Deberes y derechos

AGO, 22, 2020 | - Por CARLOS FREILE

Allá por 1978 el premio Nobel de Literatura Alexandr Solshenitsyn pronunció una memorable conferencia en la Universidad de Harvard; desde ese momento la “progresía” internacional comenzó a verlo con malos ojos, tan es así que hoy su nombre ha sido olvidado y pocos leemos sus formidables libros, tanto novelas como testimoniales en que desenmascara la crueldad del régimen soviético. ¿Por qué esa inquina de las izquierdas de todo pelaje? Porque se atrevió a pedir que los ciudadanos de Occidente inicien una campaña para “autolimitarse con aceptación libre” en sus derechos. Proclamó, sin ambages: “Ha llegado el momento en que Occidente debe afirmar los deberes de las personas mucho más que sus derechos”.

Lo decía convencido de que toda organización social sólida basa su operabilidad exitosa en el cumplimiento de los deberes por parte de todos y cada uno de sus componentes. Temía que la excesiva preocupación por los derechos individuales al propio placer, al éxito, a la diversión, al descanso, su autoidentificación, llevaría a los habitantes de las naciones con regímenes liberales, en el sentido político clásico, a la destrucción de esa misma sociedad. El escritor ruso lo decía en momentos en que Occidente veía un enemigo claro: el comunismo, pero no percibía el otro escondido y más peligroso: el egoísmo ansioso de gozarlo todo a través del consumismo total: la sociedad estaba siendo carcomida por el prurito de comprarlo todo para la autosatisfacción sin límites: cosas y personas eran, son, mercancías para usar y desechar.

En el momento presente la reflexión de Solshenitsyn adquiere mayor vigencia, nos hace falta volver a la manida pregunta: ¿Qué podemos hacer cada uno de nosotros para alcanzar soluciones a los males que nos aquejan? ¿Qué obligaciones debemos cumplir? Ya es hora de pensar más en deberes que en derechos: deberes, como personas humanas, hacia los más débiles, los más indefensos, los de hoy y los de mañana. Como sociedad no saldremos del abismo si quedamos atrapados en la convicción de que nuestro ombligo es el centro del Universo.

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