Tronos y cadalsos

FEB, 03, 2018 | - Por CARLOS FREILE

Carlos Freile

En el siglo XIX el pensador español Donoso Cortés definió con precisión de cirujano un mal característico de los seres humanos de la modernidad: “Elevan tronos a las causas y cadalsos a las consecuencias”. En diferentes países del mundo, desde ese siglo hasta la actualidad se ha visto como las muchedumbres adoran tendencias, ideas, proyectos, planes, principios, les levantan monumentos que sueñan imperecederos, pero después echan pestes contra los resultados prácticos obtenidos.  

Donoso Cortés no fue testigo de la llamada “revolución sexual”, pero de haberlo sido habría visto confirmada su tesis. El mundo deifica el sexo, estimula su práctica temprana e indiscriminada,  eleva al paroxismo las hormonas adolescentes y luego se escandaliza por la cantidad de embarazos precoces. Ya nos hemos olvidado culpablemente de las burlas y sátiras provocadas por el plan de atrasar las relaciones sexuales, a pesar de las risas, allí están los resultados, los cuales muchas veces se tratan de ocultar.

El mundo moderno en todas las latitudes, y desde el tiempo de Donoso Cortés, trata de destruir a la familia, se empeña en disgregarla, en impedir que permanezca unida, pero luego se queja de la pérdida de valores, de la ausencia de metas elevadas en la juventud.  La gente entrega atribuciones amplias a los estados, les otorga espacios de acción ilimitados; más tarde constata la presencia de abusos de poder dañinos y con secuelas gravísimas. Los políticos quitaron la centralidad a la familia y la entregaron a los gobiernos para luego arrepentirse del monstruo sin frenos que avasalla a la sociedad.

El hombre moderno adora el sentimiento, lo pone en el centro de la vida, y después se admira de que las masas actúen por mera emotividad, sin razonar ni medir las consecuencias. La irracionalidad nos vence, se alaba la irreligiosidad pero se rechaza el auge de las supersticiones. Ha sembrado vientos y ha cosechado tempestades. Pero tal vez lo peor es la total ceguera para reconocer esta destructiva enfermedad y el empecinamiento en seguir contagiados.


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