Hablemos de otra cosa

OCT, 03, 2020 | - Por CARLOS FREILE

Hoy no hablaré de candidatos insignificantes, que dan pena, ni de candidatos tramposos, que provocan asco, ni de tribunales parcializados, que causan rabia; hoy quiero hablar de libros, ese tema tan poco apreciado por la mayoría de los ecuatorianos, sobre todo por los políticos de las últimas hornadas, con las excepciones de rigor.

La Biblioteca Nacional ha encontrado casa, no es propia con exactitud, pero casa al fin. Da envidia conocer las bibliotecas nacionales de países vecinos: edificios construidos con ese fin, dignos de la memoria del país (igual dígase de los archivos nacionales, no encerrados en unos pisitos como el caso nuestro, que nos llena de vergüenza). Pero por lo menos los libros ya no están encajonados ni en peligro de extraviarse, eso esperamos, pues nuestra Biblioteca Nacional ha sufrido verdaderos atracos a lo largo de su penosa historia.

Nuestra Biblioteca Nacional lleva el nombre del primer bibliotecario de la primera biblioteca pública de Quito: Eugenio Espejo. Mucho se habla de él, mucho se inventa y se imagina, pero poco se le imita. Si es verdad que cada ecuatoriano lee medio libro al año en promedio, aunque alguien decía que es menos, todos deberíamos hacer el propósito de acercarnos un poco a la pasión por la lectura el Precursor:  según propia confesión llegó a leer cerca de dieciséis horas diarias. Desde muy niño estuvo en contacto con los libros, pues su madre, aunque analfabeta, había heredado una buena cantidad para la época; después se enfrascó en los libros de la magnífica biblioteca de los jesuitas expulsos, todo lo quería aprender. En lugar de lanzar discursos vacíos sigamos esa huella, leamos por lo menos un libro al mes, aunque sea novelas; pero busquemos aquellos que valen la pena, o sea los que merecen una segunda lectura, como aconsejaba ese otro gran lector, Aurelio Espinosa P. SJ, apasionado de los libros ecuatorianos, acerbo cultural de la Patria, tan venido a menos y tan descuidado por los dueños del poder.

Preocupémonos menos de los enanos de la política y más de los gigantes de la cultura.

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