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Chillo Jijón, el barrio de las mil vidas

DIC, 03, 2018 | 22:16

Texto y Fotos: Paola Carrillo Viteri

Las máquinas dejaron de funcionar y las puertas se cerraron para siempre. Ese día, los trabajadores de la fábrica textil Santa Rosa de Chillo Jijón no aguantaron las ganas de gritar, de maldecir, de treparse por los muros y entrar a la fuerza. Víctor Andrés Suntaxi se había jubilado un año antes, pero también estuvo ahí. 


Ahora que han pasado más de 40 años y él llegó a los 88, no se acuerda de la fecha exacta pero sí de la protesta porque con ella se marcó el fin de la época que había empezado con los tatarabuelos. 

Fue así que la vida cambió, que los obreros salieron a trabajar a la ciudad, que empezaron a volverse parte de un Quito que se extendía más rápido que nunca.

En esos campos se extendían numerosas hectáreas con sembríos de papas, habas, maíz, morocho... 

Es sábado y hay fiesta en Chillo Jijón. Cerca de las 10:00, el bus Los Chillos de la ruta La Marín – Amaguaña, frena en la esquina de la casa de Érika Suntaxi para que ella se baje. Su calle, la Mariano Morales, es parte de ese 50% de vías del barrio que aún es de tierra. Ha vivido ahí desde que nació, hace 21 años, pero la historia de su familia en el barrio empezó hace tres generaciones.

Ayer, ahí mismo, hubo música, baile, pirotecnia y castillos para empezar con la celebración religiosa en honor a la Virgen de El Quinche. Por eso, todavía hay una carpa armada y en el suelo pétalos de rosas, conocidos como ‘chagrillo’. Aquí también es Quito. “Mira, está ahí en el cartel”, dice Érika, mientras señala el anuncio de la terminación de una obra reciente: los bordillos de unas veredas que aún no existen.  

Chillo Jijón está en la parroquia de Amaguaña, Administración Zonal Los Chillos. 

Casi al inicio de la calle, frente a una iglesia católica pintada de azul intenso, están los sembríos, la casa y el taller de cerrajería de Leopoldo Suntaxi (no es familia de Érika, el apellido es uno de los que se repite). Él nació en Chillo Jijón. “Quizá un metrito más allá, pero aquí mismo”, en 1968. Sus abuelos y padres fueron huasipungueros, trabajadores del campo, agricultores sin pago. 

Antes de contar la historia de su familia, se limpia las manos, pues acaba de “abrazar” al maíz con la tierra, tal como le enseñaron los mayores. 

“Yo me pongo a pensar en mi tatarabuelo, dueño de este imperio”, dice mientras recorre la mirada por el paisaje montañoso que rodea al barrio. Con emoción trata de revivir otros tiempos en los que Chaupitena, Santa Isabel, La Balvina, Fajardo y otros sectores no existían. Todos formaban parte de una sola hacienda, la de la familia Jijón.

En esos campos se extendían numerosas hectáreas con sembríos de papas, habas, maíz, morocho y cabezas de ganado. 

Antes de que se parcelara la tierra y se construyeran los batallones militares, tuvieron que pasar décadas de luchas constantes por los derechos de quienes no fueron reconocidos como trabajadores sino hasta 1935, como lo registra Alejandro López Valarezo, en un artículo publicado en la Revista Ecuatoriana de Historia, Procesos. 

Finalmente, en la década de los 60’, Jacinto Jijón y Caamaño dividió las parcelas y la familia de Leopoldo compró cinco hectáreas. Fue durante la Reforma Agraria, de la Junta Militar. 

Medio siglo después, las luchas son otras pero también se relacionan con el territorio. “Quito es inmenso y las obras no alcanzan”, dice el cerrajero volviendo al presente. Para que se construya una calle, un parque o cualquier obra “hay que poner 50-50”, hacer mingas y pedir durante años. Aquí, además de las vías, falta el alcantarillado fluvial.
 

1.200
familias viven en Chillo Jijón
Por eso Rumiñahui ha ganado terreno últimamente. El desarrollo llega más rápido, porque hay menos barrios o, al menos, esa fue la razón por la que Fajardo se incluyó en la lista de parroquias urbanas de ese cantón.

En Chillo Jijón, los moradores también han analizado la posibilidad de pedir un cambio, pero la mayoría se ha opuesto porque considera que los impuestos les subirían significativamente. Para 2018, el impuesto predial en las parroquias urbanas de Rumiñahui es un poco más de 100 dólares y en las rurales de Quito, cerca de 50.


Para llegar a la capilla de la antigua hacienda de Chillo Jijón hay que atravesar una avenida que divide en dos los Cuarteles Militares y deja de un lado el Batallón Chimborazo y del otro un centro de eventos. Lleva el nombre del último hacendado de esas tierras y primer alcalde de Quito, electo por voto popular: Jacinto Jijón y Caamaño.

Por ahí pasan los buses de las cuatro compañías que llegan desde el playón de La Marín, donde está el terminal hacia el Valle de Los Chillos. Se escuchan los sonidos de helicópteros.  

La vía tiene a ambos lados locales comerciales, mecánicas, restaurantes y puestos de comida. Érika me lleva caminando a la misa de la Virgen. Aquí todo queda cerca, todo está junto, por eso los límites son difíciles de ver. Estamos a 3 kilómetros de la Panamericana que conecta Sangolquí con Amaguaña y luego con Tambillo. 

Su papá, su mamá y sus dos hermanos menores ya están en la fiesta a cargo del prioste de turno. Con una sonrisa dice que hoy se siente turista. “Turistiando mi barrio”, así le pondría de nombre a su blog, si lo tuviera. Bajo el sol de mediodía, se arregla la gorra de visera que le cubre el cabello recogido en una trenza, mide un poco más de 1,50 y es morena. Estudia Obstetricia en la Universidad Central del Ecuador y hubiera dado lo que fuera por tener una cámara, dos meses atrás cuando el cerro Atacazo se quemó y el cielo se pintó de rojo.

Entre sus anécdotas recuerda que tenía 15 años cuando quedó segunda en el certamen de reina y, en una sesión de fotos, pudo conocer lo que había detrás de los inmensos arcos que quedan de la construcción antigua de la hacienda. 

Cerca de la iglesia, uno de los vecinos recibe a los que llegan con un vaso de chicha. La eucaristía se acaba con la bendición del padre de la parroquia, quien se turna para celebrar misas en todos los templos de los barrios aledaños. En la pequeña plaza que está en el ingreso, la música de la banda empieza a sonar.

Los bailarines le quitan los zapatos al prioste para que zapatée mejor y le entregan una ofrenda en la que sobresale el rostro de Lincoln del billete de 5 dólares. 
 

Para que se construya una calle, un parque o cualquier obra “hay que poner 50-50”, hacer mingas y pedir durante años.

Las fiestas de la Virgen de El Quinche, el Corpus Cristi y los Carnavales son las festividades principales en el barrio.

También está en la fiesta Édgar Ñacato, presidente del barrio desde septiembre del año anterior. “Antes era como que no existían”, dice cuando cuenta que fue el primer dirigente en la historia que se legalizó.  

“Hemos crecido sin planificación”, comenta indignado y asegura que lo que se necesita es un reordenamiento territorial. Él fue miembro de las Fuerzas Armadas, hasta que se jubiló. Actualmente, es profesor en Ciencias de la Educación y ya está acostumbrado a lidiar con la falta de presupuesto. Dice que no se resigna, porque todo es para que las nuevas generaciones vivan mejor.    
  
Las paredes de ladrillo y los techos de hierro aún se conservan, pero parece que nadie ha entrado en mucho tiempo a lo que queda de la fábrica Santa Rosa de Chillo Jijón. Es difícil ver a través de las ventanas porque las enredaderas las han cubierto. 

Está cerca del río San Pedro, porque fue la fuerza del agua la que impulsó la maquinaria. Víctor Andrés recuerda la historia con detalles. Él fue testigo de años de opulencia en los que, incluso, hubo un zoológico con animales de todo tipo: osos, cóndores, pumas, tucanes y hasta tortugas galápagos.

Por un tiempo, cuando tenía 6 o 7 años, fue uno de los encargados de alimentarlos con los patos, gallinas y gansos que criaba. 

Así empezó una relación con la hacienda que todavía no ha acabado. Fue el primero de siete hermanos y tuvo que dejar la escuela en tercer grado, porque el patrón dijo: “Al guambra traele” y tuvo que ir. Igual que su padre, ingresó al área de tejeduría de la fábrica y aprendió a manejar la maquinaria.    
Pasaron años en los que vivió sucesos importantes como la llegada de las máquinas, desde la estación de Chimbacalle. Soportó jornadas intensas fabricando pañuelos, sábanas y todo tipo de obsequios que entregaba Jijón y Caamaño, durante las campañas políticas.

“Siempre se supo que era politiquero y que se gastaba mucha plata en eso”, comenta levantando los hombros. Es domingo y en la capilla hay misa de 10:00. A Víctor Andrés lo trajo desde su casa, en Fajardo, Carlos Oña, un amigo de toda la vida, quien también trabajó en la hacienda.

La calle de Los Shyris, los cuarteles y el Centro de Rendimiento del Independiente del Valle son algunos de los límites entre Quito y Rumiñahui.

Ellos son parte de una generación que logró levantar la voz, que ya no permitió que las horas extra quedaran impagas, que escuchó a los ingenieros italianos que les decían cómo tenían que organizarse. Cuando la fábrica cerró tuvieron que ir a trabajar en las textileras que empezaban a formarse en la zona de Calderón, al otro extremo de Quito.   

DATO
En la década de los 60’ nació el barrio.
En ese tiempo, “los carros que ahora estorban, faltaban”, dice Víctor y recuerda que las empresas accedieron a darles transporte para que fueran a trabajar. Fueron las primeras rutas de buses que llegaron. 

Carlos tiene 72 años y también ha protagonizado protestas más recientes. En 1997, después de la explosión de los cuarteles, se opuso a que cerraran la Av. Jacinto Jijón y Caamaño. Ese año, tres soldados murieron y más de 100 personas quedaron heridas, sordas o mutiladas. Sucedió en julio y los relatos contaban que se sintió a 60 kilómetros a la redonda, como un temblor de 4 grados en la escala de Richter. 

 

José Manuel Jijón y Carrión fundó la fábrica textil Santa Rosa de Chillo Jijón en 1895, con maquinaria de una fábrica antigua en Peruche y otras importadas desde Francia.

Pero ni las revoluciones ni las explosiones lograron hacer que ellos se fueran y tampoco que se olvidaran del pasado. A Carlos, quien se desempeñó como cerrajero toda su vida, le preocupa el deterioro de la capilla, dice que hay que pedir que, al menos, las colaboraciones que se dan para las misas se ocupen en el mantenimiento, para que los hijos de sus hijos logren ver el templo. 

Camino a Fajardo se tiene que pasar la parte nueva de Santa Isabel, poblada con familias de otras provincias. También se atraviesa la iglesia de Chaupitena y la bodega de víveres La Unión Don Panchito, de Esperanza Freijó. Ellos son de los migrantes que llegaron hace 19 años.

Esperanza cuenta que nunca cierra. Incluso en las tardes lluviosas, hay quienes se detienen ahí para refugiarse del agua. 

La Reforma Agraria se llevó a cabo bajo la Junta Militar conformada por Ramón Castro Jijón, Marcos Gándara Enríquez, Luis Cabrera Sevilla y Guillermo Freile Posso.

“Quisiera tener alas para volar a tu lado. Ser libre como el viento y no dejarte. Porque te quiero mucho…”. 

DATO
0,55 centavos cuesta el pasaje de bus
En el silencio de una de las calles de Chaupitena se escucha la canción ‘Costeñita’, del Cuarteto Continental. 


Una cuadra más hacia el Oriente, está la Av. De Los Shyris. El límite de Quito con Rumiñahui. El contraste se nota porque en Fajardo las calles son de adoquín, hay contenedores de basura en todas partes y la urbanidad ha llegado hasta con el Centro de Alto Rendimiento del Independiente del Valle.

Por la calle Abdón Calderón, en 10 minutos, se llega a Conocoto y en 5 se sale a la autopista Simón Bolívar. Desde ahí, Chillo Jijón ya no se distingue, está entre la masa urbana que se expande y no para.

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