Dura realidad…

NOV, 24, 2019 | 00:10 - Por ALFONSO ESPIN MOSQUERA

La dignidad supone la cobertura de necesidades básicas. Cuando el trabajo es uno de los imposibles y la precariedad alcanza la cotidianidad, se ha perdido la dignidad humana. En los afanes socialistas estuvo la redistribución de las riquezas, el tiempo ha demostrado que no hay peores sitios para vivir  que los países que adoptaron ese sistema.


Tampoco es bueno lo que ocurre en el mundo del libre mercado; es cierto que las brechas socioeconómicas entre sus habitantes son inmensas, pero eso no justifica la presencia de dictadores en este siglo XXI, que a nombre de “revolucionarios”, han amasado fortunas paralelas a la miseria de sus pueblos.


La libertad no tiene precio. No podemos proyectarnos, promocionarnos, afanarnos  por metas que brinden bienestar a nuestros hijos, si no nos enseñan el respeto a los demás, a progresar  trabajando honradamente y no a la espera de las dádivas estatales. 


La construcción de nuevas sociedades solo será posible sin la presión de un Estado que despersonaliza, generaliza y hace de los seres humanos números de sus macro estadísticas.


Esta lucha política, que cada vez es más absurda, no tiene sentido, pues no ha pasado de llenar el marco de amenazas que los políticos del mundo requieren para justificar sus voraces movimientos en pos del poder. Las mismas poblaciones han hecho de estas tendencias “revolucionarias” estereotipos para calzar en ciertos grupos sociales. 


El hambre, la desnutrición, el desempleo, la falta de oportunidades, la migración, con sus secuelas campean en América Latina. La amenaza de grupos de presión, de los sindicalismos y de políticos irresponsables detrás de sus intereses personales son el día a día de nuestros pueblos. No habrá solución para millones de seres humanos anclados en la desesperanza.


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