El peligro polulista

MAY, 11, 2020 | 00:04 - Por MANUEL CASTRO M.

Al miedo hay que enfrentarlo y derrotarlo. Es un “ gigante del alma” como lo llama Mira y López. El coronavirus y la economía tienen asustados a los ecuatorianos.

El Gobierno reúne todos los peligros de la mítica Quimera (por delante un león, al medio una cabra, al final una serpiente), por ello su actuación es delirante, incoherente, inalcanzable. La oposición es también como la mítica Salamandra, quiere sobrevivir al fuego pero sin enfrentarlo. Los ciudadanos comunes no tenemos una guía cierta.  Como consecuencia hay una desbandada: unos obedientes, otros rebeldes y unos terceros indiferentes. La peste produce en el hombre los “mejor y lo peor” anota Camus en su famosa obra de título homónimo.

Los resultados políticos afectan terriblemente al Gobierno y a los aspirantes al mismo. Lo cierto es que, con atenuantes, el socialismo del siglo XXI nos sigue gobernando. Correa, Moreno, Ruptura 25, los socialistas oportunistas en el Ejecutivo, en la Asamblea, en el Judicial, son los mismos de hace diez años. Se escucha con generosidad en el exterior los lamentos de los correístas.  En el interior, sobre todo en la Asamblea Nacional, pontifican los causantes –algunos indirectos- de la hecatombe económica y ética del país.

La izquierda racional del país, sin candidato fuerte a la presidencia, inconscientemente o amargamente se vuelve enemiga de la democracia, pues si no gana ella nadie más tiene derecho. A posibles líderes del bando contrario  se pasa todo el tiempo mirándoles las costuras. Parece que su ideología es bíblica: Aquí mueren Sansón y todos los que no son. Parece poco progresista y  anquilosada.

El peligro, por tales pequeños odios y frustraciones electorales, es que el engaño populista aparezca de nuevo en el Ecuador. El pueblo sin guía, el desempleo, la corrupción antigua y actual, pueden dar votos a los delincuentes de ayer. No odiamos el mal, las injusticias, la deshonestidad, odiamos personas. Al final terminamos pareciéndonos a los que odiamos, como afirma Borges, quien concluye que “el mundo es desgraciadamente real”.

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