Vicios sociales y educación

AGO, 05, 2018 | 00:15 - Por ALFONSO ESPIN MOSQUERA

Alfonso Espín Mosquera

“Ni de curas ni de monjas”, decían algunos padres de familia, cuando de buscar un establecimiento educacional se trataba. Otros, confiaron la instrucción con mucha confianza a los colegios religiosos, la mayor parte al Estado y los demás a los establecimientos particulares.

La selección se hacía por esa afinidad o no por lo laico, por creer que ciertos planteles les brindarían la mejor educación; pero en todos los casos estaba descontada la autoridad de los maestros y la seriedad con la que formaban a sus alumnos.

En estos últimos tiempos, por una serie de pensamientos llegados de la “alta sicología educativa extranjera”, sin menospreciar para nada a los excelentes profesionales de  esta rama, se empezaron a presentar actitudes en los padres y maestros, consiguientemente en los niños, que han terminado en una educación de oprobio y por decir lo menos, de mediocridad.

La sociedad con sus múltiples problemas, con un consumismo nunca antes visto, ha ido generando las posibilidades de educación: colegios muy caros, caros, medianos y gratuitos, lo que sirve para generar un status entre los padres. La educación como un burdo negocio, que con padre y madre trabajadores, se ha permitido ofertar “el oro y el moro: no se envían deberes, porque las tareas se hacen en el propio colegio.

Si el niño no toma la sopa, la escuela se encarga de ello; que tiene que ir a extracurriculares: karate, judo, algún deporte, pues la propia institución se pone al frente. Prácticamente el escolar llega a dormir y nada más y, esta comodidad presentada a los padres ha llegado a tales extremos que hay madres que solicitan ya no una jornada de 8h00 a 16h00, sino ojalá hasta las 18h00. 

Los padres se han deslindado de sus deberes y los maestros se han convertido en una especie de sirvientes de los hijos. Estos horarios de oficina para los estudiantes, junto a una ola de mala formación que ya viene de la casa, han transformado la educación escolar, en lo que los antiguos llamarían “una alcahuetería”, en donde a los alumnos los profesores no pueden ni mirarlos, peor todavía levantarles la voz, o porque se trauman o peor todavía porque podrán ser sujetos de demandas criminales. 


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