Revolución sangrienta

OCT, 05, 2019 | 00:10 - Por CARLOS FREILE

Carlos Freile

En estas horas en que oportunistas antidemocráticos buscan romper el orden constitucional con el fin de alcanzar objetivos que terminarían con llevar a nuestra sociedad al despeñadero del totalitarismo, es conveniente recordar los setenta años del triunfo del comunismo en China. Hoy ya no le llaman así, los nombres han cambiado, pero la esencia del poder omnímodo del Estado no ha variado. Y los resultados tampoco se modificarán, para angustia de sus víctimas. El comunismo chino provocó entre 30 y 70 millones de muertos: un porcentaje por represión sangrienta, otro por hambre. No existe régimen de esa ideología que no haya conseguido a cabalidad este resultado: acabar con una parte importante de la población. 

A eso no se llegó simplemente por la fuerza de las circunstancias, o por “las condiciones objetivas” no dependientes de la voluntad de los líderes, sino por fidelidad a la teoría. En un olvidado artículo de Engels, claramente intitulado “Por qué es necesario matar”, se lee que aún después del triunfo de la “lucha de clases” será imperativo matar a pueblos enteros, por incapaces de alcanzar el socialismo, por haberse quedado atrás en la Historia. 

Las llamadas revoluciones populares nunca han triunfado por el apoyo de las masas sino por su indiferencia o desidia; o por la complicidad de los políticos y dirigentes cobardes, camaleónticos o corruptos. Así pasó en China, la inmensa mayoría de la población se mantuvo al margen de la guerra civil y permitió el crecimiento de los totalitarios con la colaboración de quienes prefirieron enriquecerse o acaparar el poder so pretexto de luchar contra ellos.

Se me dirá que eso aquí no puede pasar, antes del correato tal vez no era criminal pensar de esa manera, ahora no: los autoritarios comienzan a sacar sus garras y buscan pescar a río revuelto; los ingenuos, los cobardes, los tontos, los oportunistas les brindarán su apoyo y con ello cavarán su propia sepultura. Aunque no se pronuncie nunca la palabra, el peligro está allí: imponer el totalitarismo de una u otra manera. Despertemos.


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