Sociedad sin destino…

JUN, 30, 2019 | 00:15 - Por ALFONSO ESPIN MOSQUERA

Alfonso Espín Mosquera

Vivimos en una época posmoderna en que el consumismo aberrante, las relaciones interpersonales “informales”, las depresiones, bipolaridad y otros signos, demuestran la vida particular de estos tiempos. Los niños se forman dentro de la “normalidad” de comprar y comprar como destino final de sus familias. Los padres están a merced de las tarjetas de crédito y de los caprichos de los menores. Los hijos se han convertido en una especie de dictadores a quienes hay que cumplirles todos sus deseos, porque “ellos no pidieron nacer”.

En las escuelas, como rutina, los padres se acercan a defender, proteger, justificar a sus hijos, porque tienen muchos deberes, les obligan a obedecer a  sus maestros o peor aún les han calificado mal por no presentar sus tareas o fugarse de clases. Peor si les han subido la voz, eso es objeto de demanda. ¿Qué papel están jugando esos progenitores que suponen que ser felices significa hacer lo que les venga en gana? 

En casa, donde tienen comida, techo, cama, atención y cariño, los muchachos deben ayudar en los quehaceres, saludar y comedirse con sus mayores y tener límites en lo que sus padres les pueden ofrecer, de lo contrario se convierten en sanguijuelas perversas que no aportan en nada ni en su entorno familiar y peor en la comunidad.

Muchos padres han perdido el norte y no son capaces de corregir a sus hijos. No saben la fórmula para formarlos y acuden a terapeutas, quienes han inventado métodos que, al parecer, no están dando resultado o están mal aplicados. 

No abogo por alguna forma de maltrato y no niego que han existido abusos y excesos en varios colegios, pero los padres en casa y los maestros en la escuela deben mantener un nivel de autoridad que sostenga una formación provechosa, con normas de respeto. De lo contrario, caminamos a una falta de convivencia que alimenta el egoísmo y genera seres humanos arribistas y descomedidos.

Ojalá se pudieran canjear los video juegos, los celulares, las redes sociales o al menos dar tiempos límites a estos entretenimientos por alternativas provechosas: algún instrumento, un libro, alguna ocupación, aunque parezcan cuestiones obsoletas y sin sentido.


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