La pureza de la revolución

FEB, 10, 2018 | 00:10 - Por CARLOS FREILE

Carlos Freile

En una muy prestigiosa revista nacional acaba de aparecer la conversación entre un escritor y un alto funcionario del Estado. El primero pregunta: “¿Leíste El hombre que amaba a los perros?” El segundo responde: “Me conmovió. Me encanta Padura en general. Sin embargo, el anecdotario de la perversidad no debe enceguecernos en la lectura de los procesos políticos y sociales. Ninguna revolución es pura…”. La elegancia del párrafo oculta una afirmación gravísima sobre la realidad indiscutible de los métodos sanguinarios empleados por los comunistas en sus diversas revoluciones: esa sangre, derramada con perversidad, no debe contar en el análisis del proceso revolucionario. Si había que matar se mataba sin remordimientos de conciencia; no importaba que el enemigo, en este caso Trotski, ya no significara ningún peligro para el Estado Soviético. 

Lo que cuenta es el triunfo de la Revolución (con mayúscula, pozhaluysta). Luego justifica esas perversidades con el socorrido pretexto de Braudel: “las largas duraciones” con el cual el historiador francés trató de ocultar el terror de la Revolución Francesa, nuestro político habla de “los ciclos largos del desarrollo económico y social”. Cualquier persona que haya pasado por la universidad entre 1960 y 1980 recordará con claridad la sentencia de Lenin: “Es moral lo que conduce al triunfo de la Revolución”. Y punto.  Uno de los problemas en el análisis de los “ciclos largos o cortos” de las revoluciones comunistas es que ninguna ha logrado resultados que de alguna manera hagan olvidar los 120 millones de muertos, ni los gulag, ni los  laogai.

Llama la atencion, también, que el entrevistado reduzca los asesinatos a “anecdotario”, vale decir a hechos sin relevancia fundamental, válidos tan solo para amenizar la conversación. Detrás de esta palabreja se siente aletear el espíritu de Stalin cuando al referirse a las víctimas innumerables las minimizaba como simple estadística.

Los asesinados deben consolarse en sus tumbas: ninguna revolución es pura, lo dice un alto funcionario del Estado. 

 

 

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