Sama Abu Gayyath

JUN, 09, 2018 | 00:15 - Por CARLOS FREILE

Carlos Freile

A todos mis amables lectores este nombre le será totalmente desconocido, pero debió aparecer en todas las portadas de los grandes periódicos occidentales, defensores presuntos de los derechos humanos, sobre todo de las mujeres. Esta señora, madre de seis hijos, el menor de casi un año de edad, está en la cárcel sin fórmula de juicio, sin garantías, sin resolución de un juez, sin abogado defensor… Los familiares y amigos han denunciado también malos tratos, torturas y hasta posibles abusos sexuales. 

¿Por qué obscura razón no han saltado las alarmas y las denuncias no han ensordecido a Occidente? Porque esta señora ha sido arrestada por orden de Hamas, la autoridad palestina que gobierna la Franja de Gaza.  ¿La razón? Ella es partidaria del grupo enemigo de Hamas, Al Fatah, dominante en Cisjordania (West Bank, para los anglófonos). Se trata, pues, de una enemiga política dentro de las facciones palestinas en lucha.

La respuesta a la pregunta sobre el por qué del silencio en torno al caso de Sama Abu Gayyath es  muy clara y sencilla: se trata de la sumisión a “lo políticamente correcto”.  Para la gran prensa occidental, y para la pequeña y la minúscula, el mundo está dividido como en una vieja película de vaqueros: los buenos y los malos; en este panorama los palestinos con los buenos (y los israelíes los malos), en consecuencia no se deben airear sus errores, abusos, violaciones de la ley y así hasta acabar la lista. 

Un caso similar: el mundo sigue en sus protestas contra la suave sentencia de algunos años de cárcel al grupo La Manada por la violación de una mujer en España, nadie ha dicho nada frente a la sentencia de un par de meses  por el mismo delito cometido por inmigrantes musulmanes en un lugar de Inglaterra. Sobre esto “silencio sepulcral, completa calma”.

El delito es tal, cometa quién lo cometa, la condena debe ser la misma para todos, ya es hora de poner punto final a la dictadura ominosa de lo políticamente correcto. Cuando se condena a un delincuente no se condena a toda su comunidad. Dígase lo mismo de un gobierno y su pueblo.


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