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La orquesta de los sueños

AGO, 27, 2018 | 14:28

Hay una orquesta, en Guaranda, que puso la música en la vida de 67 niños y les ofreció un futuro. No es cualquier orquesta, porque la mayoría de sus músicos viene del campo, donde a veces no alcanza la comida, pero conocieron Europa y han conseguido muchos otros sueños. Les dio otra cosa: una segunda familia. 
 

POR: Alexis Serrano Carmona


¿En qué sueñas tú, Samya? 
Te imaginas dando un concierto en el Teatro Sucre con tu viola. Quieres que esta orquesta te acompañe, que el teatro esté lleno, que al final haya aplausos. “¡Bastantes aplausos!”, me dijiste. 
La música tiene voz, Samya. Es capaz de contar una historia. 
A la voz del Carnaval/
todo el mundo se levanta/
todo el mundo se levanta/
¡qué bonito es Carnaval!

Estás peinando a tus hermanos mientras desayunan. Son las cinco y media de la mañana y el Chimborazo ha comenzado a asomar la cara entre las demás montañas. La nieve brillante con los primeros destellos de sol. 
Las paredes de esta habitación están tiznadas, como de casa antigua; pintarrajeadas hasta el tope por ti y tus hermanos. El piso es de tierra, la puerta tan pequeña que tuve que agacharme para entrar. En una esquina, la cama y al frente la cocina, a ras de suelo, con una llama prodigiosa. Al otro extremo, la mesa.
Shiri, Kapak, Irpa y Nisa aún no han acabado la sopa de avena con yuca y papa. Humeante. Yuki ya va por el arroz, también mezclado con papa. En el centro de la mesa, el queso: preparado con la leche de las cuatro vacas de tu familia. Y esa agua de panela. Tan dulce, tan distintita a cualquier otra agua de panela.
Pronto emprenderán la caminata de casi una hora que hacen todos los días para ir a la escuela. Se hace tarde, por eso trenzas el pelo de tus hermanos mientras desayunan. Después desayunarás tú, rápido, de pie. 
Tú tocas la viola, Samya, y por eso conociste Bélgica. Te causó angustia que no hubiera montañas ni pájaros cantando en las mañanas; pero te gustaron las casas, que eran como esos castillos que veías en la tele de tu tío, porque en tu casa no hay tele, ni Internet. Solo radio. 
¿Cómo podías saber tú, Samya Ñusta Chacha Caiza, una niña guaranga de 16 años que vive en Larcaloma, que ibas a conocer Europa gracias a la música y que ibas a conocer la música gracias a esta orquesta? 

Do
En el segundo piso ensaya el coro. Los niños cantan con la paciencia del río: despacio, constante. “Dejaré mi tierra por ti/dejaré mis campos y me iré/lejos de aquí”. Son niños, pero tienen mirada de alma vieja, como si de verdad cargaran el peso de la canción. “De día viviré pensando en tu sonrisa/de noche las estrellas me acompañarán”. 
La profe Vicky les corta: “¡No hay apuro! Te juro que no porque cantes más rápido te van a tomar la foto más breve (…)”. Entonces, recuerdan que son niños. Ríen. 
La Orquesta Sinfónica Infanto-Juvenil de Guaranda es más que su nombre largo y ostentoso. Son 67 músicos. Los más pequeños de 8, el mayor de 22; la gran mayoría bajo los 18 años. 
Podrían ser una orquesta cualquiera, pero no, porque apenas 26 viven en la ciudad, en Guaranda. El resto: 41 -6 de cada 10- vienen de pueblos en las montañas. Del campo. Niños que se levantan de madrugada, caminan y caminan para ir a clases, y al salir de la escuela toman un bus o una camioneta por cuarenta minutos para llegar a los ensayos. Que regresan a su casa por las noches a hacer los deberes. Y, si sobra el tiempo, seguir estudiando su instrumento. 
Capaces de sonar, cuando tocan, tan bravos como una tormenta en medio de la guerra o tan tiernos como arco iris de verano. Que muchas veces no tuvieron para comer, pero conocieron Quito y amaron comer KFC; que ofrecieron un concierto en Colombia; que viajaron a Evergem, en Bélgica, compartieron con niños de una escuela de música y rieron con ellos, aunque no hablaban español. Son –lo repiten todo el tiempo- una familia. Y esto para ellos no es un cliché. 
“Ya se acabó, qué lindo, qué bonito”, dice la profe Vicky. “Les aplaudieron la primera canción. Quédense quietitos, porque enseguida empezamos la otra”. 
Es jueves y están preparando el concierto por el cuarto aniversario de la orquesta. Pronto llegará Juanita Burbano, que cantará junto a ellos como número estelar. Están felices porque la admiran, y porque esa noche cenarán juntos en el restaurante más lujoso de la ciudad.
Hace cuatro años, cuando todo empezó, hubo quienes no creían. ¿Una orquesta sinfónica en Guaranda?, ¿hecha por niños? Kléver Gallegos es el director, digamos, el papá de esta familia, y lo recuerda así: 
-Un locutor me dijo: “¿Para qué una sinfónica?” Y se me rió en la cara. “De eso no vive la gente. Tienen que tocar ‘chicha’”. Y le contesté: “Voy a demostrar que eso no es así”. 
A la primera audición llegaron 90 niños. Kléver y su esposa, María Victoria Valdiviezo, la profe Vicky, decidieron que debían avanzar entre lo clásico y lo popular. Por eso, en un mismo concierto pueden interpretar a Beethoven, a Michael Jackson y su himno: ‘El carnaval de Guaranda’. 
Si el pecho de cristal fuera/
se vieran los corazones/
se vieran los corazones/
¡Qué bonito es Carnaval!
Los ensayos son en una casona de dos pisos, en el centro de la ciudad, que le pertenece la Casa de la Cultura. Abajo practica la orquesta, las sillas en medialuna. El profe Kléver mueve las manos. Los niños tocan la banda sonora de ‘Piratas del Caribe’.  
El ensayo termina en la plazoleta frente a la casona. Los niños juegan a las ‘cogidas’, ese juego que es casi un recuerdo, en el que unos persiguen a otros, donde cualquier poste se convierte en una ‘base’ salvadora. Samya corre huyendo de su hermano Yuki. 

Estampa. Samya peina a los hermanos pequeños mientras desayunan. El desayuno incluye siempre un plato de sopa y uno de arroz.

Re
Es la nada. El camino hacia Larcaloma a las once de la noche es la oscuridad absoluta. Uno no puede verse ni la punta de la nariz, pero los seis niños Chacha Caiza caminan tranquilos, cargando sus instrumentos. 
Regresamos de la cena con Juanita Burbano. Los niños van felices, es la tercera vez que Samya come camarones. Desde el restaurante hasta donde lo permitió el camino, nos trajo un pequeño vagón turístico rojo al que todos llaman "ferri". Luego, todo es montaña. 
El cielo es un verdadero planetario: las estrellas tan cerca. Desde ahí, la casa de los Chacha Caiza es un puntito de luz en el horizonte. 
Cuando llegamos, el viento arrecia. Jorge Chacha, el papá, dice que eso pasa cuando hay visitantes. Me explica que “aquí, en el campo”, no hay baños y que, si necesito, vaya “afuerita”. A la hierba. 
La casa es de dos pequeñas plantas: de ladrillo y bloque visto por fuera, de cemento sin pintar por dentro. En la primera, la de paredes pintarrajeadas, duermen los padres. 
En la segunda hay dos habitaciones: una para los cuatro niños, con dos camas; y una para las dos niñas, con una cama. El hermano mayor ya no vive con ellos, estudia en Riobamba la universidad. 
La ropa está apilada en muchos pisos sobre unas estanterías. El cuarto de las niñas está lleno: cinco guitarras, dos tambores, los violines y la viola; algunos pares de zapatos, una maleta en el techo, una cartulina donde se lee esta frase: ‘Casa de la familia Chacha Caiza’. 

LABORES. Hilda Caiza, la madre de los niños Chacha, prepara la comida en esta cocina, colocada casi en el suelo.

***


“Los indígenas somos marginados”, me dice Jorge: pequeño, delgado, pelo largo, poncho rojo, sombrero. “Con mi esposa hemos decidido reivindicar nuestras raíces. Hemos hecho una revolución…”. 
Y su revolución es, realmente, muchas revoluciones. Su primera revolución fue tener siete hijos. Siete, porque son los colores del arco iris. Siete, porque es su número sagrado. 
Su segunda revolución fue ponerles nombres que llama suyos. Me explica que toda una generación, la de sus padres, siguió la ‘moda’ de usar “esos nombres occidentales”. Que por eso él se llama Jorge y su hermano se llamaba Raúl, aunque ahora es Tupac. 
-Yo no me cambié solo porque tengo que hacer muchos trámites como líder de la comunidad y se me hubiera complicado. 
Y hay algo –mucho- de magia en la elección de los nombres de sus hijos. Y en sus significados: 
Jachag Amauta, 18 años, el ‘Sabio guía’.
Samya Ñusta, 16 años, la ‘Princesa de la eternidad’.
Yuki Awtachi, 15 años, ‘El último heredero de la dinastía Shyri’.
Shiri Pachakutik, 14 años, el ‘Rey de los reyes’.
Kapak Inka, 13 años, ‘El rey príncipe’.
Nisa Mayumi, 10 años, ‘Espíritu del bosque’.
Irpa Apumayta, 8 años, ‘Bondadoso señor’. 

¿Cuándo elige los nombres? ¿Cuándo sabe que un niño es un sabio guía?
A los cuatro días. Nosotros nos manejamos por los cuatro horizontes.
(Luego me explica que se refiere a la “integridad cósmica”, los cuatro puntos cardinales y los cuatro espíritus de la vida: agua, aire, fuego y tierra). 

Jachag, por ejemplo, ¿qué hacía a los cuatro días?
Chillaba, daba orientaciones.
Su última revolución es la música. Hay dos cosas que sellan la vida de todos en Guaranda: el Chimborazo y la música. 
- La música es alma. Todo ser humano necesita de un sonido que le haga emocionar. 
Jorge toca el violín, el charango, la guitarra, el bandolín, “algo de vientos”. Con sus dos hermanos tenían un grupo. Luego, uno murió y siguieron los dos. 
- Hemos sido autodidactas, aprendimos observando. 
Con ese grupo crearon 12 canciones y tienen un sueño: que sus hijos las traduzcan a partituras. En los pocos tiempos libres que les quedan, los ‘guaguas’ van haciendo la tarea. Se puede ser más romántico: los padres enseñaron la música a sus hijos y ahora los niños les enseñan a sus padres cómo leer partituras. 

Imagen. Un riachuelo marca práctimente la mitad del camino en su recorrido. Deben cruzar por un resbaloso tuvo de agua potable.

***


En las faldas del Chimborazo el viento suena en la madrugada como cincuenta leones rugiendo al mismo tiempo. Y el frío. 
Es tarde y, aunque sus papás les sirven el desayuno, es Samya la que trenza el cabello de sus hermanos. Como todos en Larcaloma, los Chacha Caiza viven de la agricultura y cuando Hilda Caiza, la madre, tiene que ausentarse, empieza el turno de Samya. 
- Les cocino, les arreglo. Cuidaba a mis hermanos desde los 6 años. A los 7 comencé a cocinar. Con amor de madre les cuidaba.
Son las seis y cuarto. Los niños inician la caminata a la escuela. Yuki me dice que hay algo raro, que el sol sale siempre por la derecha del Chimborazo, pero hoy está a la izquierda. Vamos junto al río donde suelen pescar truchas en época de vacaciones. 
El sendero se impregna en la memoria. Inicia con un descenso que permite una vista profunda de las montañas. Hay que atravesar zonas lodosas, árboles espinosos, cruzar un riachuelo a través de una tubería y escalar. Los niños lo hacen ver tan fácil, pero, en realidad, las piernas se entumecen, los zapatos se enlodan, las manos se lastiman, la respiración se vuelve un silbido. 

¿Qué es lo que más te gusta del campo, Samya?
Que es libre, hay como hacer bulla. A veces, gritamos jugando y no hay nadie que nos moleste. En la ciudad la gente se queja

¿Cuáles son tus juegos favoritos?
A las cogidas, ‘bola al aire’, a veces un poco de voly. 

¿Cómo es ‘bola al aire’?
Lanzar la pelota y el que coge tiene que esconderla y meter goles. 

Acto. El concierto por los cuatro años de la orquesta se dio en Guanujo, una de las cunas del ‘pájaro azul’, una bebida tradicional de Guaranda.

Mi
Son las fiestas de Guanujo. Guanujo es una parroquia de Guaranda. Pueblito pequeño como son los pueblitos pequeños en la Sierra: una plaza central, cuadrada, con su iglesia y las casas dispuestas alrededor. Es el concierto por los cuatro años de la orquesta.
Las luces de colores, la pantalla en el fondo, el brillo de los instrumentos. Magia. Los violines suben y bajan el arco, las trompetas rectas inflando los cachetes con cada bocanada, la percusión marcando el latido de la música.  
Ya interpretaron a Adele, a Michael Jackson, los ‘Piratas del Caribe’. Y todo termina en fiesta, cuando, pasadas las diez de la noche, Juanita Burbano se quita el abrigo y empieza a cantar:
25 limones/
tiene una rama/
y amanecen 50/
por la mañana. 
Y la gente zapateando, y pidiendo otra, y el ‘Carnaval de Guaranda’, y el ‘canelazo’, pese a todas las veces que dijeron por los micrófonos que no se podía vender alcohol. El director de la orquesta toma el micrófono para explicar que esa había sido la última canción. “No me pidan otra, por favor”. Y les cuenta que hay niños que viven lejos, en las montañas, que el "ferri" los está esperando. Las luces se comienzan a apagar.  

COLOR. Imágenes del concierto ofrecido en el volcán Chimborazo junto al músico venezolano José Agustín Sánchez. La orquesta interpretó al final su himno: ‘El Carnaval de Guaranda’.

Fa
Esta es la historia también de una pareja de músicos que se enamoraron. Kléver Gallegos él, María Victoria Valdiviezo ella. Que toca el saxo él, que toca la viola ella. De Riobamba él, de Riobamba ella. 
Vivían en Quito y llevaban un año juntos cuando comenzaron a dar clases esporádicas a niños en Guaranda y Riobamba (“o donde hiciera falta”). Luego,  les llamaron de la Casa de la Cultura y les propusieron que dirigieran una orquesta infantil. 
- Al principio lo veían como una estudiantina. Pero en una estudiantina tocas ‘El cóndor pasa’ y de ahí no pasas (ríe Kléver). Mi idea nunca fue esa. 
Ambos me lo cuentan con una lluvia de estrellas en los ojos. Dicen orquesta pero hablan, en realidad, sobre todas sus luchas. 
Cuando vino esa primera audición, seguían viviendo en Quito. Llamaron a la profe Gladys Calderón, amiga de toda la vida de Vicky y a un par de maestros más. Al principio, ellos dirigían los talleres desde Quito, por un tiempo alquilaban un hotel entre semana. 
- Poco a poco, fuimos perdiendo esa costumbre de ir a Quito –dice Kléver-. 
Y ahora ya tienen un hijo guarandeño. 
El primer año, el Ministerio de Cultura cubrió los gastos. Pero en la vida real, como en la ficción, no hay historia sin un nudo. El Ministerio les dijo que todo proyecto tiene un fin. Y que el fin había llegado. 
A veces, sin embargo, la suerte también juega. El Municipio de Guaranda decidió hacerse cargo de la orquesta y aprobó una ordenanza para que nunca  falte lo básico. La Casa de la Cultura ahora solo pone el edificio y los instrumentos. 
- Hemos tenido hasta que barrer las iglesias para los conciertos. Un rato estamos barriendo y enseguida vistiéndonos para tocar.
Pero aun así han ido muy lejos. Un día a Kléver se le ocurrió que deberían tocar en Quito. Otro día que en Colombia. Su mente es traviesa. Un día pensó que deberían ir a Europa. “El profe siempre se las ingenia para conseguir lo que quiere”, me dirá después uno los niños. 

Sol
La imagen de San Lorenzo es una melodía distinta: muy arriba, entre montañas alargadas, con sus copas redonditas. San Lorenzo es la ‘cuna de la música’. Eso dice en el letrero que está a la entrada del pueblo y eso dicen todos en Guaranda.
Corre el mito de que hay un músico en cada casa. De un señor, César Guamán, que fue el primero. Que enseñó la música a sus hijos y que crearon el Colegio San Lorenzo, el único que existe hasta ahora en el lugar. 
No es un colegio normal. La puerta negra de entrada, el patio, un edificio de dos pisos, más aulas alrededor y un par de canchas. Desde una de las aulas suena ‘El chulla quiteño’: un piano en son festivo, rápido. Desde otra suenan las trompetas: sonidos chillones, entrecortados. Tres jóvenes: uno en las congas, otro en el órgano y otro cantando, asisten a la clase de orquesta. Las guitarras suenan en un salón que tiene un mapa gigante de Ecuador. 
-Aquí los niños vienen a estudiar música. Para poder estudiar música, tienen que estudiar matemáticas. 
Me dice Esteban Flores, el profe de clarinete, nacido en este pueblo hace 18 años, graduado de este colegio, un joven alto, robusto, el pelo negro y ondulado. Fue de los fundadores de la orquesta, a los 14. El profe ‘Kléver’ le preguntó si quería intentar con el clarinete. Y ahí encontró su vocación. 
Su familia también se dedica a la agricultura y hubo veces en que faltaba la comida. Ahora enseña su instrumento en un trabajo a medio tiempo por el que cobra 800 dólares al mes. 
- En mi casa ya no falta nada. Mi papá trabaja en el campo, tiene sus animalitos y, a veces, la plata no da como para comprarles un morochito a los pollos, un quintalito de balanceado. Le pregunto: ‘Papá, ¿qué necesita? Tenga, vaya compre’. 

¿Qué significa la música para ti?
Es mi vida. Moriré con esa profesión, no pienso cambiarla por nada. Así de simple. 

¿Y la orquesta?
Mi segunda familia, personas que quiero y respeto. Es donde entré en confianza. Por la cuestión de ser gordito, aquí en el colegio siempre sufrí, siempre me molestaban. Pasaba agachando las orejas, no tenía amigos. 

¿Y cómo te cambió la orquesta? 
Hice amigos. ¡Verdaderos! Siento que nadie me maltrata. 

¿Qué sientes cuando tocas?
Libertad. 

PERCUSIÓN. Uno de los profes apoya a sus pupilos en el ensayo para el concierto en el volcán Chimborazo.

La

Las sillas están dispuestas en filas para la conferencia. Al frente, junto al piano de cola, está José Agustín Sánchez, un músico venezolano que en dos días tocará junto a los niños en pleno Chimborazo. Un pianista que se ha dedicado a viajar para descubrir lo que le inspira. 
“Yo no llego a sentarme en el piano y escribir. Me gusta primero vivir la experiencia”, les dice. Y en la pantalla se proyectan fotos suyas en un templo budista, o en una montaña, o frente al mar. Sitios donde se dedicó a mirar a la gente, a oír el sonido de las olas, o los murmullos fantasmagóricos cuando pasó la noche acampando en la muralla china. 
- Quienes quieren ser creadores deben sensibilizarse hacia las experiencias. Que esas experiencias sean las creadoras. ¿Qué sienten? ¿Qué escuchan las personas? Hay ciclos que se van repitiendo, no importa el lugar.  
Los niños miran atentos, con cierta fascinación. Sánchez repite palabras: ¿qué quieren decir con la música? ¿qué les inspira? 
- A mí me inspira llegar a una ciudad como Guaranda y ver que existe una orquesta infanto-juvenil, me inspira ver los rostros de muchos de ustedes.
Durante el ensayo, el pianista ha tomado un esfero como batuta y los dirige sin contemplaciones por su edad. 
- La percusión son muchos colores. Ese ‘crescendo’ que les estoy pidiendo es un color. 
No hace mucho que les entregó las partituras, pero los niños leen ese tejido de signos y pentagramas como un cuento.
- Están haciendo el ataque muy fuerte. Ahora vamos a trabajar los acentos. El violín canta mucho más. Cuidado con la voz de los instrumentos. 
Todo va quedando listo para el concierto.  

Si 
En una orquesta sinfónica el primer violín siempre es el concertino (léase ‘conchertino’). Una especie de asistente del director, su persona de más confianza. Siempre se sienta a su izquierda. Solo que en esta orquesta no es ‘el concertino’, sino ‘la concertino’. Se llama Eimy Alejandra Olalla, una niña de 15 años, blanca, delgada, con la cara tan tierna, con el pelo tan lacio. 
La primera vez que la vi fue antes del ensayo para el concierto con Juanita Burbano. Pensé: “Es una niñita enseñando a otros niñitos”. Ella estaba frente a sus compañeros, los brazos extendidos, su voz de mando, sus gestos rígidos. Los demás obedecían. Pedía silencio, se hacía silencio; pedía que tocaran, ellos tocaban.   
Pregunté sobre Eimy a muchas personas y las respuestas se parecían: “Es como hablar con un adulto”, “es muy madura”, “es tremenda”. Y ella misma se reconoce en esas respuestas.
- Las cosas como tienen que ser. Hay que cumplir las reglas; si dijo algo el Director o una maestra, hay que cumplirlo, la palabra de ellos es la que vale.
Su casa ‘clasemediera’ está al final de una de las cuestas de la ciudad, a la que llegamos en la camioneta doble cabina de su padre. La niña dice que su carácter lo debe a dos personas: a su mamá y a la profe Gladys, encargada de los violines en la orquesta. 
Describe a su mamá como una mujer muy recta. Y lo es. Para hablar, para sentarse, para reír, para llorar. Es distinta a su esposo: movedizo, bromista, buen narrador. 
Sobre la profe Gladys, en cambio, Eimy dice que esa fama de ser la más estricta, la tiene bien ganada.
- Yo no soy nada, comparada con lo que era la profe Gladys. Soy una réplica barata. No es que gritaba siempre pero, cuando nos gritaba, queríamos salir corriendo. Nos regresaba a ver con esos tremendos ojazos. 
Pero pronuncia enseguida una frase que cualquier maestro quisiera escuchar de su pupilo: “Le debo mi vida ‘violinística’”. 
La concertino se levanta cada día a las 6 de la mañana. Va al colegio hasta la una de la tarde, almuerza en casa siempre al apuro y sale al ensayo de la orquesta. A las cinco y media va a clases de inglés. Llega a la casa, cena con su familia a las ocho de la noche y recién entonces vienen los deberes. 
- Mi vida cambió con la orquesta. Tengo muchas cosas para contar cuando tenga hijos.  

No tienes las mismas necesidades que otros niños de la orquesta. ¿Qué te ha representado compartir con la familia Chacha?
No son nada diferentes. Hay cosas diferentes, costumbres y cosas así. Pero nos llevamos súper bien. Les respeto demasiado. ¡Wow!, hacen tanto por ir a la orquesta. Me han dado tantas lecciones de vida. El chiquito, Irpa, tiene una chispa. De la emoción me ha hecho llorar.

Transporte. Cuando las jornadas se extienden hasta tarde, los niños regresan en un ferri del Municipio.

Otra vez Do. Un final, o el inicio de una escala más alta.
¿Por qué no es una orquesta cualquiera? Porque les dio a estos niños algo que la vida les negaba. Una oportunidad. 
Como a Samya y a sus hermanos, que al principio solo hablaban entre ellos y ahora son amigos de todos y pueden enseñarles a jugar a las ‘cogidas’ o participar juntos en un concurso de reguetón. 
Como a Esteban, a quien ya nadie molesta por ser “gordito” y ahora, cuando empieza a hablar, es difícil que logre parar. Que ahora tiene para comprarle a su padre lo que quiera, mucho más que el maíz para los pollos. 
Como a Eimy, que pudo componer su primera canción en Bélgica, le encantó caminar los pasillos de esa escuela y quiere regresar pronto. 

***

¿Qué es una segunda familia?
Lo entendí cuando uno de los profes me contó que un día llegó a los ensayos y encontró a los niños Chacha comiendo panes y plátanos y que cuando se enteró de que era su almuerzo, compró un pollo entero y se los regaló. Y me dijo que ese había sido su dinero mejor gastado. 
Lo entendí cuando Eimy me confesó llorando que su mamá se enfermó de cáncer y tuvo que viajar semanas enteras a Guayaquil por su quimioterapia. Que ella no se quedó con ningún tío, sino en la casa de los profes Kléver y Vicky. Que ambos se quedaban hasta la medianoche, acompañándole a hacer deberes. Y que ahora a ellos también les dice papás. 
Lo entendí en las faldas del Chimborazo, en el concierto con el pianista venezolano, cuando por el frío, la falta de oxígeno y porque no habían desayunado, algunos niños comenzaron a sentirse mal. Y los profes dejaron sus instrumentos a un lado para acurrucarlos como la gallina a los pollitos en la canción. 
Lo entendí, muchos días después de conocerlos, cuando la profe ‘Vicky’ me dijo por teléfono: “ya soy abuela”, porque se encontró con una exalumna de la orquesta y le contó que tuvo a su primer bebé. 

***

¿Qué es el futuro?
Para Samya, el futuro es ser maestra de viola. “No hay maestras especializadas en viola”, me dijo. Aunque también le gusta la ¡astrofísica! 
- Lo que más me está llevando es la música. Pero me gusta también eso de las estrellas. (Es, tal vez, porque las tiene tan cerca).
Para Eimy, el futuro es viajar por el mundo con su música. Volver a Bélgica, aprender a componer, tal vez a dirigir. Pero le ‘pesa’ un apodo que le pusieron de pequeña: ‘la abogada’.
- Mi objetivo es que nos conozcan en todo el mundo. Tengo pensadas dos carreras: Música y Derecho. Las leyes me gustan, pero, por otro lado, está la música. Solo que suene algo, me llega al alma…
Y ese es el mejor legado de los profes para estos niños: haberles regalado un futuro y haber puesto la música en ese futuro. Al final, hay demasiados futuros posibles aquí. 
- La pregunta ahora es a dónde proyectarnos –dice Vicky-. Ya están grandes los chicos. A muchos hemos avanzado a ponerles en la Banda Municipal. Pero, ¿qué hacemos con el resto? 
Pero Kléver siempre tiene una loca idea: “Llega un punto en el que queremos más. Mi loca idea es hacer una filarmónica”, me dice, aunque ninguno de los dos sabe bien qué carajos es eso. 
 

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