Policía malo, policía bueno

OCT, 07, 2017 | 00:10 - Por CARLOS FREILE

Carlos Freile

Un recurso muy manido en novelas policiales consiste en alternar frente a los sospechosos la actuación de un “policía malo”, vale decir tosco, rudo, violento, con la de uno “bueno”, suave, comprensivo, atento. Así, el supuesto delincuente simpatiza con el bueno y termina con confesar o delatar a sus cómplices. En la política ecuatoriana el pueblo contempla la supuesta oposición entre el anterior, violento y el actual calmado, de tal manera que la mayoría simplona del país corre a apoyar al manso cordero (que no borrego) de tenue sonrisa. Con ello han logrado la segunda obra maestra de la política. (Para la primera obra maestra leáse mi artículo en este mismo medio ‘La política perfecta’ sobre la astucia de que el mismo partido tenga el gobierno y ejerza la oposición, publicado el 26 de agosto de 2017).

En estos días hemos contemplado estupefactos el nombramiento por parte del bueno como segunda de a bordo a una recalcitrante seguidora del malo; después de haber colocado a sus paniaguados en cargos consulares cerca del ático belga; con lo cual se demuestra en los hechos la concordancia de planes e ideología: la pelea es ficticia, de labios para afuera El proyecto sigue incólume, nada ha cambiado, gatopardismo a nivel exquisito. Debemos reconocer la habilidad de quienes manejan las estrategias del partido de gobierno. 

Para mayor abundamiento: nada se ha tocado de los organismos estatales que espían a los ciudadanos o vigilan los medios de comunicación; temas esenciales para comenzar a creer en el bueno.  Karl Marx aconsejaba ejercitar la sospecha, no aceptar nada sin un análisis frío y despiadado, tratar de mirar de cerca todas las costuras, las posibles consecuencias a largo plazo; a ello sumemos el axioma de Lenín (Vladímir Ilich Uliánov): “Los hechos son tozudos”, las palabras y las sonrisas vuelan las acciones quedan. Hoy le toca perder al malo, genial estrategia, más tarde volverá, a menos que el pueblo ecuatoriano deje de contemplarse el ombligo con complacencia y abandone esa fascinación adolescencial frente a bondades planificadas.


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