El deber por el deber

AGO, 08, 2020 | - Por CARLOS FREILE

En el año 180 d.C. falleció el emperador Marco Aurelio, quien ha pasado a la Historia no solo por sus acciones como gobernante, sino sobre todo por su obra filosófica, la cual es conocida como “Meditaciones” (llamada también “Coloquios consigo mismo” y “Recuerdos”). Allí reflexiona sobre el deber. Todos tenemos la obligación de cumplir con nuestro deber, pero esta realidad no tiene justificación teórica.

No podemos plantearnos la pregunta sobre la fundamentación del bien, pues no existe; hagamos el bien por el bien, aceptemos el deber por el deber, y punto. La búsqueda de explicaciones es inútil, pues la misma vida, para el emperador filósofo, no tiene justificación ni sentido.

Es nuestra obligación vivir la vida como si tuviese un sentido aunque no lo tenga en absoluto: los seres humanos somos como “una jauría de perros disputándose a dentelladas un hueso”, ¿por qué debería uno de los perros renunciar a la pelea y tratar de negociar si con la fuerza puede llevarse el hueso entero aunque los otros se queden con hambre? Esta es la amarga conclusión cuando se llega al fondo de esta ética sin base, una “ética laica” que a la larga lo permite todo, pues no existen valores permanentes ni universales como tampoco personas valiosas en sí mismas. Sin embargo Marco Aurelio insiste en que hagamos el bien, sin pretender basarlo en nada, porque racionalmente, dice, es imposible afirmar con bases que sea mejor hacer el bien que el mal aunque de ello no nos venga ningún provecho o, al contrario, nos produzca daño.

Esta postura, honesta pero estéril, llevó a la visión pesimista de la vida, tanto más que no se aceptaba la prolongación después de la muerte; este escepticismo desembocó poco a poco en un desengaño que dio paso al desenfreno y al deseo de aprovechar de cualquier manera todos los efímeros instantes de la existencia.

En la sociedad contemporánea muchas personas educadas en esta percepción de la vida y del deber han escogido el camino del beneficio propio, material y hedonista, de allí la disolución de los valores permanentes. ¿Y las no educadas?

COMENTA CON EL AUTOR

[email protected]