Atrapados, sin salida…

AGO, 04, 2019 | 00:04 - Por ALFONSO ESPIN MOSQUERA

Sembrar el campo es hermoso y aun romántico, pero comercializar la cosecha es dramático. No hay quien compre o lo que le pagan no alcanza para cubrir los gastos mínimos de insumos, trabajadores, peor el tiempo invertido en tan exigente labor. Esta es una constante en todo lo que el campesino cultiva, sin pensar en las grandes industrias de comercio que aparecen como verdaderas plagas que terminan a como dé lugar con el productor.


En Ecuador lo peor que le puede pasar a alguien es tratar de producir una “pepa” de lo que sea. Debe enfrentarse a mafias que aparecen para asesorarle técnicamente, bien en la siembra de caucho, de abacá, de balso o de frutas tropicales, en fin, de productos que los exportadores requieren. En el momento de vender la fruta, simplemente  imponen el precio, pues nadie más que ellos puede ncomprar la producción y nadie más que ellos fijan el valor del mercado, sin la participación del Estado y peor aún de los productores.


Por un buen tiempo la palma africana fue la panacea de cientos de productores que, ante la necesidad de las extractoras, lograron ingentes precios y hasta hicieron fortunas. Nunca imaginaron que nada es eterno, que vivían engañados por los buenos valores, sin advertir el futuro que hoy ha llegado trayendo consigo la pudrición de cogollo, plaga que nadie puede combatir en el mundo, peor Agrocalidad. Las extractoras que compraban y que lograron millones de millones, se cambiaran de negocio. 


Los palmicultores tendrán que vender sus tierras a precio de “gallina enferma”. Igual pasa con los ganaderos lecheros, que deben someterse al arbitrio de tres o cuatro marcas bien conocidas y que imponen el valor del litro y a quienes hay que agradecer aun de la miseria. Al menos  compran la leche, aunque sea a “real”.  Igual pasa con los ganaderos de carne, quienes sufren más de un año en la crianza de reses para que la ganancia se la lleve el intermediario. Si todo lo anterior es grave, lo peor es lo que impone el país con un régimen laboral que sitia al inversionista agropecuario entre las mafias comerciales y sus propios trabajadores.


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