La dictadura perfecta

JUL, 22, 2017 | 00:10 - Por CARLOS FREILE

Carlos Freile


En agosto de 1990 Mario Vargas Llosa definió al sistema político mexicano como una “dictadura perfecta”; a las pocas horas el gobierno  de Carlos Salinas de Gortari, del PRI, lo expulsó del país.  Vargas Llosa sostenía que las dictaduras personales más tarde o más temprano terminaban con el fin del dictador, casi siempre por defunción.

En cambio, el caso mexicano era inatacable: se trataba de la dictadura de un partido, el cual no solo ponía presidentes, sino también los miembros del congreso y las autoridades estatales y municipales, con alguna excepción cosmética para sacarla a luz, sobre todo frente a críticas extranjeras. También dominaba el sistema judicial, cuyos magistrados se allanaban a la voluntad del partido. Por ello era una dictadura perfecta: aparentaba democracia pero controlaba todos los poderes de manera indefinida.


De acuerdo con los síntomas perceptibles en nuestro país, no nos hemos librado de un dictador, no, continuamos bajo la dictadura del partido de gobierno. Por lo  menos este es, a ojos vista, el proyecto de varias personalidades de AP: no importa quién ejerza de Presidente, quienes gobiernan son los jerarcas del partido, quienes más tarde impondrán el nuevo candidato (el “tapado” de los mexicanos) cuya victoria estará asegurada por los directivos del Consejo Nacional Electoral, todos ellos (¡cómo no!) militantes del partido, quienes permitirán nutridos desafueros y arreglarán las votaciones.

Los tres síntomas más preocupantes de la efectividad de la dictadura perfecta en nuestro país son, en primer lugar, la permanencia del sistema económico con los mismos agentes responsables del período anterior; en segundo, el mantenimiento de las leyes restrictivas de las libertades ciudadanas, sobre todo en referencia a la comunicación y a la asociación; en tercero, las pantomimas ridículas e insultantes para el sentido común en buscar, juzgar y dictar sentencias a los presuntos responsables de actos de corrupción.

Es cierto que no se tomó Zamora en una hora, pero, en este momento, el panorama es siniestro.


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