Solo nos queda esperar

MAY, 06, 2020 | 00:04 - Por MANUEL CASTRO M.

Frente a la crisis sanitaria solo nos queda esperar. Esperar que los científicos y médicos sean más eficientes, los gobernantes más acertados, los críticos menos ásperos y llenos de malos augurios y de insolencias (como Federico Del Rincón de la cadena CNN en Español, quien ofendió al Ecuador) y que el pueblo acate las severas regulaciones que intentan solo su bien. Desde luego hay que llorar a los muertos, atender a los enfermos y dar de comer a los hambrientos, como exige un verdadero espíritu cristiano que estaba cayendo en el olvido por indiferentes, consumistas y autosuficientes.

Algunos analistas predicen que el mundo después de esta crisis nunca será igual. El temor, el miedo, la desesperación y el encierro tal vez hacen olvidar que el mundo cambia día a día, paulatinamente. Las guerras, las revoluciones, el avance de la tecnología no suceden de un momento a otro. En el siglo XX, como ejemplo, el mundo cambió incesantemente, hubo pestes, guerras mundiales, revoluciones sangrientas, hasta música estruendosa, cabelleras y faldas largas y cortas.

El mundo no es estático. Como  afirma el  escritor radical y educador Paulo Freire: “El mundo no llega a totalizarse totalmente”, además que “el hombre no es absolutamente inculto, solo espera su minuto”. La existencia del mundo  se transforma constantemente, con o sin plagas, es una aventura histórica, no un devaneo intelectual. Las acciones y cambio de los hombres también son evidentes: los mandatarios del pueblo se vuelven soberbios y abusivos; los sabios, humildes; los santos se apoderan de Dios.

Sin embargo, el mundo no es peor que antes (solo basta revisar la Historia), los caminos de la evolución lo han mejorado.  No hay que tratar de “domesticar el presente”   con vehemente conservadurismo ni ofrecer un  excluyente futuro (socialismo radical), pues el porvenir será inevitable, resultado de nuestras acciones.

El ser humano cambia para bien y, en ocasiones, para mal. El éxito muchas veces le conduce a la soberbia. Es distinto en los diferentes momentos de su evolución. Wilde cuenta que  un famoso le dijo a un vecino conocido que se acercó a saludarle: “Discúlpeme, no le había reconocido: he cambiado mucho”.

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