Dirigir el odio

JUN, 13, 2018 | 00:10 - Por DANIEL MARQUEZ SOAREZ

Daniel Marquez Soares

La persona común y corriente siente un odio mayor hacia el tipo que envenenó a su perro del que podría llegar jamás a sentir hacia Mao Zedong o Gengis Khan. Esos todopoderosos fueron, de forma objetiva y medible, genocidas mucho más malvados que cualquier mataperros. No obstante, al leer sus biografías, a lo sumo nos indignamos y horrorizamos unos instantes, entre un sorbo de café y otro, mientras que si recordamos los efectos de la estricnina sobre nuestro perrito nos invade un irrefrenable deseo de hacer justicia al estilo de los Zetas. 

No odiamos al mal en abstracto, sino a lo que nos ha hecho daño directo, que hemos sentido en carne y hueso. Nadie necesita enseñarnos a aborrecer lo que claramente nos causa sufrimiento. Lo que cuesta trabajo es convencer a otros, o a nosotros mismos, de que algo o alguien que aparentemente no te ha ocasionado ningún daño directo es el causante primero de un sufrimiento que está ahí, pero que no alcanzas a percibir porque todavía es demasiado temprano, eres tonto o has estado distraído. Aun cuando lo logras, la respuesta emocional no es comparable con la que despierta el sufrimiento directo. 

Ese es el viejo problema que enfrenta todo comedido que intenta separar, por la vía de la razón, a una trabajadora sexual de su proxeneta, a un gerente-propietario de sus expertos en administración de recursos humanos, a un candidato de sus consultores políticos, a un endeudado de su asesor bancario o a una adolescente de su psicoterapeuta. Nadie quiere entender que ese aparente aliado suyo que le resuelve sus problemas no es más que un funcionario-beneficiario del sistema que genera esos mismos problemas; y que si ese aliado en algún momento tiene que elegir entre salvar al sistema o salvarlo a él/ella, optará por preservar el sistema. 

Los villanos duchos son expertos en ponerse en segundo plano al momento de causar el daño real, directo. Prefieren mandar a otros a ensuciarse las manos, ocultarse y, si los descubren, defenderse más adelante de acusaciones abstractas. Saben que nada puede contra el odio que siembra un agravio directo. Cuando gobernaba, Correa debió haberse hecho asesorar por Moreno. 


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