Un país insignificante

ABR, 13, 2019 | 00:15 - Por CARLOS FREILE

Carlos Freile

No sé si todos los ecuatorianos, pero, con certeza una gran mayoría de quienes están enterados de los acontecimientos nacionales habrán reaccionado con satisfacción frente a la noticia de que ¡por fin! Assange había sido sacado de la Embajada del Ecuador en Londres. A lo largo de siete largos años este individuo, de cuya sanidad mental muchos dudan con bases ciertas, se ha burlado de nuestro país casi de todas las maneras posibles. En las últimas horas, las autoridades nacionales nos han hecho saber de actos en verdad repulsivos. Uno de los desplantes de ese sujeto fue llamar al Ecuador “país insignificante”; sin embargo y a pesar de la rebeldía frente al insulto, tiendo a darle la razón. 

Solo los insignificantes mandamases de un país insignificante habrían otorgado asilo político a un delincuente reclamado por varios gobiernos amigos; solo ellos le habrían permitido una serie de groserías, cada una peor que otra; solo ellos habrían caído en el oprobio de concederle la ciudadanía ecuatoriana con el regalo de hacerlo nacer en Chaupicruz y de pretender darle un cargo diplomático, burrada sobre burrada; solo ellos habrían mirado para otro lado frente a su gato y sus correos.

Dicen que un país es el paisaje y la geografía, que la nación son las instituciones y las leyes, que una patria son las gentes. ¿Qué patria, así con minúscula, puede constituirse con gentecillas de esta naturaleza? Dirigentes con pose de capataces pero con alma de siervos, bajaron el moco frente a un desprestigiado experto no tanto en informática sino en patanería. Y lo hicieron no durante pocos meses, lo cual podría entenderse: hasta darse cuenta de la calaña del asilado, sino por siete años. Siete, el número simbólico de la perfección y de la plenitud. Plenitud de ignominia nacional; perfección de desvergüenza gubernativa.

Y aquí estamos entre insignificancias e insignificancias, preocupados del color de la piel de alguien o de si le quitamos el chocolate al loro para ahorrar. Ya ni nos preocupa que nos miren de arriba para abajo los del norte y los del sur, lo asumimos con vileza. 


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