Por una política Maquiavélica

JUL, 07, 2019 | - Por Giuseppe Cabrera

Giuseppe Cabrera

El fin justifica los medios; esa es una de las máximas que se atribuye su autoría a Nicolas Maquiavelo, aunque en realidad, no se menciona de forma textual entre las 30.000 palabras de su obra cúspide: ‘El Príncipe’, a pesar de aquello, bien podría ejemplificar lo que, el para muchos, padre de la Ciencia Política, quiso exponer en su obra dirigida a Lorenzo de Medici.

Maquiavelo, trasciende la historia y se convierte en uno de los clásicos de la teoría política, por separar la moral de la política y cimentar los primeros conceptos como ciencia, al describir la razón de Estado y el cómo debería actuar el soberano sobre el gobierno del pueblo.

La vigencia de sus ideas, en la práctica política diaria, en la cual, el fin legitima la acción emprendida, es notable. Un ejemplo de relieve es el doble estándar, al juzgar a Bush, por sus empresas bélicas, pero no haber sido usada la misma vara, para sentenciar la política de drones emprendida por Obama. Esto es la razón de Estado que conceptualiza Maquiavelo, que reposa sobre su propia narración de lo ético. La política misma justifica sus actos en razón de sus fines.

Es importante entender las formas de actuar de la política, sin una categoría moral que nos impida analizarla con claridad

Es así como el ‘Príncipe’ mantiene su vigencia, permitiéndonos analizar la política, en la manera en que funciona y desde la ética política poner pesos y contrapesos, a sus peores versiones, para controlar su poder y manifestación. Es necesario entender las prácticas de la política, para poder transformarla. Hacer y analizar política, nos permite desentrañar sus prácticas, pero, sí es posible una política que no reproduzca las mismas taras del pasado; personalmente, creo que se puede hacer, desde las instituciones, formulando nuevas formas de regulación.

Los actores seguirán repitiendo sus prácticas, pero la tarea de los actores políticos está en separar las categorías morales: virtud y vicio, encontrar esas prácticas y de ser posible, proponer límites que las regulen y, progresivamente ir eliminando su reproducción prolongada, sin caer en la ingenuidad, ni en el inmovilismo político.

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