Tarea monumental

JUL, 31, 2017 | 05:00 - Por MANUEL CASTRO M.

La mayoría de ecuatorianos no es enemiga de la razón. Admite como evidente que la política del denominado ‘socialismo del siglo XXI’ está reñida con la realidad y hasta con la ciencia, donde la tecnología está produciendo una nueva revolución. Tal proyecto se ha convertido en un populismo regresivo y autoritario cuyos frutos han resultado nefastos en Venezuela, Nicaragua, Cuba, Argentina, Bolivia y han sido rechazados en Europa o reculados como en Grecia.

En el país se vive aún una política económica casi centralizada, cuyos fracasos son evidentes, aunque se haya tratado de taparlos con propaganda y con la demagogia del amor a los pobres. El actual gobierno ha admitido que se vive una crisis económica, de la que para salir de ella todos debemos cooperar; el todos se refiere a la denostada partidocracia, a los censurados empresarios, lo cual ha producido “erisipela” en parte de los funcionarios aliancistas que quieren continuar la ruta del antecesor pero que olvidan que ya no hay grandes ingresos para dilapidar en elefantes blancos, aviones y sabatinas.

Si el aparato correísta sigue intacto no avanzaremos ni en lo político ni en lo económico. Mientras estén vigentes las leyes abusivas y demagógicas expedidas por el socialismo del siglo XXI tendremos una espada de Damocles sobre nuestras cabezas. Hasta ahora no hay proyectos firmes para derogar leyes como las de comunicaciones, plusvalía, herencias, tributarias. Únicamente siguen las conversaciones.

No existe un programa económico es la verdad. Paños tibios y diálogos importantes sí. El escuchar es bueno para la vida y para las conversaciones de café, el hacer y crear (crear o morir, dice Oppenheimer) es la obligación de un buen gobernante, y no solo eso sino debe guiar al país. No es guiar hacerse el indiferente ante la realidad de Venezuela o la nula acción frente a la descubierta corrupción del anterior gobierno. Es una promesa de campaña dotar de viviendas a los más necesitados, pero no hay que detenerse en los árboles cuando hay un bosque de responsabilidades que exigen una tarea monumental al gobierno de Moreno.

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