Democracia enferma

AGO, 17, 2019 | 00:10 - Por CARLOS FREILE

Carlos Freile

En muchos aspectos nuestro país ha adelantado muchísimo en estos 40 años de gobiernos más o menos democráticos; pero esos aspectos se reducen a lo material, lo cual no se debe desdeñar, al fin y al cabo las penas con pan son buenas. Sin embargo, ya es un lugar común afirmar que hemos retrocedido en valores, tema algunas veces tratado en estos artículos. En 40 años hemos corrompido la débil democracia heredada de nuestros mayores. 

Siempre nuestros políticos sufrieron de la misma vieja enfermedad: la tendencia a creer que por haber sido elegidos ya gozaban por ello de toda autoridad sobre sus electores, desconociendo que la autoridad radica en la ley y debe estar limitada también por el sentido común y el bien mayoritario. De esta nefasta enfermedad se libraron Roldós, Hurtado, Borja, Noboa entre los presidentes; pues tampoco se deben dejar fuera de esta epidemia a las autoridades seccionales y menos aún a la pléyade de dictadorzuelos que han paseado sus sombras por el Congreso Nacional, hoy llamado Asamblea.

Los congresistas (pero también los concejales) han caído en “la falacia de considerar lo representativo como sinónimo de lo representado,” como afirma Hilaire Belloc; así “han hecho creer a los hombres que se gobiernan a sí mismos”. En la década cancerígena esta anomalía se ha robustecido notablemente pues los asambleístas han representado al caudillo y a sus intereses, me refiero a los intereses de ellos, y no a sus mandantes. Basta ver lo sucedido en los últimos meses: la labor de la Asamblea (y de varios concejos municipales) se ha convertido en un laberinto incomprensible de palabrería vacía y de acciones torpes. 

Siguen embruteciendo a las masas con circos en que se coloca a los payasos en la picota, pero de los organizadores del espectáculo ni la menor mención. Con el agravante de que esos mismos asambleístas han dejado libres a todos los responsables de que las masas se hayan quedado sin pan y sin trabajo para conseguirlo. Pero aquí los hombres ya ni siquiera creen que se gobiernan a sí mismos, saben la verdad y no les importa.


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