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Nanegalito, el pueblo donde nacen las nubes

DIC, 03, 2018 | 11:49

TEXTO: Jefferson Díaz
FOTOS: Javier Parra


¿Cuál sería el gentilicio de los que viven en Nanegalito? ¿Nanegalenses? o ¿Nanegaleños? Una de las herramientas que te brinda la migración, en especial para el que escribe, es el conocimiento de lo desconocido. Viajar a este lugar, el punto más norteño de Quito, fue una educación de contrastes y sabores. 

Ellos son quiteños. Ese es el gentilicio. Y tal es el sentido de su pertenencia, que se jactan con orgullo de ser el punto de encuentro para los que se cansan de las alturas de los Andes y viajan hasta las playas de Esmeraldas. Ahí, los viajeros se detienen para desayunar, comprar dulces o tomar algo. 


Servicio de calidad para los que pasan y amistad entre los que se quedan. Cualquiera que te recibe (por muy cliché que parezca) lo hace con una sonrisa para luego preguntar: “¿De dónde eres?”. “De Caracas, mi ‘seño’”. “Pero qué lindo, tengo familia que vivió allá”. Y desde ese momento uno se vuelve parte de esta tribu que divide su territorio entre una carretera nacional y restaurantes de fritadas. 

La ‘seño’ es Luz Rosales, de baja estatura pero imponente presencia. Tiene los ojos de un marrón muy parecido al dulce de leche y cuando habla lo hace con tal propiedad que puede contar historias del pueblo y coordinar a los empleados de su restaurante ‘El Sabrosón’. 

Nanegalito
 pertenece a la Administración Zonal Calderón.

“Fui la primera en instalar un lugar de fritadas acá. Una vez que el presidente Rodrigo Borja inauguró esta carretera, todo cambió a mejor”. 

Antes, para llegar a Nanegalito, se debía tomar una ruta salvaje que ahora sirve para el turismo ecológico. La vía actual recorre unos 50 kilómetros. Empieza en la avenida Occidental y pasa por las poblaciones de Nono y Tandayapa. 

“Inmediatamente, el pueblo cobró nueva vida. Antes éramos agricultores y ganaderos, ahora somos una mezcla de comerciantes que se sienten a gusto aquí”. Luz nos ofrece un plato de fritada con dos tenedores. La cantidad de comida casi lo desborda: cuatro pedazos de chancho frito, un maduro, chifles y mote. 

Caminar por Nanegalito luego de la comilona pone las cosas en diferentes perspectivas. 

Primero, el andar se hace lento y relajado; luego, la visión periférica aumenta su rango para notar lo que puede pasar desapercibido para los apurados, para los que no notan que aparentemente el pueblo nace en las nubes. 


Frente al colegio Semillitas de Miel está el taller de Mario Sarabia, uno de los dos herreros del pueblo. Con cuarenta años viviendo aquí, se reconoce “nanegaleño de cepa”. 

“Es un pueblo muy tranquilo. Sólo voy a la capital para comprar materiales y para que mi hijo averigüe todos los pasos que necesita para convertirse en chef”. 

3.026
 habitantes tiene Nanegalito.

 

La Mancomunidad del Chocó Andino proteje osos de anteojos, zamarritos pechonegro, gallos de la peña, olingos y tigrillos.
 

Pareciera que aquí, las palabras son una de las cualidades. Un ejemplo de esto está plasmado en una de las canchas deportivas del pueblo. 

En el letrero donde están escritas las normas de uso, se precisa lo siguiente: 

“Todo aquél que juegue en este lugar debe mantener un vocabulario respetuoso. De lo contrario, será suspendido permanentemente de usar estas instalaciones”. Nanegalito representa paz. 

Patricio Calderón se parece al tío que todos quisiéramos tener. Tiene un aspecto bonachón y educador, que no hace contraste con su cargo: es el presidente parroquial. Licenciado en Derecho, tiene su oficina en una posición privilegiada del pueblo. Está construida con madera pulida.

Calderón viene de una familia de “tradición nanegalense”. Su bisabuelo fue uno de los fundadores del pueblo mientras que su papá también ostentó el cargo que él tiene. 

“Vivimos con calma. Aquí se dedican a la gastronomía, agricultura o ganadería. Tenemos nuestras escuelas, transporte y seguridad”, enumera Calderón. 

Sobre el escritorio de su despacho tiene un mapa de Nanegalito. A sus espaldas están las banderas de Quito y Ecuador, y una cantidad de anuncios impresos sobre las fiestas locales. 

El pueblo tiene un sopor alegre, parecido al que rodea al dios Baco en cada uno de sus retratos, y vemos las huellas de las fiestas: toldos en el medio de la plaza, carteles de felicitación en los postes y las continuas invitaciones de la gente para que nos quedemos al desfile cívico y la corrida de toros. 

Calderón me regala un tríptico para que “te lleves una parte de nuestra historia” y ahí puedo leer que forman parte de la Mancomunidad del Chocó Andino. 


“No existen paraísos perfectos”. O, al menos, eso creía John Milton cuando escribió su famoso poema ‘El paraíso perdido’. Varios barrios de Nanegalito sufren por la falta de agua potable. Calderón lo ha notificado a la Alcaldía de Quito, pero no ha recibido respuestas. 

Los barrios de La Armenia y Miraflores deben esperar entre cinco y ocho días para que llegue el agua. “Desde el Municipio nos dicen que no hay agua, pero nosotros hemos ido a las bocas de los reservorios y sí hay. No sabemos qué es lo que pasa”, comenta Caldreón.  


Sus fiestas se celebran en el Equinoccio de Primavera.La falta de agua contrasta con la belleza de las cascadas de La Piragua, a unos 45 minutos del centro del pueblo. 

Ahí, en una solitaria cabaña, acompañada de dos perros, trabaja Verónica Mera. Ella es guía y cuentacuentos. 
 

Mera camina firme por un sendero montañoso hasta llegar a una gran pared de roca pulida donde las cascadas ofrecen duchas y exfoliantes naturales para los turistas. La caída es un murmullo durante el verano y una explosión cuando llega el invierno. 
 

Y como si fuera un paraje oculto en el medio de los Himalayas, frente a las cascadas tenemos una construcción que se ha fusionado con la madera, la roca y las lianas de los árboles, para que los visitantes puedan sentarse, cambiar sus ropas y vislumbrar lo pequeños que somos los humanos ante la naturaleza. 

Un poco más abajo de la cascada, siguiendo el cauce, hay una piscina natural. El agua es tan clara que puedes verte nadar entre los peces. 

Esa es la claridad que nos deja Nanegalito. Un pueblo que reconoce sus funciones, se enorgullece de su origen y se adentra al futuro con generaciones dispuestas a salir para luego volver.
 

1.650 
metros sobre el nivel del mar.

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