Cibervandalismo en tiempos de campaña

FEB, 08, 2019 | 00:10 - Por Diego Cazar Baquero

Diego Cazar Baquero

Como en la vida real, sabotear un argumento con insultos, calumnias o injurias en redes sociales es de una bajeza sin nombre. Pero hacerlo a cambio de un salario se acerca a lo criminal.

La demanda de anonimato en internet es una exigencia legítima basada en el derecho a la privacidad y a la seguridad de los usuarios. Además, el anonimato bien entendido sirve para amplificar el ejercicio de la libertad de expresión y reducir el temor a represalias cuando hay que denunciar algún tipo de ilegalidad o violación de derechos. Sin embargo, el anonimato es un tema cargado de ambigüedad. 

Es común hallar hilos en Twitter o largas diatribas en Facebook que son producto de una provocación aparentemente inocua iniciada por algún usuario con nombre falso, con avatar mentiroso y con perfil forjado. Decenas de usuarios quedan enseguida atrapados en una discusión sin sentido que buscaba tan solo desviar la atención de otro tema verdaderamente urgente. 

Cuando los políticos supieron que la internet es un entorno en el cual el anonimato permite amplificar el ejercicio de las libertades, vieron en esta condición el terreno perfecto para transformar un derecho en un arma macabra para lavar su imagen pública, a costa de incitar al odio y vulnerar nuestra privacidad. La ilusión de seguridad que brinda el aventar improperios detrás de una pantalla en foros virtuales es capaz de transformarse en violencia desmedida en las calles, en las plazas, en las escuelas, en los hogares. 

Por eso, que un político sea trol o contrate a una brigada de ‘trols’ para posicionar su nombre o su candidatura en tiempos de campaña, habla claramente de la ralea de político que es. Enmascarados, con identidades falsas e incluso con pagos onerosos, estos cibervándalos a sueldo al servicio de un político de su misma calaña representan una amenaza al derecho a la privacidad y a la convivencia social pacífica. Además, instituyen un referente de comportamiento que la sociedad asume como posible y como legítimo, y lo reproduce en su vida cotidiana. Es que –entendámoslo de una vez– las redes sociales son también parte de la vida real. 


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