González Suárez

DIC, 02, 2017 | 00:05 - Por CARLOS FREILE

Carlos Freile


El primero de diciembre de 1917 falleció en Quito Mons. Federico González Suárez, arzobispo de esta diócesis. Su polifacética figura siempre ha estado presente en la memoria de los estudiosos de la historia nacional, no solo por su obra escrita en ese campo sino por sus acciones personales en las ducras circunstancias en que le tocó vivir. En su tiempo se dieron fuertes enfrentamientos entre dos visiones del hombre y del mundo, en consecuencia también del estado y de la política.

El liberalismo imponía la tesis de la absoluta separación de la acción política y de sus convicciones religiosas: la sociedad no debe tener ninguna referencia con la Divinidad. González Suárez luchó denodamente contra tal concepción. Insistió en que el “progreso” no significaba el alejamiento de Dios ni el olvido de su Ley Moral.

La primera Carta Pastoral que escribió a sus diocesanos versó sobre un tema muy de actualidad: la educación laica, impuesta a la fuerza por el régimen alfarista. “La educación de los niños es asunto importantísimo, trascendental como ningún otro, asunto de vida o muerte para nuestra República”. Si viera lo que sucede a los cien años de su muerte, reafirmaría con vigor su afirmación: la descomposición paulatina del Ecuador es evidente.

Dentro de la temática de la laicidad de la educación se encierra otro tema axial referente a los derechos naturales de las personas. Dice el sabio arzobispo: “El deber de educar es un deber propio de los padres de familia: este deber nace de la misma paternidad y se funda en el derecho natural … en la tierra no hay autoridad alguna que pueda dispensarles del cumplimiento de esa obligación: obligación personal, deber ineludible”.

González Suárez percibía con meridiana claridad la pretensión del estado de convertirse en el único educador de los niños, violando así un derecho básico de los padres. Esta violación ha durado más de cien años en el Ecuador. Hoy perdura por obra de políticos autoproclamados demócratas, cuyo respeto por la voluntad de las mayorías y por el derecho es nulo.

¡Pretenden representar al pueblo!


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