Tiempos de diálogo para reparar daños

JUL, 16, 2017 | - Por FABIAN CUEVA

Fabián Cueva Jiménez
 

Un hombre se durmió en la banca de un parque por 50 años. Despertó, miró que todo había cambiado, la tecnología se había impuesto en la movilidad, comunicación, producción y comercio. También en la educación. Pero, en las escuelas, reparó que era donde menos variación se había realizado, no por los medios y materiales para enseñar y aprender, el problema era la aplicación del viejo paradigma de la verticalidad de autoridades y la escasa participación de los estudiantes con sus intereses personales, familiares y sociales.

El relato me hizo recordar sucesos en la “revolución educativa”. Estudiantes protestando, violencia injustificada por decisiones desatinadas de improvisados e inexpertos. Los denigraron públicamente, impusieron juicios por rebelión, abrieron hojas de vida judicial, perseguidos, apresados, esposados, encarcelados 35 días y expulsados.  Negados de medidas sustitutivas, en medio de una vergonzante declaración del Ministro: “son parte del proceso de aprendizaje”.

Sucedió en el Central Técnico por denunciar sus temores: cambió en el nombre del colegio, otra denominación del título y reducción de práctica; en el Mejía, por la supresión de estudios en la noche; en el Montúfar, por traslado intempestivo de profesores. 

Derivaciones: estudiantes silenciados, sicológicamente destruidos y deshonrados, familias socialmente atacadas y seres humanos desprotegidos, a pesar de las proclamas del Pacto de San José de Costa Rica, las Declaraciones de la Asamblea de las Naciones Unidas, la Americana de Derechos y Deberes del Hombre y nuestra Constitución, que puntualizan la protección a derechos, respeto a la honra, reconocimiento de la dignidad y obligación de restituir al estado anterior. 

Si el Presidente ha decidido “reconciliar al país”, debe dialogar con esos jóvenes, restituir sus honras y confirmar su energía rebelde. Decirles y decirnos que la rebeldía, tal cual como concibió Gregorio Marañón, es un deber y una virtud, que no son seres frenéticos, que su cara torva y acciones no son armas que dañan la paz social.
 

 

 

 

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