Hacia una nueva educación

MAY, 18, 2019 | 00:10 - Por CARLOS FREILE

Carlos Freile

En la entrega anterior esbocé dos ámbitos concurrentes en la vida de los seres humanos: el mundo globalizado y el entorno cultural propio. Continúo hoy con una modesta reflexión sobre este último. Por coincidencia, hace pocos días, el connotado educador David Samaniego Torres escribió sobre este tema en el diario El Universo, allí decía: “¿Qué queremos ser como país? Ecuador, de algunas décadas acá, paulatinamente, ha ido perdiendo elementos esenciales de “ser país’’ hasta convertirse en nave al garete sin timonel confiable. No existe una meta, no hemos trabajado para ser país porque, precisamente, carecemos de esos elementos básicos, constitutivos de un país.” 

Cabe preguntarse: ¿Cuáles son los “elementos esenciales de ser país”? Problema evidente, pues carecemos de identidad nacional. En lo emocional no tenemos patria, solo lugar natal, no miramos al futuro como país, sino como ciudad, o máximo provincia. La educación, como se ha organizado hasta ahora, no une, separa, no encuentra vínculos sino diferencias. 

Frente a esta trágica realidad, cuyas consecuencias disociadoras las sufrirán las futuras generaciones, se han buscado raíces falsas, o por lo menos parciales, y se han dejado de lado aspectos fundantes. 

La nueva educación debería asentarse en la construcción de una idea y proyecto de país, de patria, que convoque a todos los nacidos y afincados en este territorio. Samaniego habla también de “esbozar el perfil de ecuatoriano que necesitamos formar”. En ese perfil no puede faltar la amabilidad y el buen trato, el respeto por el otro, la aceptación de las auténticas tradiciones, con el pertinente rechazo a imposiciones conductuales o ajenas a nuestra cultura o adulteradas por ignorancia e interés. 

Comencemos por algo concreto y perceptible en la fenomenología del ecuatoriano: eduquemos para desterrar de nuestras emociones el centralismo y los regionalismos, no me refiero a la economía ni a la política, sino a la percepción afectiva de la realidad nacional como país, no como agregado inorgánico de cantones.
 

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