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Patricia Ochoa, viuda del general Gabela: ‘Sacaron la leona que había en mí’

AGO, 27, 2018 |

RECORRIDO. En Quito, depende de alguien para movilizarse. No se ubica bien en la ciudad porque vive en Guayaquil.

La viuda del general Gabela es dos mujeres a la vez. La que sonríe en la intimidad y la que enfrenta al poder por el asesinato de su esposo.  
 

POR: Andrea Grijalva O. 
 

1. Apoya sus manos sobre la mesa y cierra el puño derecho mientras habla sobre la muerte de su esposo. Frunce el ceño. Se le marcan las líneas de su rostro de 56 años. Mira fijamente a los entrevistadores. 

– ¿Le gusta que le entrevisten?
– No. 

Pero frente al micrófono, Patricia Ochoa, viuda del general de la Fuerza Aérea Jorge Fernando Gabela, no titubea. Su voz es firme: “Me sorprende la clase de Justicia de este país. En la Fiscalía la Justicia no avanza”, les dice a los periodistas. No mueve sus manos más que para cerrar el puño. En su muñeca izquierda hay dos pulseras de hilo con figuritas de San Benito, que le regalaron en la calle al reconocerla. 

Llegó puntual a la entrevista. Tenía una sonrisa. En su despiste había olvidado dónde había puesto su cédula. Antes de entrar a la cabina, me había contado que su esposo era descomplicado, que andaba con ‘short’ y camiseta por la casa, que le gustaba que ella se pusiera tacos, aunque quedara más alta que él, que todos los días le mandaba de ‘lunch’ un sánduche y un termo de jugo. Llegó con una sonrisa. Pero comenzaron las preguntas y su expresión cambió. 

Patricia Ochoa se transforma cada vez que tiene que enfrentarse a funcionarios públicos, a la “memoria selectiva” de colaboradores del expresidente Rafael Correa, a la Fiscalía –que no es tan ágil como ella quisiera– y a todo lo referente al asesinato de su esposo.

Desde el 29 de diciembre de 2010, cuando murió el hombre que le regalaba rosas rojas, ese que apenas le vio dijo: “Ella será mi esposa”, ese con quien se casó a los 21 años y tuvo tres hijos, Patricia cambió. “Sacaron a la leona que había en mí”, dice. 
 

2. Es viernes por la mañana en Quito. A las 06:30, Patricia baja del departamento de su cuñada, donde se hospeda cada vez que llega a esa ciudad. Usa camisa negra y pantalón beige. Ella se arregla, no le gusta que le peinen ni maquillen.  

A las 04:00 ya había despertado. “Si me acuesto temprano, me despierto 01:00 o 02:00”. Abre los ojos y revisa información en su celular: nuevas publicaciones del caso, documentos sobre presuntos implicados. Para distraerse, busca muebles para decorar su casa ‘vieja’ en Guayaquil donde vive desde hace dos años –ha tenido que cambiarse varias veces–. Busca ideas de pisos de cerámica y madera, objetos para comprar por internet. 

“La tecnología me atropella”, dice entre risas, mientras sigue deslizando su dedo sobre la pantalla de su teléfono. De tanto en tanto, entran llamadas. Todas son de número desconocido, así que no contesta. De vez en cuando, me dice, recibe mensajes de “trolls” que le insultan. Una vez le llamaron y se rieron. Ella no hace caso, los bloquea. 

Aprendió a usar la tecnología para dar a conocer su lucha. Su hija le dice que Facebook no es bueno para eso, pero ella cree que sí. “Todavía no sé poner carita feliz o triste, pero pongo ‘Me gusta’”. 

CORAJE. A pesar de las dificultades, Patricia Ochoa, sonríe y habla de su familia.

–  ¿Cómo era la vida con un general? 
No hay mucho tiempo para los hijos, pero mi marido era, creo, el centro de mis hijos. Hubiese querido mil veces haber muerto yo y no mi esposo, porque él era más cercano a ellos. Yo era muy de reglas, de normas. 

Patricia hace una pausa, tiene lágrimas. Respira como lo hace cada vez que está por llorar. 

Patricia se divide en dos. Fuera de los micrófonos de la prensa, fuera de las comparecencias en la Asamblea, fuera de la Fiscalía, se ríe, le brillan los ojos, conversa sin parar de su familia. Frente a la prensa, en la Asamblea y en la Fiscalía confronta. 

Da la mano a funcionarios, “por respeto”. “Porque no puedo ser igual a ellos”. Pero dice que, en su interior, quisiera que los vasos de plástico de la Asamblea fueran de vidrio para lanzarlos. Que cuando miraba la pantalla donde estaba el rostro de Correa, durante su comparecencia, le decía un millón de veces: ¡Maldito!    – Mi marido me decía: Mija, hay gente que sin ir a la universidad, al colegio, se gradúa de seres humanos. Pero hay otra gente que por más que vaya a la universidad y tenga doctorados, lo que menos tiene es humanidad. 
 

3. En su casa en Guayaquil, Patricia anda con bata y zapatillas. Vive con su hija mayor, su yerno y su nieto de seis años. En Quito, en la casa de su cuñada, no. Siempre está con ropa formal. Hay un pequeño estudio en el departamento. Un ‘collage’ de fotografías está colgado sobre la pared. Las imágenes de sus tres hijos y una de ella, de 2007, junto a su esposo. Todos sonríen. 

Patricia y Jorge decidieron tener dos hijas, pero les llegó uno más y no sabían qué nombre ponerle. El general sugería Daniel, pero a ella no le gustaba. A los ocho días de nacido, Gabela fue al Registro Civil. “¿Qué nombre le pusiste?”, le preguntó su esposa. “Jorge Fernando”, igual que él. Su segunda hija se llama Sofía Fernanda. Su primera, Anaís Patricia. 

La vida de los cuatro cambió tras el asesinato. Jorge quería quedarse en casa porque se había convertido en el ‘hombre de la familia’, mientras Anaís, apenas con un mes de casada, cambió su carácter, se volvió más fuerte,. Ahora Jorge es teniente de la Marina, Anaís terminó la carrera de Gestión Internacional y Sofía, quien presenció el tiroteo a su padre, se graduó de ingeniera en Hotelería y Turismo.

“Fue una época muy dura para adaptarnos. Mi esposo era muy cariñoso, nos hacía falta esa persona que nos dio seguridad y ponía ese balance conmigo”, cuenta Patricia. 

–  Los chicos eran nuestro tema favorito de conversación. Lo que proyectábamos para el futuro de ellos. Siempre pensábamos que tenían que seguir un masterado, pero no pudo ser. Nosotros, después, iríamos de viaje de viejitos. 

Patricia me pide que me acerque. Me muestra un collar en forma de corazón con un grabado que dice: “Le quiero, Jorge”. Un día sus hijos le encontraron a su padre diseñando el dije. Tiene una piedrita blanca en el centro, tres corazones a su alrededor, por sus tres hijos, un corazón mediano, por ella, y un corazón más grande por él. Al entregárselo, le dijo que él llevaba a su familia en su corazón. 

Ella quiere una sola cosa: “que se reconozca públicamente que mi esposo tenía razón, que lo asesinaron por esos helicópteros y que pidan disculpas”. Mientras, cuando está en Guayaquil cuida de su jardín. Todas las tardes pone agua a las plantas. Como lo hacía él.

FRASES

Soy así, frontal, terca, sin filtros. Digo lo que pienso”.Hubiese querido mil veces haber muerto yo  y no mi esposo”.

Ella quisiera que los vasos de plástico de la Asamblea fueran de vidrio para lanzarlos. Cuando miraba la pantalla donde estaba el rostro de Correa le decía un millón de veces: ¡Maldito!

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