sufrimos. Nico se niega a poner los verdaderos nombres, pero es pródigo en sus apodos: el Veneno Ledesma, el Cristo Apolillado, el Ladrón de Levita, el Culo con sueño, perdonará la imagen tan clara y tan legislativa; y todos ellos con sus separables compañeras: La Pava Ardiente, la Chancho en Bandeja, la Bello Animal, y sobre todo la Gusano de Seda, que el conde idolatraba, idolatraba, es decir que sólo ido le soportaba.

Una francesa cocó, por lo Chanel, recogida en algún prostíbulo de Monmatre, que deslumbra al hacendado Méndez a tal punto que le pide en matrimonio, se compra un título de Conde, realmente el título sale de un chiste para ridiculizar su actitud. Se compra un título de esos que ahora dicen que entregan en Harvard, la trae el pueblito que ha prometido transformarlo en un París chiquito para que la Rachel de su alma no extrañe ni la Torre Eiffel, ni la Plaza de la Concorde, ni menos aún el Obelisco. Una trama limpia, el conde, sus amigos y sus enemigos, los celos, las pasiones perversas, y a propósito de perversidad, también el periodista, el gígolo, el matón a sueldo, la lagartera para arrojar la inmundicia humana, el sentido de lo burdo, de lo prosaico, de lo kitch, es decir de la deformación del gusto, la sorna, el pueblo vulgarizado como cuando dicen por ahí Leonardo de Vinces, u Honorato de Balzar. Cholos afrancesados [...], hacendados que constituyeron la poderosa y patética elite económica y social en el primer tercio de 1900, y en el libro, los dibujos de Pilar Bustos, como un descanso, con esa fría línea que entra y sale del corazón.
No estoy aquí para contarles la novela. Ni para presentarles un sesudo análisis sintáctico, semántico o estructural o semiológico; zapatero a tus zapatos, estoy aquí para dar la bienvenida a La escoba de la bruja, invitarlos a ustedes a que se suban en ella para arremeter contra los canallas, y darle mi profundo agradecimiento a Nicolás Kingman, solamente por vivir, solamente por escribir para sacarnos tiernamente, una reflexión y desde luego: una sonrisa.
Raúl Pérez Torres



Por el enfoque del tema, por la identidad que vibra en los personajes de la obra; por la descripción del paisaje; por el idioma profundamente enraizado en el medio social, sin llegar al recurso fácil del folklore. por lo que cuenta y la forma que lo cuenta, La escoba de la bruja contiene todos los recursos inherentes al género. Y, por ende, tiene todo el derecho de entrar en los anales de la novelística ecuatoriana. Entre esos recursos quiero destacar su capacidad de síntesis estilística y temática.
Esta síntesis de la narrativa de Nicolás Kingman, no estaría completa si no hiciera hincapié en la siguiente característica de la obra kingmiana (sic): el brillante uso de la ironía. En este aspecto, Nicolás es todo un maestro. La ironía -y a través de ella, en ocasiones, la ternura, la misma poesía- hacen de común denominador a lo largo de una obra que fluye como un río transparente, cuyas aguas no buscan arrasar, sino fecundar y limpiar los cauces por donde transcurre.
Rubén Astudillo y Astudillo