La anomia nacional

JUL, 24, 2020 | 22:10 - Por CARLOS FREILE

El Diccionario de la Real Academia define “anomia”, en su primera acepción, como “ausencia de ley” y como “conjunto de situaciones que derivan de la carencia de normas sociales o de su degradación”. En nuestra circunstancia nacional nos interesan ambas acepciones y podemos decir sin entrar en tecnicismos que en la realidad la primera es causa de la segunda. En estos últimos tiempos innumerables artículos de opinión han señalado que la corrupción no sea dado solo desde hace pocos años sino que viene desde siempre. Algunos románticos afirman que llegó con los españoles, pues el Incario habría sido un paraíso de organización, justicia y bondad, olvidan ellos todas las crueldades, traiciones, explotaciones que también florecieron en ese tiempo mitificado.

Es verdad que corruptos han existido siempre, pero ha habido un cambio radical en su formación: antes actuaban en contra de normas conocidas por ellos, reconocidas en teoría como válidas muchas veces pero no aplicables en su caso; en la actualidad ya no aceptan la existencia de la norma objetiva, ni moral, ni cívica, ni penal. El corrupto actúa a partir del convencimiento de ser él mismo la única fuente de la ley, siendo esta, por consiguiente, subjetiva. Esta postura conduce a una auténtica “ausencia de ley”. Lo más grave de esta anomalía en nuestro país es su generalización: nadie quiere acatar la norma, no importa de donde provenga, cada cual es dueño de su conducta y se rige por sus intereses y caprichos. Lo que suceda con los demás no se tiene en cuenta; no hay consideración ni por los débiles o los indefensos. En nuestro desgraciado país hemos caído en la llamada “ley de la selva”, hemos regresado milenios en la evolución cultural, pues ni siquiera los poderes públicos pueden garantizar la sujeción a la norma; vemos como jueces sin escrúpulos administran justicia en beneficio propio, como autoridades se aprovechan de sus cargos para enriquecerse de manera ilícita. Lo angustioso es que los corruptos no perciben su maldad. Antes  por lo menos se temía al Infierno. ¿Ahora?

[email protected]

COMENTA CON EL AUTOR

[email protected]