Una planta andina para comunicarse con deidades

OCT, 06, 2019 |

TESTIMONIO. Tras un día de ritual, quienes participaron comparten sus experiencias.

“Un suspiro le toma al Universo 365 días. Nosotros nos preocupamos por dos minutos”, dice Vladimir Bernal, moan o shamán, quien utiliza el cactus Wachumo, conocido como San Pedro, para comunicarse con deidades y recibir respuestas.  

Durante el trayecto de Cumbayá al Ilaló, donde se realiza la ceremonia, surgen varias preguntas: ¿Vale la pena participar en el ritual?, ¿probar esa planta sicotrópica provocará un buen o mal viaje?

Ocho personas caminan hasta una hoguera apagada. El espacio estaba delimitado por troncos, jaulas de gallos y emús (una especie de ave no voladora). Este pequeño círculo, resguardado entre dos lomas, se convierte en el testigo de los viajes.

Se enciende la fogata, el altar está preparado y la medicina está lista para ser consumida. 

Plumas, un tambor, maracas, una botella grande con un líquido verde, dos frascos (uno con polvo y el otro con algo gelatinoso), frutas y otros elementos están regadas sobre una manta. 

EL DATO
El cactus Wachumo también es conocido como ‘el abuelo’.
Los asistentes conforman una familia -mi familia- durante esa noche. El moan bendice el ritual con unas palabras hacia el norte, el sur, el este, el oeste, el cielo y la tierra. Las únicas advertencias son no alejarse del círculo y que la segunda etapa sería la más difícil.

La primera fase, el enraizamiento del Wachumo, es un proceso lento. Tomar el líquido se asemeja a acercarse a una persona desconocida para mantener una charla ligera.

Cuando me doy cuenta de que surte efecto, observo cada detalle de la Luna: en toda su inmensidad. Percibo la rotación de la Tierra. El tercer trago es el más difícil de tomar: la amargura del líquido se intensifa en la boca. 

SAGRADA. El consumo de la planta tiene que hacerse bajo supervisión.

Desierto
La primera impresión del polvo de San Pedro resulta extraña. Siento tierra debajo de la lengua, un sabor amargo que al humedecerla se convierte en una pasta.  Masticarla deja un sabor picante. 

En esta etapa, el San Pedro comienza “a alargarse y a crecer dentro de ti”, explica el shamán, con mayores alucinaciones. 

Tengo pocas visiones, aunque los colores de la noche se intensifican con la primera cucharada. Con la segunda, se puede percibir el movimiento de los árboles, el sonido de las hojas. En la tercera, siento una revelación: sé quién soy. 

Todos debemos tomar tres cucharadas de desierto antes de llegar a florecer. Con cada uno creía que no iba a aguantar. El sentimiento puede compararse con estar borracho y saber que no se debe beber más, porque falta poco para alcanzar la inconsciencia, pero se sigue consumiendo, y no pasa nada. 

Churo. Silbato para evocar el sonido del dios milenario, el jaguar, y el totumo.

Florecimiento
Mi única noción del tiempo es la posición de la Luna en el cielo. Una vez que desaparece, recibo la primera cucharada de dulce florecimiento: el amanecer. 

Todos tenemos los ojos puestos en el cielo. Parece que el Sol va a salir y los gallos están a punto de cantar,  pero de repente se vuelve más oscuro y las llamas de la fogata se avivan. 

Esta etapa resulta una lucha interna por encontrar la luz. El moan tiene que guiarnos y explica que la iluminación no está afuera. No importa que amanezca, la luz interior va a seguir apagada y el día continuaría oscuro. Cuando comprendo que la ansiedad de esperar el final del proceso no es la respuesta, me dejo llevar y el amanecer aparece eventualmente.  

En cada etapa obtengo respuestas a las preguntas que rondaron en mi cabeza, y cada una se presentó de la forma menos convencional. Las preguntas más fuertes tienen una respuesta leve y cariñosa, como un abrazo. Y la última, la que parecía más inofensiva, se presenta como un golpe al corazón. Así de impredecible es el San Pedro.
 

Un transporte hacia Dios
° El historiador Manuel Espinosa explica que el San Pedro es parte de la religión extática del mundo andino. A través del éxtasis “se accede al contacto con la divinidad mediante la alucinación”, a diferencia de la religión en la que se concibe a la deidad como una idea invisible, inalcanzable mientras se viva. 

Para las comunidades andinas ancestrales, esta planta era sagrada ya que responde a inquietudes de los individuos que la consumen. “En los Andes ha sobrevivido como un conocimiento esotérico. Son pocos los chamanes que conservan esa memoria ancestral”, explica Espinosa. “Por eso es que también solo muy pocos saben cómo prepararlo y cómo conducir a la gente que va a ingerir el San Pedro, para asegurar y garantizar que sea una experiencia relevante”.
 

LAHORA/LAB

Un taller con estudiantes universitarios de Periodismo. Camila Baquero (USFQ).