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Diezmos y primicias

DIC, 01, 2018 | 00:10 - Por CARLOS FREILE

Carlos Freile

Los israelitas pagaban diezmos para mantener a sacerdotes y levitas que no habían recibido tierras para su sustento (Gen 14,20 y 28; etc.,); en la Iglesia se mantuvo la costumbre, como voluntaria hasta que el poder civil la volvió obligatoria. Con ellos se mantenía el clero, pero sobre todo las obras de misericordia comunitarias: orfanatos, leprosorios, hogares para ancianos o mujeres, hospitales… 

En América los cobraban y administraban los reyes y después los gobiernos republicanos, hasta que hacia 1885 se sustituyó por un impuesto predial. A lo largo de los años hubo variantes en la forma de recaudarlos, pues el Fisco andaba siempre necesitado; lo que no solía cambiar era la tendencia de los cobradores (por función,  nombramiento, remate…) a abusar de los débiles, por eso existe abundantísima documentación que muestra cómo los obispos y los curas condenaban los atropellos y los robos cometidos con este pretexto.

Pero los excesos no provenían tan solo de los cobradores o de las autoridades locales, sino también de los mismos reyes: en cierta ocasión, el monarca dispuso que parte de los diezmos se destinen a dotar a dos doncellas. El obispo de Quito reclamó airadamente porque el dinero recaudado con un fin no se puede destinar a otro, fuera de casos gravísimos y urgentísimos; de lo contrario se incurre en malversación y en dolo. Si el rey no remediaba de inmediato su conciencia quedaba cargada con pecado mortal, y no podía ser absuelto sin la devolución de los montos a sus fines específicos.

Hoy día están de moda los diezmos políticos; la situación moral no ha cambiado: un partido político, un club, una asociación tienen el derecho de pedir contribuciones dentro de la ley, cobradas por autoridades competentes, con fines claros y no discrecionales, con cuentas públicas y claras. Si algún funcionario, por alto que pueda estar,  ha cobrado algo fuera de las normas, no ha dado cuentas, etc., debe, por decencia, dejar su cargo, y es obligación del gobernante “remediar su conciencia”, de lo contrario incurriría en complicidad, sin más trámite.


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