Otra vez el Estado laico

FEB, 22, 2020 | 00:10 - Por CARLOS FREILE

Carlos Freile

A raíz de la aparición de un nuevo movimiento político y del conocimiento de un proyecto de ley, en los medios intelectuales nacionales se ha levantado una polvareda porque se trataría de acciones en contra del estado laico. Es conveniente que todos los sostenedores del remedo de Estado laico como es el ecuatoriano recuerden ciertos asuntos: en primer lugar que el auténtico laicismo significa el respeto del Estado a las diferentes concepciones del mundo y del hombre, sin apadrinar a ninguna de ellas, pero también sin oponerse a alguna. Es deber del Estado, en este ámbito, respetar la voluntad de los padres de familia, al no hacerlo se incurre en imposición autoritaria.

Por otra parte, ellos, los intelectuales orgánicos, no caen en cuenta que el silenciar una visión de la realidad no significa neutralidad, al contrario, significa ya encasillarse entre los enemigos de esa visión, algo contrario al auténtico laicismo respetuoso. No se diga cuando se ataca con disimulo o sin él a dicha visión, como ha pasado y pasa en este desgraciado país.

Sobre estos puntos ya han escrito personas muy sabias; existe otro que no suele aparecer ni en escritos ni en discursos: la historia del origen del Estado laico a nuestra manera (que no es tan nuestra pues se origina en la conocida Revolución Francesa, de allí su prestigio). En el Ecuador el pretendido laicismo se impuso a sangre y fuego, con la colaboración extranjera en armas, dinero y hombres. Quienes pusieron esta carga sobre los hombros ecuatorianos se llenaban la boca titulándose “defensores de la democracia”, pero no respetaron la voluntad popular, la despreciaron y sometieron con balas, para después burlarla con el permanente fraude electoral.

Si el Estado fuera realmente laico, merecería el apoyo y aplauso de todos: respetuoso de los varios pensamientos, daría a los padres de familia la oportunidad real de educar a sus hijos como ellos desean, no como imponen algunos intelectuales desde las oficinas estatales.

Como no lo es, por lo menos recordemos su origen no democrático y totalitario.


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