Hasta dónde podemos llegar

MAY, 18, 2020 | 00:02 - Por MANUEL CASTRO M.

Desde luego hay límites, pero hay que olvidarlos. Hasta el náufrago no pierde las esperanzas de salvarse, muchas veces en vano. Los de más experiencia y valor encuentran medios de sobrevivir y muchas veces triunfan. Oscar Wilde dice que los hombres de acción sueñan más que los soñadores profesionales. En el Ecuador, frente a la crisis sanitaria, económica, ética, las mentes más lúcidas y honestas anuncian una debacle total: fin de la democracia, liquidación del Estado, un egoísta ‘sálvense quien pueda’.

Acuden los intelectuales a citar ‘La Peste’ de Camus, en la que se pierde toda esperanza cuando afirma que la peor peste es la vida. Es un existencialismo inactual. Muchas veces  son los hombres débiles la peste, no la vida. La vida no es  difícil y hasta sabemos el final (la muerte). La vida es simple, nosotros la complicamos, y “lo simple siempre es lo correcto”, concluye el mismo Wilde.

Se desconsuelan  ante  certezas  evidentes: los ecuatorianos no descubriremos la vacuna para el corona virus; tenemos una Constitución que no permite por “las meras ganas” adelantar elecciones, cuando al Gobierno por fortuna le falta un año para terminar un mandato poco eficiente y que trabaja con los mismos bandoleros del régimen anterior. El diagnóstico es una autopsia sanitaria y política. Repiten la frase estadounidense cambiándola de nacionalidad: “Dios proteja al Ecuador”. El temor hace que echen al tacho de basura la experiencia, el valor y la voluntad que son las que han conducido a las naciones a la prosperidad y a la conquista de la libertad.

Olvidamos que la democracia es, como todo lo humano, una expectativa. Ni la bondad, ni el color amarillo, por ejemplo, están en una vitrina. Son elementos inasibles que sirven para mejorar la vida del ser humano, si se los utiliza para su bien. Por ahí se escucha “Se necesita un Clemente Yerovi”, pero se olvida -o se desconoce- que él lo impusieron los militares. Si quieren volver a vivir el pasado, recuerden que los militares no son mejores que los políticos,  pues  además de restringir las libertades se perennizan. No hay que jugar con fuego ya que podríamos terminar quemados.

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