Las simbólicas estatuas

OCT, 28, 2020 | - Por CARLOS FREILE

El odio a las imágenes (iconoclastia) ha enfermado a muchos seres humanos en diferentes lugares y tiempos; las causas han sido muy variadas, entre ellas las religiosas y las políticas. También en nuestro medio y tiempo vemos los intentos de derrocar o por lo menos pintarrajear estatuas que representan personas que, según sus críticos, han cometido crímenes graves. Desde hace años la efigie de Isabel la Católica, situada en un céntrico lugar de Quito ha sufrido ataques. Uno de los dirigentes del pequeño grupo que intentó acabar con la reina Isabel de bronce justificaba su proyecto porque ella habría sido “opresora”. Cualquier estudiante de Historia sabe que esa afirmación es mentirosa: es verdad que patrocinó el viaje de Colón (con los dineros de la Santa Hermandad, no con otros como se dice), pero no fue responsable de los desmanes del Descubridor, más bien los suspendió y castigó con entereza. Antes de morir en 1504 dejó recomendado a sus sucesores: “no consientan ni den lugar a que los indios, vecinos y moradores de dichas islas y Tierra Firme, ganados y por ganar, reciban agravio alguno en sus personas y bienes, mas manden que sean bien justamente tratados”. De opresora, nada.

Casi treinta años después de su muerte los españoles conquistaron el Imperio de los Incas, pero no lo lograron solos, sino con la ayuda de grupos indígenas que no soportaban la tiranía incásica; eso llevo al padre José de Acosta, jesuita, a escribir: “Si Moctezuma en México, y el Inga en el Perú, se pusieran a resistir a los españoles la entrada, poca parte fuera Cortés ni Pizarro, aunque fueran excelentes capitales, para hacer pie en la tierra”. Si la conquista española se realizó, fue también por la ayuda de los pueblos sometidos, en nuestro territorio los cañaris, los habitantes de la zona de Quito, entre otros; pero de estos no hay estatuas que vejar. Ello sin olvidar las enfermedades que trajeron los europeos.

Pero la estatua pintarrajeada es un símbolo, no más, para aglutinar a quienes tienen proyectos cuyos resultados han sido siempre opresores. Paradoja.

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