Banda de ladrones

ABR, 14, 2018 | 00:10 - Por CARLOS FREILE

Carlos Freile

San Agustín, muerto en 430 d.C., esribió en su obra ‘La ciudad de Dios’ (XIX, 22): “Qué son los imperios sin la justicia más que grandes bandas de ladrones? ¿No son de algún modo estas bandas pequeños imperios?”  Esta pregunta ha preocupado desde siempre a los teóricos del Derecho. Los pensadores de raíz católica han afirmado que para evitar esa confusión, en otras palabras, para sostener un orden político de razonable equidad y sana convivencia, el Estado (imperio en palabras del santo de Hipona) debe asentar sus normas en un mínimo de verdad y de conocimiento del bien. Ni la primera, ni el segundo, deben estar sujetos a manipulación, peor aún a control. 

La justicia, llamada a garantizar la convivencia armónica de los ciudadanos, tiene como base el respeto irrestricto a la verdad y la defensa incondicional del bien. Cuando la justicia se prostituye, o sea, se vende o al mejor postor o al mayor poder, ya no existe gobierno legítimo, sino banda de malhechores. La descomposición moral no es raro privilegio del Ecuador, se da en el mundo entero: hemos visto caer en la cárcel o hallarse a punto de recibir condenas a decenas de políticos. Sin embargo, la impresión generalizada de los ecuatorianos es que aquí hemos ganado el campeonato por goleada; no existe ámbito del quehacer nacional sin su dosis de podredumbre moral. 

Si la sociedad de manera sistemática educa a sus miembros por varias generaciones a despreciar el bien y a no aceptar la verdad, no debe reclamar por las consecuencias; el clima cultural dominante lleva a formar a los ladrones para después castigarlos, como decía santo Tomás Moro.

Nota para tenerse en cuenta: en mi artículo anterior escribí el último párrafo como sigue: “La fe es preferir el Amor, aunque fuese falso, antes que el azar frío, despiadado y falto de esperanza”. Pero se publicó de esta manera: “La fe es preferir el amor, aunque fuese falso, antes que el azar frío, despiadado y falto de esperanza”.  El original pone Amor con mayúscula, el publicado, con minúscula; la diferencia es abismal para quien quiera entender.


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