Los principios caducados

JUL, 11, 2020 | - Por CARLOS FREILE

En la época colonial, tan desconocida y tergiversada, la gente común tenía muy claro aquello que estaba bien y lo contrario; sabía que cuando robaba o mentía obraba mal; como es sabido muchos cometían delitos de todo tipo, pero su conciencia íntima les acusaba, pues las nociones de mal y bien gozaban de una claridad suficiente. La gente sabía que dentro de la gravedad de ciertos delitos había una gama: más y menos graves de acuerdo con la condición del perjudicado. En palabras simples: no dada igual robar un peso a un acaudalado encomendero que a una pobre viuda, en el segundo caso se podía llegar, dentro de la moral católica, al pecado mortal. Tampoco era lo mismo engañar en un negocio a un experimentado comerciante que a un indígena ingenuo o cobrar demasiado por un producto a un subalterno indefenso que a una persona con prestigio….

Un principio moral incuestionable afirmaba que los abusos cometidos por las autoridades o por los poderosos contra los súbditos y los débiles cargaban con mayor peso de culpa. En esa sociedad estamental los menos favorecidos y más fácilmente explotados eran los indígenas; por eso los obispos lanzaban  contra los culpables los peores castigos que las normas de la Iglesia permitían: las excomuniones, además de determinar que ciertos pecados solo los podía absolver el propio obispo.

A pesar de todos los abusos y prevaricaciones, en esa época obscura, como la llaman, los principios morales estaban vigentes, por eso la Iglesia tronaba en público contra la explotación y la injusticia, sin miedo a ataques, calumnias, ofensas. Hoy en día la sociedad ha perdido esos principios, antes de hecho se daba inmoralidad, ahora se ha llegado a la amoralidad, la gente no distingue el bien del mal, solo acierta a valorar el perjuicio o el beneficio, la ventaja o la desventaja. La norma suprema de acción se expresa con “que no me descubran” y si lo hacen, “negar es padre y madre”; en los últimos días la negación ha adquirido matices freudianos para indignación de quienes afirman que existen principios que no caducan.

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